Pacífica y relajada, como suelo ponerme todos los viernes al concluir la jornada laboral con vistas a la proximidad del fin de semana, circulaba yo por la recién remozada zona de Chapultepec. Con beneplácito advertí que, al cabo de quién sabe cuántos meses de tener qué enmendar la ruta, porque parecía que la terminación de dicha obra no tenía para cuándo, no me vería más en la necesidad de hacer rodeos y sortear escollos anaranjados, toda vez que la zona parecía haber recuperado su fluidez habitual en torno a la glorieta de los Niños héroes. Seguro iba yo tan gozosa por los diez minutos que en lo sucesivo me ahorraría en el trayecto de vuelta a casa, que obvié las prudentes observancias del manejo a la defensiva, máxime cuando la luz verde del semáforo estaba recién puesta y franqueaba el paso sin problema. O, al menos, y al igual que los dos automovilistas más que coincidieron conmigo en el punto, eso pensaba hasta que los tres nos vimos obligados a dar un violento frenazo de antología, de ésos que nos dejan lo que traíamos en la cajuela disperso por doquier o atorado sobre la nuca. Con el motor apagado por tan inopinado atorón, alisándome los pocos pelos que tengo y que del susto se irguieron en punta, agradeciendo al Altísimo que a la derrapada que dio el de al lado le hubieran faltado diez centímetros para alcanzarme y lamentando que entre mi tilichero no apareciera un pedazo de birote para amainarme el susto, no pude más que bendecir la suerte que tuve de salir ilesa aunque biliosa del trance detonado por un descastado cafre, que ni cuenta se dio del mazacote de carros y nervios que desató en el punto que acababa de pasar. Pero más afortunada me sentí al advertir que, en plena confluencia de dos avenidas muy principales y concurridas, en hora de nutrida circulación, el urgido e irresponsable conductor, quien se aventó la olímpica hazaña de violar a toda velocidad el señalamiento que varios segundos atrás se había puesto en rojo, sin importarle la alevosa eventualidad de comprometer la seguridad y equilibrio emocional de tres o cuatro ignorados prójimos fue, justamente, el conductor de un albo camionetón perteneciente a la unidad de peritos de la Secretaría de Movilidad. Empero, algo de paz me entró cuando adiviné que, si la rodante amenaza hubiera cuajado y nos la hubiera hecho efectiva, embistiendo con rudeza a los tres o cuatro conductores que frenamos, derrapamos y nos acalambramos por su inopinada estulticia oficial, habríamos contado con la inmediata atención de los profesionales encargados de evaluar los parámetros de una colisión, calificar un siniestro, deslindar responsabilidades y dictaminar lo conducente. No sabía, lo confieso, que también se hacían cargo de provocar los incidentes que les garanticen la chamba. Nomás porque Diosito me cuida, pude contar a los míos lo que les acabo de relatar, pero lamento no haberme recuperado a tiempo del susto, para anotar las placas del vehículo que se pasó el alto cuando a quienes nos correspondía íbamos arrancando, el viernes pasado, a las 12 del día, en la confluencia de Niños Héroes y Chapultepec.