Miércoles, 19 de Febrero 2020

"Uni2 en Cristo" 

“Que no haya divisiones entre ustedes”

Por: El Informador

ESPECIAL

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Tercer domingo ordinario

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA:

Is. 8, 23b-9, 3. “Los que andaban en tinieblas vieron una gran luz”.

EVANGELIO:

Mt. 4, 12-23. “Fue a Cafarnaúm y se cumplió la profecía de Isaías”.

SEGUNDA LECTURA:

1 Cor. 1, 10-13. 17. “Que no haya divisiones entre ustedes”.


El anuncio de la Buena Nueva

Al Noroeste del lago de Galilea, en la ciudad de Cafarnaúm, empezó el Señor a predicar la Buena Nueva. Escogió esa tierra de Zebulón y Neftalí -camino del mar, al otro lado del Jordán- para que se cumpliera lo que había profetizado Isaías: “Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció”.

Allí la noticia. Allí el anuncio de la llegada de un nuevo tiempo. Noticia es la divulgación o proclamación de un hecho o de una doctrina. Allí, a la vez, un hecho: ya llegó el Reino esperado; y una noticia: La salvación viene por Cristo. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.

Como lo anunció el profeta, después de siglos de tinieblas, en el portal de Belén brilló la luz; resplandeció e ilumina desde entonces a todos los hombres.

El evangelista San Juan -el más cercano a Cristo-, al iniciar su Evangelio así lo presenta: “El Verbo era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Juan 1, 9). Y más adelante añade: “Él es la luz que brilla en las tinieblas”; y el mismo Cristo afirmó rotundamente: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 12, 36), “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 24, 6), “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas (Juan 8, 12).

Decir luz es entender la verdad. “El que obra la verdad viene a la luz” (Juan 3, 25). El que dice luz, dice vida. “La vida era la luz de los hombres” (Juan 1, 4). Cristo es la luz, e iluminados, los cristianos han podido y pueden con esa luz responder a las grandes interrogantes del hombre de cualquier siglo y condición. ¿Quién soy? ¿Por qué vivo? ¿Para qué vivo? ¿Por qué me flagela el dolor? ¿Por qué he de morir? ¿Qué hay más allá de eso que llamamos morir?

La luz, que es Cristo, vino a dar la respuesta plena, cierta y consoladora, de que cada ser humano, hechura única e irrepetible de Dios.
José Rosario Ramírez M.

Adeptos o Seguidores…

Las personas seguidoras de Jesús son aquellas que hacen lo mismo que hizo Él. El Evangelio de hoy, según lo escribió y nos lo contó Mateo (4, 12-23), narra el llamado que Jesús hace a Pedro, Andrés, Santiago y Juan… y desde aquel allá y entonces hasta aquí y ahora la invitación-llamado sigue siendo para hacer lo mismo: instaurar un movimiento, una buena nueva. Otra narrativa en el de modo de proceder, una contracultura, esto es, vivir como Dios manda, en Paz.

En la actualidad, los escenarios de violencia, exclusión y de muerte a los que asistimos nos distancian por mucho de ser un pueblo feliz. Y no podemos estar felices y vivir como Dios manda mientras haya hermanas y hermanos nuestros asesinados, desaparecidos y/o encontrados en bolsas de plástico o en fosas clandestinas. Si nuestras ideas, palabras, gestos y hasta las manos están armadas no tendremos Paz. 

El tiempo es crucial, no hay punto de retorno: o vivimos como Dios manda o nuestro futuro se acota. No es tiempo para los adeptos que se conforman con permanecer estáticos, con miedo paralizante, sucumbiendo a economías de odio y rencores reproduciendo y abonando a los mismos escenarios de violencia, exclusión y muerte. ¡Ah! Pero eso sí, muy católicos.

