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* “Ladrón”

* “Ladrón”

* “Ladrón”

El peculiar mundillo del futbol es pródigo en personajes que, de haber nacido antes de que las películas de “ficheras” hicieran obsoletas a las novelas de picaresca, estarían que ni pintados para que Fernández de Lizardi (“El Periquillo Sarniento”) o José Rubén Romero (“La Vida Inútil de Pito Pérez”) inmortalizaran, retratándolas en sus páginas, algunas de sus peripecias.

Miguel Herrera, por ejemplo…

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La más reciente —que, con toda seguridad, no la última— del “Piojo” fue su defensa ante la expulsión de que fue objeto el viernes, en ocasión del partido entre Tijuana —su actual equipo— y Santos Laguna; del castigo que ya le aplicó la Comisión Disciplinaria, y la investigación oficiosa que la misma Comisión abrió a raíz del altercado verbal del pimentoso entrenador con un aficionado…

–No lo insulté —sostiene Miguel—; sólo lo llamé ladrón.

El incidente recuerda la anécdota que se atribuye a Álvaro Obregón, al pedir la renuncia a uno de sus colaboradores, acusándolo de corrupto.

–Eso tendría que probármelo —lo retó el interfecto—.

–Entiéndame —puntualizó Obregón—: lo estoy acusando de ratero; no de tarugo.

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El epíteto que Herrera dedicó al silbante Erick Yair Miranda está estrechamente emparentado con el gesto que su homólogo de la otra banca, Chepo de la Torre, dedicó al mismo silbante, al reclamarle airadamente no señalar un penalti a favor de su equipo… y, para enfatizar su protesta, hizo el ademán de ofrecerle sus anteojos.

Ladrón, en efecto, no es un vocablo ofensivo… si se aplica a un ladrón. Pero como ladrón es “el que roba”, y robar es “apoderarse de lo ajeno”, para acusar de ladrón a un árbitro habría que probar que incurrió en un despojo… y esperar la sentencia del tribunal correspondiente. Calificarlo —con gestos o de palabra— de “ciego”, en el otro caso, significa tildarlo de incompetente… o deshonesto.

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Curiosamente, la “vox populi” (la “vox Dei”, según algún blasfemo), en los estadios, utiliza precisamente esos vocablos para apostrofar a los árbitros que fallan, en determinados momentos, en contra de los intereses de sus equipos. En México, el orfeón, espontáneamente, entona el “¡ratero, ratero…!”; en Italia, la turba hace lo propio con el “¡ciego, ciego…!”. Y la única diferencia entre la reclamación del “Piojo” y la de Chepo consiste en que al primero lo oyeron, y al segundo… hicieron como que no lo veían.

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