Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Martes, 22 de Enero 2019

Ideas

Ideas |

Con los sabores que crecí

Por: Paty Blue

¡Ah, qué delicia!, me dije y dije a la amabilísima vecina que me hizo llegar al paladar el dulce que ella trajo de su pueblo y a mí me trajo de regreso uno de los mayores deleites de mi distante infancia. ¡Mmmm…!, exclamé con pueril alborozo. ¿No traes otro?, le inquirí, no sin mal disimulada pena, deseando que en ese momento se sacara de la bolsa del mandil por lo menos una docena de esas golosinas por las que tantas veces me comprometí a oír la misa con mayúscula devoción, con tal de que mi generosa madre gratificara mi fervor con semejantes deleites que vendían a la salida del Expiatorio y que nunca más volví a encontrar en ningún otro sitio.

Los dulcecillos de marras eran algo así como unos trocitos cilíndricos, de color amarillito, envueltos en celofán, y también había unas bolitas que les llamaban de leche quemada y otras más en color rojo que, dado que traía incrustados algunos pedazos de cáscara, nunca dudé que fueran de tamarindo, aún cuando más bien me sabían a canela. Años después, alguien me informó que estaban hechos con miel, pero de lo único que puedo dejar constancia es de que su dureza daba para bailotearlos entre la lengua por un buen rato.

Fue tal el placer gustativo que en ese momento me desató la golosina aludida, que me espantó hasta el pendiente de que mis Chivas se hallaran en franco declive hacia lo que siempre conocí como la segunda división y que ahora, seguro para que los aficionados no sintamos tan gacho (y los artífices de la desgracia no se sientan de segunda), enuncian con el eufemismo de “división de ascenso”. Pero al margen de los entripados futboleros que ya no sorprenden y hasta cierta complacencia morbosa provocan, mis papilas gustativas se alborotaron al punto de hacerme rebotar en el cerebro los entrañables recuerdos de las confituras que me endulzaron las mocedades y por las que ahora, si existiera la remota posibilidad de encontrarlas, sería capaz hasta de comprometer mis inestables niveles de glucosa.

Ciertamente, ya no estoy para excesos, pero con lo golosa que soy y lo antojadiza que me he vuelto, me siento dispuesta a ofrecer una jugosa recompensa (como, digamos, mi gratitud eterna) a quien me pudiera dar razón, por ejemplo, si existe todavía y anda por las calles algún vendedor de turrón, como aquél que de tarde en tarde deambulaba por el barrio, cargando un tablón coronado con un sólido amasijo, ora rosa, ora amarillo, y que con sorprendente agilidad colocaba sobre unas patas de tijera, para cortarlo en raciones de a diez o veinte, por medio de un certero machetazo. Luego, lo colocaba sobre un papel de estraza y lo rociaba con abundante limón que, si no era cabalmente absorbido por el papel, escurría por el brazo del glotón en turno que lo recuperaba a lengüetazos, ¡mmmm…!

Tal vez muy pocos (cada vez menos) compartan el gozoso recuerdo de los mazapanes envueltos en estaños multicolores que luego alisábamos e insertábamos en los libros de texto; de los cucuruchos con pingüicas enmieladas, de las paletas Mimí o los chicles Yucatán; de los toficos de cajeta y las cocadas tricolores; de las buenas jericallas en tazas desorejadas, pero sin vainilla y sin refrigerar; de los pirulís rojos, los chocolatines con figuras de animales y los chicles de bola; de las peligrosísimas cerbatanas de vidrio rellenas con grajeas de tres colores y las llamadas varitas, de manzana o tejocotes, tan prohibidas para mí porque, según mamá, estaban todas polveadas y mosqueadas. En ese dulce mundo crecí y sobreviví sin Hersheys, Braches, Wrigleys y M&Ms.

Lee También

Comentarios