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* Metidas de pata

* Metidas de pata

* Metidas de pata

Tanto las disculpas de Enrique Triverio, a través de su cuenta de Twitter, como el silencio de Pablo Aguilar, son sintomáticos de que uno y otro están conscientes de las atroces metidas de pata en que incurrieron la semana pasada, y de las consecuencias de las mismas…

De entrada, una seria afectación a sus carreras, porque el año de castigo los privará de salarios, “primas”, títulos, distinciones y posibles participaciones en competencias internacionales; y después, el desprestigio que implica haberse hecho acreedores a una de las sanciones más severas que contemplan las reglamentaciones del deporte, por una de las faltas más graves que un atleta profesional puede cometer.

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Agredir a un árbitro, aunque no se le cause ninguna lesión, es, por decir lo menos, una intemperancia mayúscula. Se supone que un futbolista profesional debe estar mentalmente preparado para aceptar que el árbitro puede equivocarse; que los errores arbitrales son gajes del oficio, y que —considerando que sus decisiones son inapelables, porque así lo establecen las Reglas del Juego, e irreversibles, porque así lo demuestra la experiencia—, al final del cuento hay que aceptarlas como vienen, en el entendido de que si hoy fueron adversas, porque el diablo metió la cola, mañana, si el buen Dios así lo dispone, serán favorables.

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En el aspecto reglamentario, así como hubo la posibilidad de solicitar la intervención del Comité de Apelaciones una vez que la Comisión Disciplinaria minimizó los hechos y dispuso sanciones cuasi simbólicas, casi de chacota, para conductas gravísimas, hay ahora la opción de que Triverio y Aguilar eleven sus casos al Tribunal de Arbitraje Deportivo, y habría —al decir de los entendidos— la posibilidad de que, particularmente en el caso del primero, se reconsiderara la gravedad de su falta y se redujera su castigo: un trámite que podría llevarse de tres a seis meses; en cualquier caso, un período mayor que las ocho semanas de suspensión a las que inicialmente se le había condenado.

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De todo este sainete —por llamarlo de alguna manera— debe quedar una lección: que quien decide hacer del futbol una profesión, lo mismo si la realiza en las canchas que si lo hace a través de los medios de comunicación, debe aceptar la premisa de que, mientras no se inventen robots que los reemplacen, lo que los árbitros atan en la tierra… atado queda en el cielo.

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