Sábado, 08 de Mayo 2021

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El 2012: cosa de dos

Por: Ricardo Rocha

Yo creo que la señal más importante que transmitirá la elección del Estado de México (Edomex), es que 2012 será un enfrentamiento de sólo dos contendientes: el candidato del PRI contra el candidato de la izquierda. Un choque de dos trenes en donde no cabe un tercero, que es el lugar lejano a donde será desplazado el PAN.
Para esta predicción, claro, habrán de cumplirse primero otros supuestos: por lo pronto, que el resultado en el Edomex sea el previsible: una victoria clara de Eruviel Ávila, aunque no en la proporción que han anticipado sus agoreros; un segundo lugar también muy definido para Alejandro Encinas, y un distante tercero para Luis Felipe Bravo Mena. Y es que, siendo realistas, aun quienes hemos criticado la desproporción del aparato peñanietista a favor del candidato del PRI-Verde-Panal, hemos de admitir que Eruviel ha sido un muy buen candidato. Con una sólida trayectoria en lides electorales, que incluyen dos triunfos en Ecatepec, ha resultado un aspirante que si bien no tiene una presencia arrolladora, sí en cambio ejercita una suerte de carisma contenido, lo que le ha forjado una presencia convincente y creíble hasta para quienes no son priistas de tiempo completo. En el caso de Encinas, aun siendo uno de los pocos hombres de izquierda químicamente puros, su desapego de varios años le ha impedido ganancias mayores en un electorado que en buena medida lo desconoce. No obstante, sus dotes y su autenticidad le permitirán presumir no sólo un segundo lugar obtenido a pulso, sino una enorme contribución a la percepción creciente de que la izquierda es todavía una opción viable para la elección presidencial. El peor de los escenarios es el de Luis Felipe Bravo Mena, quien pudo haber quedado en la historia como el presidente panista que llevó a Vicente Fox a la Presidencia en 200, pero cuyas debilidades lo llevaron a aceptar una plácida embajada en El Vaticano, luego la secretaría particular de Felipe Calderón y, hace 60 días, una candidatura marcada por la frustrada alianza con el PRD por el desgaste plebiscitario del Gobierno calderonista y el desdén de su partido. Lo que habrá de reconocérsele, es su voluntad y entusiasmo en una tarea sin destino alguno. Así que los grandes mensajes emanados del próximo domingo 3 de julio serán tres: que el PRI ya es indiscutible finalista; que la izquierda encabezada por el PRD podría dar la pelea, y que el PAN estará fuera del ring en la elección presidencial. En el primer caso, falta ver si Enrique Peña Nieto es capaz de resistir hasta el final los obuses por venir, aunque sus incondicionales insistan en que ya está blindado por los cuatro costados. Manlio Fabio Beltrones no está muerto y le disputará la candidatura palmo a palmo. En el segundo supuesto es donde la cosa está más peliaguda. Dos candidatos serían aplastados sin duda. La única posibilidad de triunfo es para una izquierda no sólo coaligada sino absolutamente convencida, sólida y con un candidato único. Y, por supuesto, el que más posibilidades tenga de ganar. Y eso pasa necesariamente por un acuerdo inteligente y sensato entre los únicos dos posibles: Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador, quienes en entrevistas por separado en este mes me han dicho que sí, que están convencidos de este planteamiento. Pero falta ver si se comprometen a aceptar primero un método confiable de auscultación —una, dos o tres encuestas— y luego, obligadamente, su resultado. Todo esto a pesar del amarradero de navajas cotidiano de sus respectivos colaboradores. En el caso del PAN, ni siquiera Santiago Creel o Josefina Vázquez Mota —los mejor posicionados hasta ahora— podrían ganar la elección. El peso del descontento por la violencia y la crisis económica serán losas imposibles de soportar. Además, ninguno cuenta con el respaldo de Calderón, que parece decidido a imponerse en el PAN. Aunque ninguno de sus delfincitos ha crecido lo suficiente como para moverse por las aguas procelosas de 2012. Lo dicho, estoy convencido de que la grande será cosa de dos.