Jueves, 16 de Octubre 2025

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Árbol junto al abismo. Es de temple bravío, y le bastó una mínima hendidura de tierra reseca al pie de un poste, sobre una esquina cualquiera, para asomar sus retoños de un verde esperanzado. Con el paso de los días, contra todas las expectativas, fue organizando su crecimiento, armando su rara estructura. Su ardua condición natal le exigió mayores cálculos para la circulación de su savia, más precisas distribuciones de esfuerzos y equilibrios. A fuerza de perseverar y de buscar la luz, a lo largo de idas y venidas, abonado por algunas miradas de conmiseración, por la compasión de algunas lluvias, prosperó con la sorpresa de lo aguerridamente cotidiano. Tiene sus días contados. Su vigor llegará a ladear al poste, su ramaje que alegrará buena parte de la banqueta llamará la atención de algún distraído empleado municipal. Pero qué tan contados son los días: esa es siempre la pregunta.

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Cuándo están los días contados: siempre existe, a cada despertar, una exacta cifra de ellos, tan precisa como los números luminosos de ciertos despiadados relojes. W.S. Merwin ya lo dejó dicho en un poema definitivo, magnético: Para el aniversario de mi muerte. De memoria: Cada año,/ sin siquiera saberlo,/ cruzo el día en el que esta vida/ habrá de dejarme… La gente va haciendo sus cuentas, ocupándose de sus minucias, de sus a veces grandes afanes: en sentido contrario de todos sus planes avanza, inexorable, un día. Pink Floyd: The sun is the same/ in a relative way/ but your older/ shorter in breath/ and one day closer to death…

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Las guayabas establecen su solar dominio sobre el zacate crecido. La medida estrategia de las ramas, las insondables gravitaciones del universo, han dejado sobre el verde tapete donde todas las suertes son jugadas una amarilla constelación. Si bien se pudiera mirar, la trama que forman esas esferas de prodigio revelaría, como un complejo golpe de dados, todo lo que por advenir está, todo lo que el tiempo que se fue ha cifrado en la vida de quien la considera. Dice la estadística que es infinitamente mayor la posibilidad de leer en la red de las guayabas caídas el fin del mundo que en los astronómicos y arrogantes cálculos de los más avanzados científicos. Llega el jardinero, levanta una a una las guayabas, se desvanece la revelación, siguen los días. Queda un olor venido desde el alba de los tiempos.

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Las tijeras de podar descansan sobre la mesa de dibujo. Junto, un trabajoso plano va consignando los extravíos y las luces de las búsquedas de algunos muros por venir, de la disposición de un jardín o de una dilatada serie de plazas. Rayas, trazos que buscan asir lo que todavía no existe. El ejercicio discreto y esplendente de marcar la liviana y efímera huella de una voluntad sobre la tierra, sobre la ciudad en fatal combustión. Y la presencia de las tijeras de podar es palmaria, evidente en su lacónica sentencia: siempre es necesario hacer menos, cortar lo excesivo y lo redundante, propiciar con la reticencia de las exactas sustracciones lo que un jardín, un dibujo, tienen que decir. Férreas, precisas, atentas: las tijeras de podar son una permanente lección, una pedagogía completa. Mejor será, cuántas veces, salir a la terraza, moderar los excesos del jazmín, aliviar a la palma de alguna hoja caduca, conducir la porfiada fuerza del rosal trepador. Mientras las hojas afiladas hacen su trabajo, entre las manos del que pasa refulge un emblema: una vieja herramienta que todo lo entiende, que sabe.

