Los ficus forman una vasta y variada especie de árboles. En esta familia igual están los laureles de la India, los hules, los camichines, las higueras, los arbustos que llaman “aralia chiflera” y muchos más. Pero a los que nos referimos son esos árboles que en Guadalajara simplemente llamamos ficus. Y que, para -en lo general- desgracia de la ciudad están por todos lados.Es difícil saber cuándo fue esta variedad arbórea introducida por primera vez en la trama urbana; sin embargo, podemos situar en el principio de los años ochenta del pasado siglo su proliferación acelerada. El hecho mismo de que se comenzaran a usar indiscriminadamente revela un rasgo triste en la involución de la sabiduría botánica colectiva: el no poder distinguir qué vegetales son apropiados para el medio tapatío.En principio, todos parecemos habernos ido con la primera impresión: unos arbolitos vigorosos (“burros”, como suele decirse), alegres, de veloz crecimiento y propagación. De esta manera, aparecieron rápidamente centenares de ellos en la vía pública, debido a su condición “lucidora” (y de réditos políticos), durante varias campañas de forestación sucedidas en aquellas épocas. También muchos particulares, llevados por la inicial apariencia de los ficus, los sembraron en predios y jardines.El resultado ha sido, en la inmensa mayoría de los casos, desafortunado. Al parecer, nadie, o muy poca gente, había visto un ejemplar de los citados ya desarrollado. De los simpáticos arbolitos considerados en un principio, evolucionaron en incontrolables ejemplares de voluminosa talla, de muy cerrados follajes y de agresivas y superficiales raíces. Total: banquetas destruidas, sombras demasiado pesadas, obstrucción indeseable de fachadas y perspectivas, tuberías dañadas; a partir de ello, mucha gente optó por podarlos en dos modelos: paletas “tutsipop” (esféricas o cuadradas), y “french-poodle”, versión en la que se dejan pedazos de follaje al aire y gusto del podador contratado. Otros muchos han sido, de plano, talados. Hay que decir también que en ciertos casos –y sobre todo como barreras verdes- la presencia de los ficus sí ha resultado benéfica y debiera conservarse y aplicarse en situaciones muy específicas.El fondo del tema es inquietante: ¿dónde quedó la tradicional sabiduría jardinística de Guadalajara? ¿Dónde están los sucesores de figuras clave en este campo –y que no se hubieran ido con la finta- como el ingeniero Agustín Gómez y Gutiérrez? Además, los ficus no solamente produjeron los efectos descritos: cada uno de ellos ocupa el lugar que debieron tener otros árboles adecuados. Y, entre tantos ficus que han sido suprimidos: ¿cuántos otros ejemplares apropiados se han ubicado en su lugar?Paralelamente a la proliferación de los ficus también se comenzó a generar en la ciudad una arquitectura que acabó por conformar “la era ficus”: construcciones bromosas de volúmenes pesados, forradas por enjarres gruesos y repelentes, con frecuencia dotadas de vidrios polarizados, pintadas con colores “a la Barragán” y que han envejecido todavía menos favorablemente (con todo y sus ficus –sin hablar de los “alamillos”). Y que, además, ocupan también el lugar de otras arquitecturas que pudieran ser más sobrias, livianas, apropiadas. Y con otros árboles. Es indispensable encontrar otra vez el conocimiento y la amistad de la naturaleza integrada en la ciudad.