Parece un cuento de Mijail Bulgakov (o del Chejov más irónico) pero sucedió en la realidad: un par de discusiones sobre literatura y filosofía terminaron con sendos homicidios en Rusia. En la primera, dos hombres disintieron en su interpretación de algunos pasajes de la obra del pensador prusiano Immanuel Kant. El desacuerdo llegó a los balazos y le deparó la muerte a uno de los oponentes. El segundo episodio no fue menos equívoco: un profesor le cayó a puñaladas a un amigo suyo, apasionado por la poesía, que negaba de plano su argumento de que la “literatura verdadera” fuera la escrita en prosa, específicamente la narrativa. A raíz de la detención del académico de marras, quien estuvo prófugo durante meses, la agencia RIA Novostni retomó los casos. En un despacho fechado en Moscú la semana pasada, resalta la popularidad que alcanzaron ambas notas en las redes sociales. Porque para la gente en general resultaron ser una especie de chistes de rusos locos que se matan por cualquier cosa. Pero quizá habría que mirarlos de nuevo. Dejemos de lado que vivamos en un país, México, que forma parte de un subcontinente, América Latina, donde la muerte “por cualquier cosa” es una tradición centenaria y el pan cotidiano de nuestras páginas de nota roja. Lo peculiar es que, acostumbrados como estamos a enterarnos de homicidios pasionales, de balaceras y golpizas con temática futbolera o de gente a la que destripan porque “miró feo” a quien no debía, este tipo de notas nos resulten fuera de lugar y hasta cómicas. No es que me parezca ejemplar que estos caballeros de la lejana Rusia llegaran a las manos (y mucho más lejos) en defensa de sus posturas intelectuales. Pero sí creo que, más allá de las ocurrencias de humor (a veces atinado y otras no) que han abundado en nuestras redes sobre lo que cometieron, quedan sobre la mesa varios asuntos para reflexionar. El primero es que, en un cierto sentido, en cada debate intelectual o estético germina también un debate político y social. Borges se reía de la posibilidad de que alguien muriera proclamando: “Viva el sistema métrico-decimal”, pero de eso a morir por una República, por la Libertad o por el Socialismo (que también son ideas) hay medio paso o la mitad de un medio. El segundo es que puede sonarnos estrafalario que alguien mate por las ideas de Kant, pero a la vez nos resulta normal que alguien mate o muera (ambas cosas han sido terriblemente comunes) por las ideas de Karl Marx, que fue un aventajado discípulo de las ideas kantianas sobre filosofía de la historia. La tercera, porque tampoco hay que tomarse el mundo tan en serio, es que ambos pleitos, según los reportes de prensa, se vieron sazonados por el consumo excesivo de alcohol, que es el lugar común de las muertes absurdas en este planeta desde tiempos de los sumerios. Porque al parecer ni siquiera las presuntas buenas costumbres intelectuales lo libran a uno de reaccionar, cuando bebe y discute, como cualquier hooligan borracho.