Viernes, 28 de Noviembre 2025
Entretenimiento | La obra de Hermenegildo Busto, pintor guanajuatense, del siglo XIX se exhibe en el Museo del Pueblo de Guanajuato

Visiones de Atemajac Por: Enrique Navarro

Hermenegildo Bustos (4)

Por: EL INFORMADOR

Desarrolló alrededor de un centenar de retratos pintados con materiales y pigmentos modestos. Los formatos eran variados. Los mas pequeños fluctuaban entre 10 por 20 centímetros; 20 por 40 centímetros, los medianos; alcanzando los grandes rangos de 50 por 70 centímetros, aproximadamente. Los soportes eran tela o laminas de zinc. Si nos atenemos a la meticulosidad que Bustos imprimía a los detalles del rostro, los formatos pequeños constituían verdaderas miniaturas. Por tanto, no es descabellado suponer que para estos casos utilizaba más bien una mesita de trabajo para mejor apoyarse. El caballete, en todo caso, lo reservaba para los formatos mayores o para el momento de hacer el trazo del dibujo y la distribución compositiva.

¿Cómo eran sus composiciones? Ciertamente sencillas y elementales. Se apoyaban en la solidez de los triángulos equiláteros o isósceles para inscribir al personaje representado. Cuando agrupaba a dos o más retratados se valía de varios triángulos armoniosamente colocados unos junto a los otros pero rompiendo la simetría por la vía de tres recursos igualmente sencillos: en primera instancia, enfatizaba la diferencia de estaturas de, por ejemplo, los hombres en relación a mujeres o niños; en segundo término, colocaba las manos en posiciones distintas; por último variaba la dirección de los encajes, los moños y las sillas u horizontes complementarios. Cabe agregar que las manos también le funcionaban como amarre o nudo compositivo para vincular a los diferentes personajes, en el caso del retrato colectivo.

¿Cómo resolvía los contrastes y la distribución de masas? De manera particularmente equilibrada buscando la correcta relación de pesos (rostros y manos) y contrapesos (fondo, pelo y busto vestido). Si los primeros eran claros, los segundos tenían que oscurecerse. ¿Y su cromatismo? Éste constituye, sin duda, su soporte técnico primordial: la turgencia y verismo de la pigmentación de las pieles son asombrosos. Todos los matices y recovecos de la gama de los sienas, amarillos, sienas tostados, óxidos y grises están presentes. Lo están, además, de manera brillante. Cada variante racial, cada piel ajada o cetrina o enferma, cada dermis bronceada por el rudo trabajo bajo el sol canicular del campo, los caminos y los huertos aledaños, se revelan de manera fidedigna.

A propósito de sus composiciones, como de sus manos y del dibujo en general, mucho se ha opinado que Bustos los descuidaba en aras de la perfección del rostro. Nada más injusto: si revisamos su iconografía podremos constatar que también estos rubros (casi siempre) merecían su atención. Solamente cuando se enfrentó con dos o tres figuras completas o al momento de solucionar los trazos y proporciones de algunos niños (no todos) se evidenciaron sus limites, pero, la verdad sea dicha: ¿Para qué queremos rigores mal entendidos si don Hermenegildo nos ofrece verdad y alta expresividad? Él se concentraba en el alma del retratado, en la intensidad de la mirada, las arrugas y los rictus del rostro. Hacía una disección profunda y sincera del próximo que tenía enfrente. Humanidad compartida.

navatorr@hotmail.com

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