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El árbol demolido de la esquina cercana. Posiblemente medio siglo de coraje y bravía clorofila yace ahora en trizas, merced a la insondable estupidez de algún vecino, sobre el pavimento. Repetidas cavilaciones buscan el sentido del asesinato de un longevo y bondadoso habitante del barrio, que supo hacer con su sombra y su estampa un poco menos miserables tantos tránsitos, que propició un mucho mayor e insospechado acercamiento a la belleza que todo lo redime. Unos niños, azorados, preguntan sobre el desastre: difícil explicar que se internan en un país en el que la idiotez, como una fiebre letal, gana así terreno, expande a su temprano alrededor su pestilente avance. Complicado decirles que nomás desde sus párvulas voluntades, desde su recuerdo compasivo de este árbol asesinado junto al que ahora caminan, será posible detener la marea de los imbéciles, la invasión del mal ahora hecha visible y patente en la cruel oligofrenia que taló una de sus posesiones más preciadas, una de las irrepetibles posesiones de todos. Los niños sin duda sacarán cuentas algún día, y entenderán que la pérdida del árbol se inscribe con precisión en la misma cadena que arruina las ciudades, que envenena los campos y extermina los bosques, que siega vidas en violencias indecibles, que condena a tanta gente a la desdicha y la tragedia, que al abolir ciertas casas y lugares vuelve al dominio que estaba para ellos en algo cada vez más hostil y ajeno. Y, venturosamente, algún día, mantendrán esos niños su convicción, forjada por la derrota de un árbol, de que ellos cambiarán las cosas.

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México a lo largo, al filo del corte transversal que todo trayecto por sus imposibles topografías hechas de insensateces, amontonamientos y frenesís supone. La ciudad es como una especie de mayate que estudiaron largamente unos científicos norteamericanos: después de concienzudos cálculos y análisis concluyeron tajantemente que, debido a las características del insecto, de la relación de su peso con el área de sus alas, y de muchas otras peculiaridades, ese bicho no podía, absolutamente, volar. Pero el mayate nunca se enteró de todo esto, y vuela, interperrito. Así que el barrio de la casa verde preserva su relativa paz y por los arroyos de sus calles es todavía posible caminar y platicar calmosamente. El jardín de la azotea prospera, y la mirada cazadora puede seguir apresando sus maravillas. Una ciudad de veintitantos millones de almas, de infinitas circunstancias y agobios, de miríadas de miríadas de posibilidades, de tantas razones para no estar allí. Pero es en un particular rincón de Tacubaya, al girar después de un pasaje umbrío rumbo a la luz que una esfera constante condensa, al volver al ruido entrañable de un casi inaudible tamborileo sobre el pergamino tenso, al encontrar al pirul envuelto en la maravilla, al respirar el aire justo que ese cuarto serena, que se sabe que aquí está la razón y la clave, que se volverá.

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Teoría de la mariposa negra. Su puntualidad es absoluta. Nunca nadie supo de dónde sale, en qué rincones progresó el tejido minucioso de sus alas enlutadas. A qué llamado responden sus anuales, incomprensibles revoloteos. Pero se sabe que la mariposa negra, desde su presencia ominosa, completa indispensablemente el universo. Con sus erráticas trayectorias confunde y atemoriza a algunos; con sus largas esperas en lugares de su inescrutable elección establece un efímero reinado sobre cuartos y corredores. La mariposa negra habla del verano que acaba, de las lluvias que se alejan, de un aire más frío que da aliento a sus vuelos. El negro, sin embargo, y es bien sabido, contiene a todos los colores. Así, bien mirado, en el reflejo oscuro de su inofensiva comparecencia, la mariposa negra condensa las explosiones de la primavera, las pirotecnias del estío, el destello dorado de los truenos, las sombras de todas las noches que condujeron a ésta. Ésta, en la que un oscuro emblema de la pasmosa vida descansa, simétrica respuesta a todas las preguntas, sobre la lámpara paciente que alumbra estas líneas.

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Un ensayo de traducción del Cuplé para una banqueta del verano, de Robert Desnos:

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Reposemos sobre lo pavimentado

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En el sol calentado, por el suelo lavado,

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En el buen olor del polvo

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De la jornada acabada,

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Antes de la noche levantada,

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Antes de la primera luz,

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Y vigilaremos en el arroyo

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Los reflejos de las nubes al asalto,

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El golpe de sangre del horizonte

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Y la primera estrella sobre las casas.

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jpalomar@informador.com.mx

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