Jueves, 16 de Octubre 2025

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Capilla del Cristo

Por: Vicente García Remus

Uno de los caminos reales de Pátzcuaro, el que va a Morelia, se pavonea de la hermosa capilla del Cristo.

El cantar de unos pajarillos, nos fueron despertando. Iniciamos la fresca mañana contemplando una joya arquitectónica, que edificó Tata Vasco. Aledaña al famoso Barrio Fuerte, donde resistieron valientemente los purépechas a los ataques del capitán Cristóbal de Olid. Al verse superados los tarascos, pidieron refuerzos al cazonci Tzintzicha, quien mandó un ejército para frenar al invasor, pero los jefes del ejército al percatarse de las nulas posibilidades de detener a los españoles, optaron por rendirse sin lucha alguna. Olid al entrar a Tzintzuntzan, fue enfrentado por el consejero Timas, por Eréndira (hija del emperador), por unos chamanes y unos guerreros, quienes fueron vencidos, marcando un parte aguas histórico.

Para 1553, una obra quiroguiana inició con un zócalo y una cruz, costumbre española de poner sitios devotos en las orillas de los poblados, denominados, humilladeros. Se colocaban en los caminos reales, en las crestas de los cerros colindantes, y en algunos asentamientos fueron cuatro cruces, alineándose en lo posible a los puntos cardinales, la cruz en cuestión fue la del Norte. Cruces que anuncian el cristianismo y protegen el poblado. A la cruz se le denominó “El Humilladero”. Otras cruces que se evocan son: Cruz de los Coyotes, Cruz la Tángara y Cruz Verde. Teresa Castelló nos comenta: “Una cruz burda de tosca madera, en una plazuela diminuta al borde del camino; señal del cristianismo que don Vasco dejó plantada en un barrio indígena de la naciente ciudad de Pátzcuaro. Los indígenas que acudían al mercado los viernes le dejaban al piso un ramo de flores o una velita. Murió Tata Vasco, la cruz se convirtió en reliquia, la pintaron de verde y la encerraron en un jacal para protegerla de las inclemencias del tiempo. La población siguió creciendo y a ese lugar se le dio el nombre de Barrio de la Cruz Verde. La víspera del 3 de mayo, día de la Santa Cruz, la sacaban en procesión invitando al vecindario a celebrar la fiesta. Contrataban a los músicos de Pichataro que eran los más renombrados y adornaban las calles con corredizos”.

La puerta de la preciosa capilla es en arco de medio punto sobre capiteles dóricos, el arco tiene una elegante clave de volutas salientes, cerca se dejó ver una corona de espigas con el Sol y la luna. Dos hojas de tablero abren al recinto, que arropa una imagen de Cristo, otorgada por Quiroga. La cornisa fue integrada a un frontón truncado, en su abertura surge una cruz, en los costados del frontón hay una media almena y arriba luce una gruesa y alta espadaña de dos cuerpos, el primero con dos vanos arqueados, el segundo es menor, con un sólo vano y con una almena por costado, por remate una basa de cruz, redonda. Dos contrafuertes con almena enmarcan la puerta. Unas bardas curvas suben con gracia de los contrafuertes a la espadaña, como queriéndola abrazar, exquisito detalle.

La fachada lateral nos mostró tres contrafuertes de piedra aparente con almena, los dos primeros encuadran un bonito vano circular y de buen tamaño. Antes de la cornisa, unas gárgolas delatan el nivel de desagüe. Arriba de los primeros contrafuertes se distingue una atractiva cúpula, de tambor octagonal con vanos redondos, sobre el cornisamento hay una almena en cada esquina, ocho gajos conforman la cúpula, que fue coronada por una esbelta y bizarra linterna de ocho arcos. La cruz atrial es octagonal y corresponde con la puerta, un añejo árbol la acompaña. Espadaña y cúpula embellecen a las gruesas tapias de piedra. En 1892 Pilar Jiménez restauró la olvidada capilla.

Enseguida de la capilla vimos un peculiar marco de una puerta rematada por dos huesos cruzados, arriba una calavera y más arriba una cruz, era la puerta del campo santo, mejor conocido como Panteón Nuevo, que comprende un predio donado por la comunidad de San Salvador el Seco, en 1880. Cerca de la capilla estuvo una garita donde los vigías controlaban ese camino, y de paso cobraban peaje. Más adelante se encontraba el Mesón Libertad.

Rafael Aguayo Spencer nos dice: “En un lugar donde se perdió la noción del derecho, donde el Estado tuvo sólo por objeto la satisfacción de apetitos personales, era necesario restablecer el equilibrio, urgía un artesano que emprendiera la obra de llevar luz a las conciencias… el embajador de la justicia, Don Vasco. Hombre recio, no elude el trabajo. Sale a buscarlo y sus primeras experiencias le dicen que solamente organizando la vida de los nativos en distintas condiciones de las que privan, podrá hacerse obra de justicia. Nada tiene el indio, si no es su esclavitud permanente… infunda en los indios la conciencia de la humana dignidad”.

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