Como la liquidez familiar por el momento (eso espero) no da para hidratar un glamoroso plan vacacional, y con tal de no contarnos entre la población inerte por temporada, pensamos que un viajecillo al Caribe bien podría ser dignamente sustituido con un buen plato de birria en Zapotlanejo, para lo que tomamos las providencias necesarias y nos desplazamos en cuanto despuntó la Semana Mayor que hoy concluye.Hacía ya buen tiempo que no andaba yo por esos lares, así que no dejó de sorprenderme la vastedad de ropas que han convertido sus calles en una magna boutique de moda para todos los gustos y presupuestos y, aunque la intención no era adjudicarme algo más que el típico platillo mencionado, con sus tortillas recién hechas y esponjadas, el colorido expendio callejero no dejó de atraparme la mirada y la curiosidad por observar de cerca más de algún singular atavío juvenil.“A 249 la prenda que le guste”, sugirió la comedida dependienta que me pescó sobando la tela de una blusa. Pues, será más bien la que me quede, repliqué al constatar que en aquellos mínimos atuendos no habría yo cabido ni cuando tenía 15, de modo que me retiré rápidamente agradeciéndole el gesto, sobre todo cuando advertí que ya andaba investigando cuál de sus vaporosos blusones empataría con mis muy amplias expectativas.Ocurriósele entonces a mi didáctico y aventurero cónyuge, que la ocasión resultaba inmejorable para visitar en las cercanías el históricamente famoso Puente de Calderón, aquel escenario en el que el cura Hidalgo y sus huestes obtuvieron un marcador adverso en su contienda contra los imperialistas del general Calleja. Más por rematar la ociosa mañana, que por genuino interés en un episodio que me obligaron a machetear desde la primaria, tomé la iniciativa de indagar por dónde tomar la salida “con rumbo a Tepa”, que fue la coordenada más precisa que nos brindó la vendedora que me tanteó las medidas corporales.“Agarre aquí derecho hasta el retorno donde vea un letrero que dice Tepa”, respondió con certeza el segundo pueblerino al que acudimos para que nos puntualizara un poco más la información. Y agarramos derecho, no encontramos ningún retorno y menos un letrero, por lo que nos detuvimos una vez más para procurar la orientación de un zapotlanejense menos errático y más confiable, quien lo primero que hizo fue advertirnos que íbamos circulando exactamente al revés. “Aquí, dese la vuelta en U, y como en tres o cuatro cuadras, donde topa la calle, dele a la derecha, para ir a caer a una avenida de cuatro carriles y ahí le jala derecho, y más adelantito se va a encontrar el puente. Está aquí nomás, bien cerquita, a no más de diez minutos y está bien bonito”.Y ahí vamos, atendiendo las “señas” recién adquiridas, hasta donde topó la calle y aparecieron los cuatro carriles por los que jalamos derecho, derecho, derecho y nada. Se cumplimentaron los diez minutos estipulados, y pasaron otros diez que invertimos en leer con atención cada letrero y señalamiento, incluidos dos alusivos a sendos puentes con nombres sin lustres, pero del famoso, nada. Asumimos entonces las inconveniencias de no contar con un dichoso GPS que nos guiara por un camino menos proceloso y, cuando andábamos calculando el punto donde pudiéramos retornar sin éxito, de reojo y puro chiripazo se nos figuró ver, sobre el lado contrario de la carretera, un monumento que nos pareció como erigido a Hidalgo.En cuanto pudimos, nuevamente desandamos un kilómetro y, efectivamente, ahí estaba un parque recreativo muy bien armado para la convivencia familiar, aseado, con su vegetación muy cuidada, con varias estelas alusivas al hecho histórico grabadas en grandes troncos, y por allá, hasta el fondo y compartiendo un soberbio paisaje, los humildes restos remozados del puente que dio su nombre a la célebre batalla de 1811. Así que, entre las borrascosas “señas” de los oriundos y las “señales” que los artífices del sitio no se han dignado garabatear siquiera sobre un leño seco, si usted va de Guadalajara, “con rumbo a Tepa”, no divisará el mínimo aviso de que, sobre su flanco izquierdo, puede usted ingresar a tan magnífico lugar de alrededores renovados, imagino, a raíz del bicentenario de nuestra independencia.