Sábado, 15 de Noviembre 2025

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Cruzada educativa

Por: Carlos María Enrigue

Cruzada educativa

Cruzada educativa

Lidiar con alumnos no es tan fácil como parece. En cualquier grado la labor docente impone riesgos, físicos a veces, y sin duda merece regresar al lugar de privilegio que tenía. Evidentemente, si el maestro o la maestra no puede leer adecuadamente “Influenza H1N1” pues entonces tampoco deberá llamarse a sí mismo maestro, en la especie se me ocurre un nombre: Satanás. Y le digo que cada uno de los grados de la escuela tiene su riesgo. Primero tenemos a las educadoras de preescolar y kinder quienes si bien todavía gozan de la etapa agradable de las personas (antes de que agarremos la nefasta personalidad que tenemos), tiene como desventaja que el control de los esfínteres es nulo. Igualmente lidiar con un chiquillo chiqueado es un fastidio, aunque por ahí corre el rumor de que le echan sus cucharadas de jarabe pa´ la tos al biberón y los niños se quedan tranquilos, muy tranquilos. En primaria en realidad no hay tanto problema, pues los dos primeros grados son una especie de extensión del kinder. Nada demasiado pesado para el alumnado, solamente unos debates sobre el materialismo histórico marxista, el método Harris y su relación con la oxidación del estaño, arsénico y del antimonio, el revisionismo histórico de la guerra del Mixtón y otras cuantas pequeñeces que cualquier párvulo de 6 años con 2 dedos de frente puede atender. Conforme se avanza a quinto o a sexto el drama se agudiza. Es difícil para el maestro lidiar con la chamacada porque aunque ellos ya se comiencen a sentir adolescentes por ir a la “disco” en las kermeses siguen siendo niños. Niños dispuestos a joderte y hacer tu vida miserable. Si se trata de una maestra guapa se deberá entender que será objeto de las lujurias infantiles. De secundaria y prepa no comentaré nada por respeto a todos los profesores que se han suicidado por culpa de los pubertos. Sin embargo cuando se llega a la universidad uno espera que ya se lidie con gente pensante. Que aquellos caprichitos y berrinches queden tan sólo en el anecdotario y que las conversaciones que se sostienen sean de alto nivel académico. Dado que el estudiante ha elegido libre y conscientemente la carrera que cursa se sobreentiende que no se prestará para las idioteces que veíamos en la secundaria y en la prepa, un manto de solemnidad cubre los campus universitarios y se eleva sobre el firmamento indicando la ruta de la ilustración y del progreso. Estamos en un nivel en donde el maestro es respetado por sus alumnos, o al menos eso creía el licenciado Gascón. El licenciado Gascón era una lumbrera jurídica. Nacido en el norte del país sus brillantes aportaciones al ars iuris fueron rápidamente detectadas por la capital y, como el pulpo ganadalla que es, para pronto lo sedujeron en una universidad de allá con un sueldo respetable y los laureles de las máximas autoridades del mundo del derecho. Impartiría la cátedra de Títulos y Operaciones de Crédito, materia en la cual había escrito uno de los libros base en el país. Pues bien, en cierta ocasión en que estaba reunido con otros profesores de la universidad en una cantina, tuvo el mal tino de decir que a él sus alumnos le habían puesto el mote de “El Kelsen mexicano” (si Usted no sabe quién es Kelsen probablemente se deba a que Usted es una persona decente, si conoce a Kelsen probablemente sea un degenerado. Como explicación Kelsen fue uno de los grandes juristas del sigo XX). Al oír eso el resto del grupo se atacó de risa. El comentario era muy mamuco y de ahí en adelante comentario que hacía “El Kelsen” era literalmente reverenciado por los demás maestros mostrando con esto el grado de madurez de una bola de pubertos de 14 años. Evidentemente la carrilla no iba a parar por lo que, envalentonado, “El Kelsen” lanzó una apuesta: mil pesos a que sí le decían “El Kelsen”. Solamente había una forma de probarlo, por lo que, acompañado del titular del curso de Teoría General del Proceso, se lanzaron a la Universidad buscando a uno de los alumnos de “El Kelsen”. Se encontraron a un pobre incauto en la cafetería mientras compraba un chocotorro y de inmediato comenzó el interrogatorio. -    Compañero, dígale por favor al profesor Villegas cómo me dicen en el salón – dijo con voz solemne “El Kelsen”. Agachando la mirada el pobre estudiante contestó: -    No profe, cómo se le ocurre. Sin desanimarse, “El Kelsen” insistió -    Ándele, dígale, sin pena. Evidentemente incómodo, el alumno trato de resistir -    No profe, no puedo. Irritado, “El Kelsen” amenazó -    Dígale o lo repruebo. Ante la amenaza y notando que su profesor no estaba jugando, el joven, con una voz queda finalmente dijo -    “La marrana”.

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