Hay una ironía en el nombre de esta época, y conviene decirla de entrada. Llamamos Antropoceno al tiempo en que la acción humana se volvió fuerza geológica, capaz de dejar huella en la roca, y en el mismo movimiento construimos máquinas cuyo negocio consiste en suponer que esa acción es predecible. Nombramos nuestra capacidad de alterar el mundo, y acto seguido la modelamos como si fuera una función de variables anteriores. Escribí un libro sobre eso.Su tesis puede sonar sombría, y lo es a ratos: los sistemas algorítmicos no prohíben al individuo, lo vacían. Le dejan la forma de la elección, elige amigos, elige qué estudiar, elige qué crear, y le sustraen, calladamente, las condiciones que hacen de elegir algo más que seleccionar entre opciones ya dispuestas. Eso es lo que llamo deshumanización algorítmica, y no ocurre por maldad de nadie, sino por una decisión de diseño que casi nunca se discute.Pero el libro tiene una segunda cara, mucho menos transitada, y es la que quiero defender acá. La llamo el principio de “incomputabilidad” del individuo.Necesito ser preciso, porque la afirmación es fuerte y se malinterpreta fácil. No digo que los modelos sean todavía imperfectos, que les falte data, que algún día, con más cómputo, lograrán captarnos. Digo algo más incómodo: hay en la persona un resto que ningún modelo estadístico puede capturar, no por limitación técnica sino por estructura, porque el modelo opera sobre lo que compartimos con otros, y la individualidad es exactamente lo que no compartimos con nadie.Y no es una intuición romántica. En 1931, Gödel demostró que todo sistema formal consistente y suficientemente expresivo contiene verdades que no puede demostrar. En 1936, Turing demostró que no existe algoritmo capaz de decidir, en general, si un programa se detendrá. La computación nació de sus propios límites: fue probando lo que la máquina no puede hacer que entendimos qué era una máquina. Spinoza llamó conatus al esfuerzo singular por perseverar en el propio ser; Arendt llamó natalidad a la capacidad de iniciar lo imprevisto; Lévinas llamó rostro a la alteridad que me interpela antes de toda clasificación. Tradiciones distintas, siglos distintos, una misma sospecha: algo en nosotros desborda la regla. Ese límite no es una herida. Es una reserva.Y una reserva hay que habitarla, no custodiarla. Ahí está, creo, lo que sigue.Si lo que la máquina no puede calcular es precisamente el comienzo, lo imprevisto, la obra que todavía no existe, entonces la respuesta a la deshumanización algorítmica no es el miedo, ni la nostalgia, ni el gesto fácil de apagarlo todo. Es crear. Es pensar con la terquedad de quien sospecha de la respuesta que le llega demasiado cómoda, demasiado rápido, demasiado a la medida. Es usar estas herramientas, que son extraordinarias y sería tonto negarlo, desde el lugar del que inicia y no del que es servido.Tenemos entre manos la mayor potencia de cálculo que ninguna generación tuvo jamás, y la pregunta sería no es qué puede hacer con nosotros, sino qué vamos a hacer con ella.Escribamos lo que el modelo no habría escrito. Preguntemos lo que nadie le preguntó. Construyamos cosas raras, hermosas, inútiles, necesarias, esas que no aparecen en ninguna curva porque todavía no han pasado. La máquina no puede calcularnos. Eso no es un consuelo. Es una invitación.Santiago Jiménez Londoño es Economista y doctor en Filosofía. Profesor de la Universidad EAFIT. Autor de “Algoritmos Deshumanizantes”.Crónicas del Antropoceno es un espacio para la reflexión sobre la época humana y sus consecuencias producido por el Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara que incluye una columna y un podcast disponible en todas las plataformas digitales.