Domingo, 21 de Diciembre 2025
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- Obispas

Por: Jaime García Elías

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La batalla que perdió ayer el bando de las mujeres, en el seno de la Iglesia Anglicana, es el enésimo episodio de una guerra que dura ya milenios... ¿Cuántos? La respuesta precisa se conocerá cuando la arqueología o la paleontología acierten a determinar cuándo se escribió el texto del Génesis en que se asevera que una vez que Dios dio cima a la Creación del Universo con la creación del hombre, aún tuvo a bien acrecentar su obra (“un golpe de fantasía” según algún humorista que ciertamente no participó en la redacción del primer libro del Antiguo Testamento)... creando a la mujer. Lo cierto es que el Génesis atribuye a la flaqueza o a la curiosidad siempre insatisfecha de la mujer, el pecado de desobediencia que mereció como castigo la expulsión del Paraíso, la pérdida de la inmortalidad, la necesidad del trabajo y varias calamidades más que desde entonces azotan a su (por lo demás, numerosa) descendencia.

-II-

La batalla se libró en el sínodo de la Iglesia Anglicana. Se trataba de decidir si las mujeres, que accedieron al ministerio sacerdotal hace apenas 18 años, podían ser consagradas obispas. La votación mayoritaria fue adversa. Y aunque no se retrocedió en lo ya avanzado, la propuesta recibió un sonoro bofetón, similar al que el mismísimo San Pablo (acaso el verdadero fundador del cristianismo) les dedicó en su primera carta a los corintios: “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones (...), porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación”.

-III-

Es muy probable que la Iglesia Anglicana retome el tema, con mejores perspectivas, en el próximo sínodo... dentro de 10 años. Como quiera, la posibilidad de que la posible consagración de obispas se hubiera decidido esta semana, abrió un resquicio, mínimo, para considerar si la Iglesia Católica —infinitamente más conservadora en ese aspecto— pudiera hacer otro tanto. La conclusión es negativa: no. No, al menos, en el pontificado de Benedicto XVI, continuador recalcitrante de la línea de Juan Pablo II, reacios ambos a dar su brazo a torcer tanto en el tema del celibato como en el de conceder a la mujer el trato igualitario en la asamblea, que casi seguramente Jesús, si hubiera aplazado 20 siglos su visita a este mundo, les hubiera dado.

Colofón (con la venia del teólogo español Juan G. Bedoya): “Es cuestión de sentarse a esperar los siglos que hagan falta”.

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