El distingo de la persona seguidora de Jesús es aquel que consiste en hacer lo mismo que Él, transforma la narrativa de violencia, exclusión y muerte por una de Paz que procede de las buenas prácticas diarias del perdón, reconciliación; que invita al cambio, a tomar distancia de dinámicas corruptas e impunes; que promueve la verdad y la justicia, rompiendo el escenario normalizado de muerte, construyendo con entusiasmo razones de Esperanza en actos concretos de compasión y solidaridad con los demás, sobre todo con aquellas en condiciones de dolor y sufrimiento, desplazadas, empobrecidas…

Los discípulos de Jesús en aquel allá y entonces, ante el llamado, optaron por el seguimiento. Aquí y ahora nos toca por lo menos al modo de San Ignacio de Loyola pedir conocimiento interno de la persona del Señor Jesús para más amarlo y mejor seguirlo. 

Javier Escobedo, SJ - ITESO


“Uni2 en Cristo”

Querido Lector: a partir del día 18 y hasta el 25 de enero se nos invita a unirnos en el octavario de oración por la unión de los cristianos; por tal motivo nos fijaremos en el tema que la segunda lectura de este domingo, tomada del apóstol san Pablo a los corintios, nos invita a reflexionar: la unidad entre los que siguen a Cristo. Leyendo y escuchando con atención la palabra de Dios, nos damos cuenta de una situación muy poco o nada ejemplar en la comunidad de los corintios. La Iglesia de los consagrados por Cristo, desgraciadamente, no era el mejor ejemplo de comunidad perfecta o impecable.

La unión de los cristianos es tema de plena actualidad hoy como ayer. El grupo de los que seguimos a Jesús inevitablemente es la suma de las cualidades y defectos, virtudes y fallos de sus integrantes. Necesitamos ser constantes en el proceso de  conversión, que sea continuo y progresivo a la unidad, tanto a nivel interno o intraeclesial como a nivel ecuménico o intereclesial.

Conocidas son las tensiones internas y externas que venimos padeciendo: dialéctica entre maximalistas y minimalistas, progresistas y conservadores, temporalistas y espiritualistas. El anti testimonio que hoy, como durante muchos siglos, se vive en el mundo de los creyentes en Cristo divididos en diversas confesiones cristianas.

Es interesante ver cómo procede un apóstol en el momento de exhortar a su comunidad: Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Tres cosas observamos en esta petición. Primeramente su ruego, aunque es un auténtico apóstol, no llega con palabras de exigencia o rudas, sino como un padre espiritual amoroso. En segundo lugar, les llama hermanos, identificándose con ellos como parte de la familia de Dios, no habla a extraños, sino a personas con las cuales tenía un fuerte vínculo, la sangre de Cristo. Y finalmente, la petición la realiza en nombre de Cristo. Estas palabras dan mayor autoridad a su petición, que no está basada en función de una autoridad, sino en los mandamientos divinos de Jesús.

Muchos de los problemas en la vida no se arreglan no porque estos no se digan, sino porque se hacen ver de una manera inadecuada. El tema que Pablo tocará es delicado, ha causado divisiones entre ellos, y si no tiene tacto para corregirlos, sus palabras no tendrán el efecto deseado.

Muchos no piensan la forma de cómo hacer ver las oportunidades, muchas veces sus palabras golpean, y lejos de edificar, destruyen. Por tanto, la forma de cómo se dicen las cosas son determinantes para causar el efecto deseado en las personas, especialmente cuando lo que se quiere es corregir problemas internos. Luchemos por tener la actitud de un padre amoroso, busquemos ser hermanos de todos, y hagámoslo todo desde el amor de Cristo.

Padre, elevamos nuestra plegaria con el deseo de tu amado Hijo al pedirte ardientemente la unidad total de cuantos por el ancho mundo creemos en ti. Solamente tú puedes lograr lo que parece imposible: que los hermanos separados nos unamos en una sola Iglesia, formando un solo rebaño bajo la guía de un solo pastor. Amén.

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