Ideas | — Mártir Por: Jaime García Elías 26 de julio de 2011 - 02:00 hs — Mártir Alguna vez, en los años en que ejercía como arzobispo de Guadalajara, el cardenal José Salazar López recibió la visita de un grupo de damas. Iban a solicitarle, muy atentamente, su anuencia para continuar con una piadosa empresa en la que estaban empeñadas: dar a la luz pública una biografía del propio prelado. Monseñor Salazar (un Príncipe de la Iglesia —como suele designarse a los cardenales— en cuyo elogio el ex alcalde de Sevilla, Manuel del Valle, dijera que “no tenía más riqueza que el Sol que entraba todas las mañanas por la ventana de su oficina”) reviró con esta escueta respuesta: —Por favor: ahórrenme unos años de estancia en el Purgatorio. —II— Eran, seguramente, los años anteriores a aquellos en que el entonces Papa y ahora beato Juan Pablo II, hiciera algunas puntualizaciones con respecto a la Gloria, el Infierno y el Purgatorio, en ocasión de una Semana Santa, para señalar que ninguno de los tres era propiamente un lugar físico real, sino más bien “estados del alma” posteriores a la muerte. Monseñor Salazar, en todo caso, entendía el Purgatorio como la previsible secuela del pecado de vanidad implícito en la eventual ligereza de bendecir el homenaje que algunos seglares le preparaban. Unos tiempos traen otros. De ahí que no se haya sabido, de ayer a hoy, que el cardenal Juan Sandoval Íñiguez haya respondido con un gesto de modestia, declinando, por ejemplo, el homenaje que el Gobierno del Estado —homologándolo, al decir del secretario general de Gobierno, Fernando Guzmán, con el “Chicharito” Hernández, Lorena Ochoa y Alejandro Fernández— le rendirá el viernes próximo. —III— De hecho, a la vista de las reacciones de extrañeza (porque no parece haber consenso sobre la justificación del acto), de indignación (porque no se trata de un simple gesto de afecto del ciudadano Emilio González a su amigo “Don Juan”, a título privado, lo que sería absolutamente lícito, sino de una ocurrencia del gobernador y ahora precandidato, reñida con el saludable concepto de laicidad del Estado) y de rechazo (porque el chiste se solventará con dinero de los impuestos), la única justificación a la anuencia del homenajeado, lejos de ser la fatuidad o la inmodesta convicción de que merece más, pero con eso se conforma, sólo puede ser una, salvo prueba o declaración en contrario: su disposición para el martirio, en una de sus modalidades más incruentas: la sorna, el chascarrillo y la maledicencia pública. *Jaime García Elías es periodista y conductor radiofónico. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones