Por Pablo Latapí Una de los mejores noticias que hemos recibido en los últimos tiempos en nuestro país es sin lugar a dudas la llegada de Miguel “El Piojo” Herrera a la dirección técnica de la Selección mexicana de futbol. Y no sólo por la capacidad técnica que está demostrando y los resultados obtenidos hasta hoy en el Mundial sino por todo lo que él está representando como personaje. Por su naturalidad y honestidad casi grosera, “El Piojo” podría ser ejemplo para los líderes y figuras públicas de este país. Anti americanista casi por naturaleza, me costó mucho trabajo aceptar que quien había hecho campeón al América llegara a dirigir a la Selección. Pero también reconozco que buena parte de ese campeonato se ganó desde la banca del técnico con las arengas y explosivas celebraciones que llevaron a culminar aquella final levantando la copa en medio de un aguacero en el Estadio Azteca. Las imágenes de “El Piojo” celebrando con todo el desparpajo del mundo seguramente hoy forman parte de la iconografía nacional. Lo conocí personalmente cuando lo entrevistamos para el programa Marcaje Personal y me llamó la atención la honestidad consigo mismo y para con los entrevistadores. Hay que recordar que en esos días se manejaba la posibilidad de que hubiese razones ocultas y misteriosas en la negativa de Carlos Vela para venir a jugar con México, y en un corte comercial le preguntamos a Herrera sobre lo que había ocurrido en su encuentro con Vela en España, esperando alguna confesión off the record, pero su respuesta natural y sin poses me convenció por lo menos a mí de que detrás del tema no había conspiración alguna ni rencores contra otros jugadores, y que simplemente “el chavo”, como se refirió Herrera a Vela, no estaba comprometido con el Tri y no valía la pena insistirle. Y me pareció magistral la forma en que Herrera manejó el desacierto de su hija, la hoy célebre “Piojita”, al llamar “tetos” a los detractores de su papá en twitter. Él le entró al tema sin tapujos, ubicó la dimensión tanto de lo que publicó su hija como lo que le contestaron, y cerró el capítulo cuando dijo que a su hija le recomendó “hacer estómago” y seguir adelante. Sin proponérselo, estaba citando aquello de: “No oyes ladrar los perros, Sancho”. “El Piojo” es un hombre feliz, que hace lo que le gusta y que lo está haciendo bien; se ha divertido como loco subiendo y bajando, disfruta ser público, se fotografía con quien se pueda, y hasta se divierte con una máscara que lo parodiaba en una celebración del triunfo de la Selección contra Camerún. Es un hombre genuino y auténtico. Sin tapujos. Y en un país donde sentimos tras la imagen de los personajes públicos, particularmente los políticos y gobernantes, una máscara que aquí llamamos de “simulación”, y en China de “hipocresía”, aparece un individuo honesto y bien intencionado, muy identificado con nosotros los mexicanos, irreverente y relajiento, que es como agua fresca entre las imágenes públicas. Y finalmente hay que reconocer que sus celebraciones, en ese mismo temor de “fuera inhibiciones”, si le siguen acompañando los triunfos en los partidos del Tri en Brasil, se convertirá sin lugar a dudas en la figura mediática del Mundial. Gracias Piojo.