Miércoles, 15 de Octubre 2025

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En busca del Manual del niño gordo

Por: Carlos Enrigue

En  busca del Manual del niño gordo

En busca del Manual del niño gordo

Había una vez un país muy cercano en que su pueblo era feliz, y lo era porque a pesar de las muchas carencias, el gobierno se metía poco con la población; los políticos iban a lo suyo, o sea a pepenar lo que pudieran agarrar y sólo muy eventualmente recordaban al pueblo y eso, aunque usted no lo recuerde, era una maravilla: la maravilla de ser libres.

Como no se metían con la gente, la libertad se daba y no había censura, por lo que lo que narraré es uno de los pocos casos en que la regla se rompió y en esta ocasión sí hubo censura y represión contra un libro cuya existencia debemos reconocer es mítica, y que incluso en muchos círculos, sobre todo de los llamados intelectuales, han negado que siquiera haya existido algún día.

Se trata del “Manual del niño gordo” que tras esa persecución prácticamente ya no puede conseguirse, varios cazadores de libros lo han intentado infructuosamente, incluso varios han perecido en el intento.

La última vez que se supo de un ejemplar, se dijo lo tenía en julio de 1968, en pleno verano francés, una librería de París llamada Shakespeare & company, y de ahí desapareció sin que nunca se haya vuelto a saber de otro ejemplar; toda mi narración es un rumor, porque en esta materia todos son tan sólo eso: rumores.

El mito narra que dicha edición fue adquirida el día 18 de ese mes por un sujeto que se supone llamarse Jean Duval, aunque nadie sabe por qué se supone en realidad que así se llamaba; se dice que el sujeto que lo adquirió lo hizo para una sociedad secreta, que, como es secreta, nadie sabe cuál es ni dónde está y cuando se pregunta por el posible adquiriente no se obtiene respuesta porque este sujeto, el mismo día que se supone que lo adquirió, apareció muerto flotando en el Sena vistiendo una túnica morad y se supone fue torturado, ya que le habían extraído los lóbulos de los ojos, lo que notaron cuando trataron de examinar las últimas imágenes que mostraba su retina, así que por más que intentaron investigar acerca de él, pues nada, la empleada de la librería sólo recordaba que el comprador estaba todo vestido de negro y tenía unos ojos muy bonitos —lo que no pudo comprobarse posteriormente—, entró a la librería, no dijo ni palabra, tomó el ejemplar, llegó a la caja, lo pagó sin soltarlo, no quiso la bolsa que le ofrecieron y lo metió a un portafolio que parecía estar vacío, portafolio que por cierto tampoco fue encontrado.

Conservaba la empleada la copia y el original de la factura que probaba la venta, sin nombre del comprador, porque como ya se dijo el sujeto no habló y no requirió factura, tan sólo constaba en ella la fecha y el nombre del libro, siendo ésta la única huella tangible de la existencia, y al existir factura pues evidentemente existió la venta.

Nadie ha visto el texto jamás, digo fuera de aquellos de la sociedad secreta que se supone la adquirió, si es que esto realmente sucedió así, si usted llega a encontrarlo tendrá una joya.

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