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* Niños buenos

* Niños buenos

* Niños buenos

Si es cierto, como dicen, que “no hay casa más segura que la recién robada”, habrá que presuponer que el futbol mexicano, al menos en esta jornada, se distinguirá por el esmero de los árbitros en hacer su trabajo con la mayor pulcritud posible… y el de entrenadores y jugadores por portarse, por una vez en su vida, como si fueran niños buenos.

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La diferencia principal, con respecto a los árbitros, después de la tormenta que desataron las agresiones de Pablo Aguilar y Enrique Triverio a dos de ellos en la jornada copera de la semana pasada y de la suspensión de la décima fecha del Torneo de Clausura como reacción de los “nazarenos” porque a los díscolos se les impusieron, en primera instancia, sanciones cuasi simbólicas, desproporcionadamente inferiores a la gravedad de sus faltas; la diferencia principal, decíamos, consistirá en que los árbitros se sabrán más respetados en la cancha… pero más vigilados desde afuera.

Entrenadores y jugadores tuvieron mucho tiempo para recapacitar; para entender que, además de ser inútil, reclamar airadamente —o, peor aún, con violencia— los fallos arbitrales, puede ser contraproducente. Los episodios en que Aguilar y Triverio rebasaron los límites de la ofuscación y saltaron a los de la brusquedad, debieron servir para recordarles que las protestas a los silbantes, por vehementes que sean o por pertinentes que parezcan, son —salvo rarísimas excepciones— inoperantes; y que cuando se salta de las palabras a los hechos, pueden hacerlos reos de sanciones tan graves como las que finalmente se decidieron en contra de los díscolos.

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De los “especialistas” en analizar, desde los medios de comunicación, el desempeño de los árbitros, sería deseable que los aludidos recordaran que en la etapa de su vida en que se desempeñaron como silbantes, no tenían —como no tienen sus colegas— las ventajas de que ahora, como comentaristas, disponen: repeticiones de jugadas, que les permiten repasar los lances, advertir detalles, despejar dudas, discutir opiniones divergentes, y, muchísimas veces, enmendar diametralmente la posición que adoptaron en primera instancia, en incidentes que pudieran ser determinantes en el resultado del juego.

Subrayémoslo: sería deseable; significaría salirse de la zona de confort en que se encuentran actualmente, y analizar el desempeño de sus colegas a partir de la premisa del respeto… aun a sabiendas —porque lo han vivido— de que el arbitraje perfecto, exento de errores, es humanamente im-po-si-ble.

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