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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Diario de un espectador

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Se extraña al tapatío frío. La chimenea tiene pocas oportunidades para refrendar su íntimo reinado sobre la casa, y la canasta de la leña guarda intacta casi toda su carga. Sigue girando el molino de los años: todo lo habrá de triturar, bien que se sabe. Ya hay quien dice, entre los científicos, que el tiempo es una forma de la materia: ¿dónde queda, pues, después de haberse ido? ¿O es que nunca se va el tiempo y permanece, misteriosamente oculto, impregnado en las cosas, los seres, los ánimos que subsisten? De allí, tal vez, las otras dimensiones que solamente en ciertos sueños, o en las visiones de los iluminados, pueden fugazmente aprehenderse. De allí que el jardín prospere, y que guarde en su materia misma, y en su memoria, los cuidados pronto centenarios que con devoción le han sido consagrados. La llamarada estrena un particular tono del anaranjado, y es preciso transitar del escalofrío de las sombras a la tibieza bienvenida de la primera mañana del mundo.

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Chiapas es otro país. Por muchas razones: en ninguna otra parte de México se tiene conciencia de una semejante diversidad. Paisajes, etnias, dialectos, vestimentas, vegetaciones, religiones, arquitecturas, animales incontables… No es rara su lejana pretensión por formar un país aparte. Entrañable, afortunadamente, no fue así, y los mexicanos todos, por supuesto los chiapanecos, pueden gozar de esta vasta región maravillosa y contradictoria. Quizá la más rica de todas, para nuestra vergüenza también ahora la más pobre. Al recorrer y considerar a Chiapas son parejos el asombro y la confusión; se tiene la impresión de una generalizada desorientación acerca de cómo encarar el futuro, de saber cuál pertinente modernidad es la que es indispensable buscar para sus gentes y sus incomparables recursos espirituales y físicos. Porque ahora algo no funciona, y de manera crasa.

Por ejemplo: puede el que pasa figurarse que por el estado anda desde hace tiempo suelto un enorme burro perverso, un jumento de un par de centenares de metros de alzada, que va de aquí para allá triscando lo que se le antoja, pisoteando lo que se le cruza en el camino, dejando sus heces esparcidas por donde la gana le gana. Pensado esto, lo del burro, en el sentido figurado, y en el estrictamente real. Daños centenarios del burro: la sistemática destrucción y abandono de miles de prodigiosas estructuras arquitectónicas debidas a la cultura maya, y sus contenidos. El saqueo ha sido históricamente incuantificable, irreparable, gravísimo. El burrote, al mismo tiempo, se ha tragado porciones escandalosas de selvas húmedas y altas, de bosques, de pastizales incomparables. Al día de hoy siguen apareciendo sus monstruosas mordidas, por ejemplo, en los bosques maravillosos que cubren -¿por cuánto tiempo?- las laderas que rodean a San Cristóbal de las Casas. El asno, materializado en otros actores, acabó con gran parte del patrimonio sacro -y de sus ministros- durante la persecución religiosa del pasado siglo. El burrote, ahora, también anda muy ocupado en distribuir sus heces por todos lados: comida chatarra, consumismo tonto, contaminación de todos los órdenes, sectarismos diversos, modas arquitectónicas altamente tóxicas…

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Pero hay tantos remedios, venturosamente, contra los efectos maléficos del burro. Por ejemplo llegar cualquier tarde, en San Cristóbal, a la casa espléndida de Na Bolon, un conmovedor retrato de cuerpo entero de sus últimos y perdurables habitantes y sus afanes. Frans Blom (1893-1963) y su mujer Gertrude Duby (1901-1993) pertenecen a esa raza de extranjeros que supieron, de manera específica e intransferible, vivir y querer a México como pocos. Los esfuerzos exploratorios y arqueológicos de Frans, la tarea antropológica y fotográfica de Trudi, sus impresionantes colecciones, significan un acto de amor, de inteligencia y de gozosa lucidez frente a la realidad y las posibilidades chiapanecas. Todo esto lo expresa con singular contundencia y dulzura la casa que adquirió la pareja a medio siglo pasado y que había sido construida en 1897 para ser un seminario por el notable alarife Carlos Zacarías Flores, conocido como “el Viñola de San Cristóbal”.

Tres patios, cada uno distinto, todos muy bonitos. El principal muestra una serie de sofás regionales muy interesantes, entre los que se puede ver unas simpáticas versiones populares y tropicales del estilo Imperio. Frans, danés y muy interesado por las embarcaciones, puso allí una bellísima canoa india. Bellísima también es una gran fotografía del perfil de Trudi cuando joven, colgada en un corredor. Aquí y allá, mujeres lacandonas, rodeadas de sus niños, trabajan calladamente en sus textiles. La justa y amable sucesión de arcos cobija al tequila o el mezcal del medio día, la larga y familiar mesa del comedor -cuarto y mesa recuerdan poderosamente a Santa Cruz del Cortijo- ofrece un cochito absolutamente suculento.

La biblioteca tiene esa aura inconfundible de la gente que sabe vivir y además apasionarse por lo que vive, y hacerlo útil para los demás. Cuelgan de los muros conmovedoras cartografías de terras ignotas que el danés dibujó concienzuda y humildemente, incluyendo un letrero que pide al que las lea su colaboración en caso de saber de alguna corrección o un enriquecimiento. Queda la mesa de trabajo, un viejo saco de gamuza y un sombrero colgados de la silla, la vetusta máquina de escribir enmudecida. El jardín es un deliberado microcosmos de la riqueza vegetal de la región, una explosión de vida y generosidad. La capilla es una pequeña obra maestra del alarife chiapaneco, devota y alegre. Alguien, por favor, que haga el libro definitivo de Na Bolon, de sus dueños y amigos, de esa casa pasmosa. Porque las casas, cuando hay la inteligencia y la generosidad para hacerlas perdurar, como en este caso, no solamente son una invaluable lección de arquitectura y savoir-vivre, son el retrato más fiel y elocuente de gentes cuya luminosa y esencial huella por ningún motivo debiera borrarse. Interperritos, dos niños tapatíos absorben sin saberlo todo esto, y sin saberlo adquieren el contraveneno para próximas y propias pérdidas.

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Yaxchilán, la ciudad perdida a las orillas del prodigioso Usumacinta, en realidad es un jardín. Ese es su verdadero poderío, su gracia y su más íntima génesis. Las estructuras que allí se levantan son sapientísimos aprendizajes de la selva primordial, su complemento. Sus elementos revelan cómo los mayas supieron aprender, interpretar y transfigurar las formas vegetales para desarrollar su arquitectura. Cómo jugaban con la inextricable complementariedad con el espacio abierto y su vegetación, con semejanzas, con contrastes, con las escalas y los planos, con un cierto humor que se percibe a través de los siglos. Ya estarán los especialistas de toda laya haciendo doctas interpretaciones que nada tienen que ver con esto. Tant pis. La majestad del jardín inclinado que desciende de la acrópolis principal hacia la explanada central, con sus inmensos árboles alternados, no tiene parangón. En algo recuerda, eso sí, al proyecto de la gran enfilada de edificios que para Lomas Verdes propusiera Luis Barragán hacia 1964 y su juego de plataformas que tanto tenían que ver con lo prehispánico. Con esa arbitrariedad que derrochan quienes “cuidan” de estas antiguas arquitecturas (“arqueología” es un término que queda chico) no se permite acceder al mirador desde donde los dueños de Yaxchilán vigilaban al anchuroso río, daban la bienvenida a los amigos, se preparaban contra los hostiles. Pero, sobre todo, desde esa sublime plataforma rodeada de árboles y selva, sería posible terminar de entender las claves del jardín fluvial, de la ciudad selvática cuyos deslumbramientos se harían allí más hondos, discretos, iluminadores. Y, de estar allí, se podría, a la distancia de los años, ver pasar en la hermandad con los mayas misteriosos al mismo río que nunca es el mismo y siempre, Heráclito, es distinto. Vislumbrar al amigo, reparar en el dañoso, considerar las estrellas a través de las frondas innombrables. Y entender, entender…

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Como en un relato de Joseph Conrad, la afilada canoa atraca en la orilla lodosa. Dos o tres habitantes se afanan calmosamente en mirar el motor descompuesto de una troca de color ya indefinible. Niños que corretean, uno o dos puercos, varios guajolotes. Esto es Guatemala, la hermana a la que separó el río. El lugar se llama, así nomás, La Técnica. La calle asciende bordeada por primorosas viviendas pintadas de colores indescriptibles. Al fondo, justo antes de que la calle se convierta en una brecha que se interna en la selva, se encuentra una terraza acogedora. Un niño que dice llamarse Clooney Brayan, de unos cinco años, comienza una dulce conversación desde su hamaca. Arriba, entre las ramas, varios changos hacen maromas nuevas. Tres, cuatro cotorras acuden al cotarro, y también platican. Los niños visitantes se hacen rápidamente amigos de las plumíferas. Aparece la cerveza, unas quesadillas de antología, los frijoles rojos e insuperables, la antiquísima y noble hospitalidad de la gente, su noble técnica para vivir. Marlowe, después de tan satisfactoria pitanza, entre el sopor de la tarde que avanza, encendió pacientemente su pipa y comenzó a narrar: Llegamos esa tarde a Guatemala… Y los otros compañeros de viaje, Graham Greene, Pascal Quignard, Marco Aurelio, Homero, oían todo aquello, abanicándose de vez en cuando. Dos muchachas, cinco chiquillos, un amable aventurero, el viajero rojizo resplandor. Es cuánto.

jpalomar@informador.com.mx

 

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