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Viernes, 24 de Noviembre 2017
Cultura | Martín Almádez

Itinerario

Queremos tanto a Rigo

Conocí a Rigo Mora en los pasillos de la ex Facultad de Filosofía y Letras al principio de los 90. Recuerdo la silueta de un hombre casi callado, atento y con mirada perspicaz. Su manera de hacerse notar siempre causaba expectativa y asombro. Todo él se desdoblaba en un personaje extraído de algún cuento fantástico, donde lenguaje oral y corporal eran un solo instrumento para expresar lo extraordinario que puede ser el sonido y el movimiento humanos. Había en él -nunca tuve la menor duda- un espíritu que lo poseía y lo transformaba en un ser altamente dramático en el sentido aristotélico.

Algunos de los que -sin ser sus amigos cercanos- compartimos con él lecturas y opiniones diversas sobre ideología, cine o arte en general, le envidiamos siempre su discreta y eficaz técnica para hacerse acompañar de las mujeres más guapas. Y no era para menos, Rigo Mora fue en su corta vida, un verdadero seductor con la palabra y con la imagen. Sus alumnos coinciden en señalar la pasión con la que daba sus clases y el convencimiento que provocaba en ellos para dedicarse "por devoción" al cine y particularmente a la animación, área en la que logró ser cimiento y fruto, maestro de una sola pieza.

La docencia, la creación, la crítica, la promoción, la gestión, la asesoría y una inconmensurable calidad humana, describen a Rigo Mora como un auténtico artista que decidió ponerse -como Ulises- tapones de cera contra el canto de las sirenas de la fama, y permaneció en la ciudad que tanto le satisfacía.

Me tocó estar más cerca de él en los dos últimos años. Su trato y su capacidad profesional fueron valorados y agradecidos. Como consejero de cine aportó al Estado de Jalisco no solo la inquietud sino la concreción -junto con René Castillo y Guillermo Vaidovits- de un fideicomiso para financiar la realización de cine jalisciense; su desempeño como asesor en cultura fue más que productivo, innovador y profesional, donde el sentido de la responsabilidad lo llevó en más de alguna ocasión, a dictaminar y discutir proyectos desde el hospital, vía telefónica. Rigo mantuvo en estima sacra dos acciones como consejero: una era la de no registrar falta alguna y por ello mismo aún con minutos previos al quirófano se aferraba al debate y defensa de prospectos culturales; y la otra, devorar todas las galletas posibles.

La última vez que lo saludé y conversé con él fue la tarde del 30 de marzo en una reunión de trabajo, acompañados de un buen dote de galletas. Mónica y Yismar nos asistían, la primera tenía la consigna de que no le faltaran galletas a Rigo, mientras el segundo, metido en la computadora, reaccionaba a cada llamada gutural y aguda de Rigo diciendo Yismaaaar.

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