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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Duelo y catarsis poética de Carmen

Duelo y catarsis poética de Carmen

Duelo y catarsis poética de Carmen

De todos los árboles el liquidámbar es el que más le importa a Carmen Villoro porque ‘alimenta la luz de la mañana, lo habitan los pájaros, el viento lo sacude, la noche lo refresca como a todos…’ o, tal vez porque los árboles de esta familia muestran ostensiblemente sus cambios en cada estación cuando retoñan en la primavera y verdean en el verano soltando sus frutos para que, en el otoño, enrojezcan su hojas antes de palidecer, llorara el ámbar y dejarlo desnudo mientras sus hojas fertilizan la Tierra.

Liquidámbar (Mantis Editores, 2017) es también el título de esos poemas de Carmen que acabamos de conocer ahora que vino al Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia de la Ciudad de México para enseñarnos, junto con Pedro Serrano, que ‘ese árbol tan viejo, tan lejano me obsesiona: no quiero que muera.’

La poesía de Carmen es un duelo y una catarsis como lo hacen los poetas que, en lugar de ver la tragedia en un escenario, como lo hacían los griegos, lo ven dentro de sí mismas hasta el fondo de su alma, para convertir eso que está en su cabeza desde el corazón, en palabras, traduciendo las huellas que dejó su padre, el Dr. Luis Villoro, para construir una obra poética en donde combina el dolor de la ausencia con el gusto y el placer de haber recibido todo lo que le ha servido para seguir estando viva.

Tal vez por eso, se encontró a sí misma ahí donde había respirado su padre: ‘Vine a la montaña / a pisar la tierra que pisaste. / Vine a entender el aire de un lugar / como se entiende el sabor de una fruta / a comprender la mirada de estos hombres / que viste y te miraron / con una luz distinta’ y antes de transitar por el mundo de los recuerdos, de las ideas y de los sentimientos, ahora envueltos con el papel de las emociones que se han decantado con el tiempo y ahora la iluminan para descubrir la esencia de eso que la mantiene viva porque sabía su padre veía todo desde ‘la curva amplia donde se ve el amanecer de nuestros tiempos’, para que la hija-poeta y sus lectores, podamos abrevar y calmar la sed y la angustia que nos acompaña, cuando el padre ha salido del escenario para formar parte de la Naturaleza y nosotros, nos quedamos con un vacío en silencio, mientras que el viento barre el campo con fuerza.

El dolor de la ausencia y el gusto de recordar su presencia, que está dentro de ella, le sirvió para escribir esto que se parece a la música como si esta oración la cantara en coro: ‘Convierte, Liquidámbar la sangre de mi padre en miel. Toma su polvo herido llévalo por las rutas de tu savia benigna hasta la luz’, y así van floreciendo estas emociones, como las hojas de los liquidámbares en el otoño para que se dé la ‘re-signa-ción, re-signo, otro signo al dolor, otro color: del rojo al ámbar más oscuro. Liquidámbar.’

Pudimos recorrer esa vida y, al mismo tiempo que Carmen recuerda a su padre –y nosotros al nuestro–, con todo y sus enseñanzas, cuando un día que llegó al pie del liquidámbar en Chiapas en donde han enterrado parte de sus cenizas y ‘le han puesto tantas flores que no se mira el tronco. Sus hojas como espadas cortan el aire y vibran, tiritan, se desperezan, hablan, se agitan sutilmente’ y, los que estábamos oyendo esa música de la mano de Carmen, seguimos su ruta desde que salieron de Etiopía, antes que dijera la última palabra y llegara el silencio para que después de haber llorado su ausencia, nos purificáramos de las pasiones, gracias a los poemas que fructifican como los retoños, llenos de vida, sin importar que los vientos se desaten por el campo.

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