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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Cultura | Dr. Atl (II)

Visiones de Atemajac

Por: Enrique Navarro

Por: EL INFORMADOR

Infancia es destino, reza el lugar común. No sabemos que tan cierto pueda ser esto, el caso es que tres coyunturas acaecidas en las mocedades de Gerardo Murillo (Dr. Atl) ayudaron a trazar sus inclinaciones futuras. Estamos hablando, claro está, de su infancia y adolescencia previas al pupilaje en los talleres de Castro y Bernardelli.

En primer lugar, su carácter indómito e independiente pudo en parte ser propiciado por la aparente disfuncionalidad de su familia, de la que huye a temprana edad decidido a no reproducir esquemas matrimoniales, fraternales o familiares que a él, desde su perspectiva de niño y adolescente "esponja", no le funcionaban.

En segunda instancia, su faceta de andariego y de individuo audaz tirado "pa’ lante" en buena medida la detonó su tío Francisco, quien en su calidad de minero extravagante y cómplice inefable, inició al joven sobrino en aventuras de todos colores dignas de novela garcíamarquiana.

En tercer término y durante la temporada que la familia migró a Aguascalientes, nuestro joven personaje generó un periódico escolar denominado El horizonte, a través del cual canalizó una suerte de folletín entregado por episodios con el nombre de Los náufragos del Pacífico.

Esta inquietud de comunicación literaria acompañó a nuestro personaje durante toda su vida. Al Dr. Atl le debemos crónicas y divulgación cultural de asuntos inéditos y variopintos tales como vulcanología o arte popular, pero también nos legó sus tristes y desafortunadísimos artículos y libelos en los que exalta el fascismo alemán o exhibe su antisemitismo.

Temperamental y aferrado, más adelante volveremos sobre estas (¿previsibles?) contradicciones de la personalidad de nuestro personaje, quien metía en el mismo saco revalorizaciones culturales y causas justas que volcaba análisis y opiniones exacerbados e indefendibles producto de su tan particular como distorsionado lente.

Por lo pronto, calibremos cómo las tres coyunturas antes citadas ayudan a la construcción del polémico personaje.

Superada su etapa tapatía, el joven Gerardo Murillo se desliga del cordón umbilical familiar y encamina sus pasos a la Ciudad de México. Inquietísimo, la Academia de Bellas Artes no fue capaz de retenerlo: pasó por sus aulas de manera fugaz.

Hacia 1896 consigue un apoyo económico del gobierno de Porfirio Díaz y se embarca a Europa, donde, según la mentalidad de aquel entonces, encontraría la "sabiduría" y el rumbo pertinente para su derrotero artístico que solo la clásica cultura de la brújula del viejo continente le podría mostrar.

navatorr@hotmail.com

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