Ideas | — Penitencia Por: Jaime García Elías 12 de agosto de 2011 - 02:12 hs — Penitencia Váyale sumando, señor... —II— Un día nos cuentan que los dirigentes de dos partidos políticos antagónicos acceden a la atenta invitación de la autoridad electoral a firmar un “pacto de civilidad”. El punto medular del pacto de marras, de cara a próximas contiendas, consiste en comprometerse, “bajo palabra de honor”, a participar en ellas como si fueran personas decentes, y no como los pillos redomados que realmente son. Ve uno en la foto que publican los periódicos a esos diablos caracterizados de predicadores, con aureola y todo, y salta la tentación de compararlos con el perro y el gato que llegan a la cocina, presurosos, con carita de beatitud, a raíz de que a sus respectivas madrigueras llegó un sonido celestial: la cocinera acaba de sacar del refrigerador la bolsita de celofán en que guarda el jamón... Al día siguiente, el dirigente de una de las agencias de colocaciones peyorativamente denominadas “partidos políticos” al que denominaremos A, declara que no tendría inconveniente en buscar una candidatura común con el partido B, “para demostrarle a la sociedad —dice— que somos capaces de sentarnos a platicar y de llegar a acuerdos”. Lo que no dice —aunque ni falta hace que lo diga porque se trata de una burda obviedad— es que el único acuerdo posible entre A y B consiste en “unir fuerzas” para impedir el triunfo de C... especialmente cuando advierten o intuyen que éste tiene mejores candidatos que aquellos. (En ese caso se aplica la máxima suprema de los montoneros: “No somos machos, pero somos muchos”). Un día después, el ciudadano común se entera de que dos funcionarios públicos —pájaros de diferente plumaje político, desde luego— se enfrascan, a través de los medios, en una reyerta verbal de callejón. Un secretario de Estado que quiere ser alcalde y un alcalde que quiere ser gobernador, se tunden, a punta de dimes y diretes, con cualquier pretexto... o aun sin pretexto de por medio. —III— Y en medio de los rijosos —asqueado, indefenso, impotente...—, en calidad de la torta de los dos perros (variante del viejo cuento del perro de las dos tortas), el ciudadano común, angustiado por no saber qué pecado cometió en su vida anterior, que esté pagando en la presente con la penitencia de tener que soportar, día con día, ese patético espectáculo. (“Sea por Dios —decían, en esos casos, las abuelas de antes—... ¡Y venga más!”). Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones