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Martes, 22 de Octubre 2019
Ideas |

Impuntuales y malencarados

Por: Paty Blue

El hombrón aquel se sobaba la calva, se mesaba los pocos cabellos que le quedaban alrededor y consultaba el prominente reloj que portaba en su muñeca izquierda. Se retorcía la barba, chasqueaba los dientes en señal de enfado y se aproximaba a la puerta cerrada, pero ferozmente custodiada desde el interior por un atufado vigilante que recargaba sus codos sobre el tremendo rifle que portaba. No en vano había madrugado lo suficiente para ocupar el primer sitio en la horizontal que comenzaba a nutrirse, a razón de dos prójimos por minuto. Una prisa tan feroz como su impaciencia se le había comenzado a incrustar en el ánimo, sobre todo, después de constatar que el letrero exterior no podía ser más claro al consignar que el horario de servicio al cliente comenzaba a las 8:15 de la mañana, y que su abultado cronómetro había marcado ya las 8 con 25, sin que el solemne custodio diera trazas de franquear el acceso a aquella oficina de la empresa encargada del suministro y administración de los fluidos eléctricos en la ciudad. Alrededor de una docena de empleados habían ingresado ya para comenzar la jornada del día, pero se les veía formando un círculo alrededor del único que llevaba corbata y hacía uso de la palabra, sin que en aquellas caras de circunstancia adversa se advirtiera el menor intento por acelerar un proceso que, a juzgar por el tiempo y atención que le dispensaban, debía ser mucho más relevante que atender a los usuarios que ya habían rebasado la docena y aguardaban su oportunidad para despejar el trámite que los había llevado ahí. Un cuarto de hora después del supuesto horario de apertura y ante la ofensiva cachaza de los empleados, no faltó quien desaprovechara la coyuntura para expresar en voz baja su inconformidad y señalar la burla que suponía el cartelón que presumía la “clase mundial” de la empresa, pero fue el impaciente que encabezaba la fila quien se decidió a entrar en acción e interpelar al vigilante para que respetara la norma y carrereara a sus custodiados. Pero como éste apenas se dignó responderle con una seña para que siguiera ejerciendo su templanza, el hombre sacó un llavero de su bolsillo y resolvió tocar como en portón de rancho. Fue entonces cuando el de la corbata acudió a la puerta cerrada a deshoras, pero no para abrirla, sino para reconvenir al sujeto y hacerle un enérgico llamado a la civilidad para que se abstuviera de golpear el bien ajeno. El individuo regresó su llavero al bolsillo, pero no se guardó las ganas de refrescar la memoria del regañón, para que no se olvidara del derecho que asiste a quienes pagan su salario. Ubicada en la tercera plaza de aquella horizontal que ya había duplicado el número de sus pobladores, a punto estuve de organizarle una porra al valiente que se atrevió a exigir sus derechos, pero finalmente se nos concedió ingresar a la oficina y todavía se nos brindó la oportunidad de seguir ejerciendo la paciencia, por el interminable lapso que se toman las cajeras, antes de comenzar a despachar. Así, me llegó el turno de enfrentar, con cristal de por medio, a una mujer hosca y malencarada que se limitó a farfullar los requisitos que debo acopiar para presentarme en una visita posterior. (patyblue100@yahoo.com)

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