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- Experiencia

Doscientos y tantos muertos –los que dejó el sismo del martes— son muchos; cada uno de ellos es lamentable. Sin embargo, diez mil muertos –los que dejó el sismo ocurrido exactamente 32 años antes— son muchísimos más. Y aunque entre el del 19 de septiembre de 1985 y el del martes hubo muchas similitudes –la intensidad, por ejemplo—, la principal diferencia, la que probablemente explica por qué esta vez hubo muchas menos víctimas fatales que entonces, consiste en que, por lo visto, se aprendió la lección.

-II-

Decía Arturo (“El Cuyo”) Hernández, manager de boxeadores, con la sabiduría adquirida en la universidad libre de la vida, que “La experiencia no es lo que a uno le pasa, sino lo que uno hace con lo que le pasa”.

Los sismos no pueden predecirse; sin embargo, sí pueden prevenirse. En todos los casos, pero especialmente cuando se tiene conciencia de que se vive en una zona telúrica, es importante saber, primero, que muy probablemente se vivirá la experiencia de un temblor de magnitud considerable; segundo, que ese temblor va a presentarse intempestivamente; tercero, que, aunque pudiera darse la coincidencia de que se hicieran  efectivas, son falsas, por infundadas, las “noticias” relacionadas con la inminencia de un sismo en una fecha determinada, generalmente próxima, como las que se difundieron después del reciente terremoto que afectó a varios estados del sureste; cuarto, que es pertinente repasar –y aun ensayar, como ocurre en los “simulacros” que de manera sistemática se realizan— las medidas que, llegado el caso, deben tomarse…

-III-

Pero hay más…

Han sido justos los elogios que se han dedicado al espíritu de solidaridad que estas catástrofes despiertan: la generosidad, el altruismo, el heroísmo incluso que en tales casos se manifiestan. Empero, también es pertinente reparar no sólo en la irrupción de los oportunistas que ven en medio de la desgracia la ocasión propicia para participar en robos y saqueos, sino también en las imperfecciones que suelen acompañar esos afanes: los esfuerzos tumultuarios; las iniciativas anárquicas; los afanes desordenados, que motivan, en plenas labores de remoción de escombros y de rescate de víctimas, llamados apremiantes a la continencia, al orden y al silencio.

Mucho se ha aprendido, ciertamente, de desgracias como los sismos del ’85 en México o las explosiones del ’92 en Guadalajara. Una lección que conviene repasar, sin embargo –y aplicar, llegado el caso— cabe en la máxima de que “Mucho ayuda el que no estorba”.

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