Jueves, 23 de Octubre 2025

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— Tromba

Por: Jaime García Elías

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El lado bueno de sucesos como la tromba del pasado fin de semana en San Miguel Cuyutlán: la solidaridad de los vecinos y —“cebollazos” aparte— la capacidad de respuesta de las autoridades. Síntoma de lo primero, la decisión de los damnificados de refugiarse en sus propias casas, pese a los graves daños que sufrieron, o de hacerlo provisionalmente en las de familiares o amigos. Muestra de lo segundo, la celeridad con que se hizo el inventario de los daños, se activaron los mecanismos para destrabar los recursos que el Gobierno federal destina para estas contingencias, y para ofrecer las ayudas del caso a quienes perdieron parte de sus bienes materiales. —II— Aunque las notas informativas subrayan que no se registraron “desgracias personales” y que sólo hubo “daños materiales”, también hay crónicas periodísticas de los sucesos ocurridos la noche del sábado y la madrugada del domingo, en que se consigna que el alud de agua y rocas —“rodaban como canicas”, refieren los testigos...—, ocasionado por el aguacero torrencial y facilitado por la erosión propiciada a su vez por los incendios forestales, “sepultó perros, cerdos y hasta caballos”. No de seres humanos, pues, felizmente... pero hubo muertes. Los vecinos, a los que despertó la furia de los elementos, aunque éstos no alcanzaron las dimensiones de los recientes tsunamis o de desgajamiento de cerros y las correspondientes sepulturas de rancherías y poblados, concuerdan en que, “providencialmente”, la que fue una “noche de pesadilla” no alcanzó proporciones de tragedia. —III— El asunto es éste: por más que se diga que las manifestaciones de la Naturaleza —tormentas, huracanes, rayos, maremotos, erupciones volcánicas...— son ingobernables e imprevisibles, esa aseveración tiene una validez muy relativa. Desde la antigüedad más remota, el hombre ha tenido que aprender a convivir con los volcanes, con el mar y con la lluvia, por ejemplo. Tiempos hubo en que a esas expresiones de la Naturaleza se les identificaba con las deidades. En consecuencia, se les hacían ofrendas y se les dedicaban, incluso, sacrificios humanos... En el presente, cualquiera entiende que las temeridades en que el hombre incurre en asentarse en zonas de riesgo, y no precisamente porque la imprevisión de las autoridades lo permita sino porque la corrupción institucionalizada lo consiente y lo propicia, hacen que el simple hecho de vivir en ciertas zonas equivalga a incurrir de manera sistemática en suicidio en grado de tentativa... o a “tentar a Dios”, como decían, sentenciosas, las abuelas. JAIME GARCÍA ELÍAS / Periodista y conductor radiofónico.

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