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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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El candado, la metáfora

El candado, la metáfora

El candado, la metáfora

A los políticos en México no les importa detener, totalmente y en seco, el funcionamiento de una de las ramas del gobierno —el poder legislativo— para asegurarse de que un señor partidista y partidario no será nombrado, en bola rápida, como fiscal para los próximos nueve años.

Qué gallardía, dirán algunos sobre el lance de los obstruccionistas. Medidas extremas para amenazas ídem, justificarán los partidarios de la narrativa del oficialismo panista. El empecinamiento rindió frutos, no habrá fiscal carnal, proclamarán por ahí.

Salvo que todo lo anterior puede que sea mentira. Falso no porque no lo viéramos ocurrir día tras día, pero falso al cabo por carecer de esencia, por ser un vodevil: sainete que (dicen) posiciona a Ricardo Anaya frente a la izquierda así sea a costa de perder el control del Senado. Otra victoria de estas, con costos aún por ser facturados, y el queretano se tendrá que ir a cuidar sus bodegas.

Siete días que no conmovieron a México. Quizá entretuvieron a la clase política, siempre ávida de crear problemas para luego mostrarse como salvadores de la patria al desfacer los entuertos que son su criatura, temas que les saturan pero que no se relacionan, en lo más mínimo, con la adversidad cotidiana de los ciudadanos.

Y no porque no haga falta un fiscal cabal antes que carnal. Urge. Pero urge desde hace años, como urge —también a tiempo— un secretario de Gobernación que asuma las funciones de la seguridad, y en una de esas de la gobernabilidad.

Sin embargo, el parto de los montes de estos siete días fue para poner un candado. Insuperable metáfora. Nuestra clase política sudó la gota gorda en torno al verbo impedir. El espectáculo quizá habría valido la pena si hubieran tenido como meta elegir al mejor fiscal, no andar rizando el rizo de un manoseado transitorio con dedicatoria.

Miren ustedes, aquí no discutimos la idoneidad de un perfil, de un puesto, no, aquí hacemos conjuros donde enfrentamos las puntadas de Gamboa, que deslizó que sí, que sí veían al fiscalcarnal, con las ambiciones de Anaya, que se amachó en que no y no.

Quien crea que lo que estaba en la mesa era la idea de buscar al Quijote que quiera enfrentar, montado en ese flaco jamelgo que es la estructura de la PGR, se equivoca.

Lo que importaba era el tango, y el PRI se abrazó a Anaya y fueron de aquí para allá en un baile que salvo los requiebros y el sudor, actuado o real, no producirá nada, ni un fiscal (o una fiscal, no se vaya a decir que esta columna también tiene favorito) decente para acabar pronto.

Y mientras la arena de la grilla estaba de bote en bote, toditos ellos locos de la emoción, en el país la otra agenda, la real, se cobraba la vida de un joven yucateco que tuvo la osadía de intentar el activismo por la seguridad en Tabasco, esa tierra que cada día se le pudre más a Arturo Núñez.

Ah qué iluso el admirable Gerardo —Jerry— Barceló, que quiso un mundo mejor para sus hijos y los hijos de otros en Tabasco y como premio a su sueño le cayeron, y lo callaron, a balazos.

Que se pudra también Guanajuato en medio de ejecuciones sin fin, que se terminen de hundir Veracruz y Tamaulipas… qué más da. Ese país a quién diablos le importa.

Que nadie hable de corrupción ni de nada nada nada que no sea de ellos y su agenda. Grandes nuestros políticos: les tomó siete días desempolvar un candado.

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