Sábado, 08 de Noviembre 2025

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A escondidas

Por: Paty Blue

Cuando andaba yo por los primeros cuatro lustros de mi azarosa biografía, no sólo abrí la puerta a la nociva, reprobable e irredenta práctica de la fumadera, sino a la capacidad de ahorrar para sostenerla y a la necesidad de ingeniármelas para disimular el oloroso efecto de un naciente vicio que ninguno de mis padres tenía y, por ende, habría constituido un triple pecado mortal difícil de expiar sin una cargada penitencia.

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Así fue que, lo que empezó como un estúpido e insensato ritual de imitación y búsqueda de aceptación entre una decena de descerebradas como yo, entró pronto en la categoría de lo que muchos aprendimos a clasificar como “fumar a escondidas” y desperdigar otros buenos centavos en chicles, pastillas mentoladas, lociones y artimañas varias para tratar de encubrir el inconfundible tufo de la nicotina.

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No era cosa fácil porque de nuevo caíamos en falta al negar categóricamente que fumáramos, cuando alguno fuera de nuestro círculo de complicidad nos interrogaba al respecto. Y cuando no funcionaba la insistente versión de la abstención, siempre quedaba el recurso de argumentar que si despedíamos olor a chacuaco, obedecía a que vivíamos rodeados de puro fumador. De modo que ya no se trataba entonces sólo de fumar a hurtadillas, sino de asumir que tal acto implicaba mentir, instalarse en el cinismo y hasta hacerse el ofendido si alguien dudaba de nuestra sentida afirmación.

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Nunca pude, sin embargo, sustraerme de la infame sensación que me provocaba las sencillas pero cálidas palabras con que mi madre presumía a sus hijos tan sanos, virtuosos e impolutos, cuando cuatro de los cinco que tuvo le salimos a cual más de bravos para el consumo de tabaco.

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Tiempo después, en lo que viene siendo mi caso, mi paciente progenitora confesó que mis subterfugios para ocultar mi perniciosa afición habían funcionado por un buen rato, pero que no siempre había sido así, porque a una madre no se le puede engañar y mucho menos a su agudo y experimentado olfato que percibía en las pestilentes prendas que echaba a lavar. Al percatarse de que cada mañana encendía yo a un tiempo la cafetera, el televisor y el cigarro, y seguramente temiendo que fuera yo a prenderle un cerillo a la televisión o la cafetera e intentara hacer lo propio con el control remoto sobre el cigarro, no cejó nunca en su empeño de incitarme a mantener mis pulmones en buen estado.

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Todavía recuerdo cómo era que con sus ojos entornados para ensayar su más dulce mirada y con una melodiosa voz a tono me decía: “Ay, mija, imagínate, si lo que te fumas lo echaras en un puerquito…” Ciertamente, los cerdos negros y trompudos de la época desanimaban a cualquiera de hacer sus guardaditos, pero por más que lo intenté, nunca llegué a dilucidar qué de utilidad me reportaría contar con una figura de barro retacada de cenizas y colillas.

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Saqué a colación tan hedionda remembranza porque hace unos días, la mamá de la vecinita que no fuma, pero que ya me tapó un bajante de la azotea con tres kilos y medio de colillas que deposita con discreción por un hoyito de la malla divisoria entre su azotea y la mía, afirmó rotundamente que a su niña, ni por curiosidad, se le ha ocurrido fumar y que, si fuera así, ella habría sido la primera en darse cuenta. ¿Le creemos?

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