Cada vez son más las quejas de muchas señoras que salen de casa a trabajar y dejan a su esposo roncando a sus anchas. Sí, estamos hablando de señores comodinos, conchudos, fodongos, ventajosos y hasta mantenidos. Hay una cama, un sillón y, desde luego, una televisión que se convierten en el lugar predilecto de esta calaña de varones que no sienten el compromiso de ganarse el pan con el sudor de su frente. ¿Para qué hacerlo, si ya su “vieja” lo hace por él? Muchas mujeres, con justa razón, se cuestionan si deben de seguir ellas manteniendo el hogar y al marido vividor, sin exigirles que ya se pongan las “pilas” y se vayan a trabajar en lo que sea. Pero que no se queden en casa tiradotes y sin hacer nada útil. Los hombres somos educados por mamá y hemos crecido dependientes de ellas, así que no es nada extraño que el hombre se acomode fácilmente a ser de nuevo dependiente y apegado a las comodidades que ofrece recargándose ahora en los hombros de su esposa. Aunque parezca raro, hay muchos hombres que no sienten perder su masculinidad cuando su mujer es la que los mantiene. De hecho, hasta se pueden llegar a sentir bien porque ella es la que se encarga de atenderlos, sin tener que cumplir con el compromiso. Algo está sucediendo que son cada vez más los hombres que se sientan en la poltrona de la renuncia a ser proveedores aunque sus adorables esposas reclamen, peguen de gritos y los obliguen a salir de casa. Algunas mujeres se la piensan mucho y hasta dicen de broma que su esposo es parte de sus hijos adolescentes, y no lo echan de casa porque no se quieren sentir culpables de alejarlo de sus hijos con la consigna de que al menos es un buen padre. Sí es un verdadero dilema afrontar la fatiga de tener que mantener a un hombre flojo, porque además, “pobrecito” está desempleado y no encuentra chamba. El temor a quedarse solas, a romper con el matrimonio, a ocasionar un desastre familiar y a muchos otros debates morales, obligan a muchas mujeres a quedarse atrapadas en la incertidumbre y tener que soportar, por años, al vividor y parásito que no hace otra cosa más que ordeñar el sueldo, la herencia o el patrimonio de la familia. Peor aún, cuando se les ocurre empezar un negocio como para aparentar que ahora sí ya son emprendedores y justificar las atenciones y beneficios que, sin hacer mucho o casi nada, siguen recibiendo en su hogar a costa del trabajo de su adorable esposa. Señoras: todo tiene un límite. Y si los chantajes, las amenazas, las culpas y los posibles conflictos las detienen a poner fin a la escalada de hombres mantenidos, no se estén quejando de su odisea. El matrimonio tiene compromisos y hay que hacerlos cumplir. El trabajo, salvo honrosas excepciones, es una ineludible responsabilidad.