Viernes, 02 de Diciembre 2022

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Suplementos | XXVII Domingo Ordinario

Si tuvieran fe…

Debemos reconocer, como los discípulos, nuestras deficiencias y pedirle al Señor: aumenta nuestra fe. Cultivemos esa planta con la escucha atenta y el estudio profundo de la Palabra del Señor.

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería». WIKIPEDIA/«Jesús dando el Discurso de despedida», de Duccio

«Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería». WIKIPEDIA/«Jesús dando el Discurso de despedida», de Duccio

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

HAB 1, 2-3; 2, 2-4.

«¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio,
sin que me escuches,
y denunciaré a gritos la violencia que reina,
sin que vengas a salvarme?
¿Por qué me dejas ver la injusticia
y te quedas mirando la opresión?
Ante mí no hay más que asaltos y violencias,
y surgen rebeliones y desórdenes.

El Señor me respondió y me dijo:
"Escribe la visión que te he manifestado,
ponla clara en tablillas
para que se pueda leer de corrido.
Es todavía una visión de algo lejano,
pero que viene corriendo y no fallará;
si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta.
El malvado sucumbirá sin remedio;
el justo, en cambio, vivirá por su fe"».

SEGUNDA LECTURA

2TIM 1,6-8.13-14.

«Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación.

No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Conforma tu predicación a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros».

EVANGELIO

LC 17, 5-10.

«En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". El Señor les contestó: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: 'Entra en seguida y ponte a comer'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú'? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: 'No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer'"».

Si tuvieran fe…

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre la fe, la cual es -como nos indica el catecismo- “una virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que él nos ha dicho y revelado y que la Santa Iglesia nos propone porque Él es la verdad misma”. La fe la recibimos cuando niños en nuestro bautismo como un don, un regalo. Era como semilla de un vigoroso árbol que debíamos cultivar, ver crecer, con las enseñanzas primero de nuestros padres, luego de nuestros catequistas y maestros, y después por nosotros mismos. También recibimos de manos de nuestros padrinos una vela encendida, símbolo de la fe que debemos mantenerla así, porque es la fuerza que nos debe ayudar en las adversidades, ya que es a través de ella que tenemos la fuerza del Espíritu Santo.

Frente a los males que nos asedian por todas partes (injusticias, desorden y pecado) y que nos envuelven, nos podríamos quejar con Dios, como lo hace el Profeta al ver los males de su tiempo, que no difieren en nada de los nuestros, y recibir la respuesta: los injustos recibirán las consecuencias de su maldad. San Pablo nos exhorta a ser fieles a los tesoros de la fe y transmitirla a las generaciones futuras.

Pero debemos preguntarnos cómo es nuestra fe: ¿Cómo hemos cultivado esa semilla?, ¿la hemos visto crecer?, ¿o la hemos dejado olvidada en un rincón de nuestros conocimientos? Se admiran muchos padres de familia de que los hijos no quieran casarse por la Iglesia, que no frecuenten los sacramentos; pero no examinan qué han hecho para ayudar a transmitir adecuadamente ese don dado por Dios. Debemos oír la palabra de Jesús: “si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”.

Debemos reconocer, como los discípulos, nuestras deficiencias y pedirle al Señor: aumenta nuestra fe. Cultivemos esa planta con la escucha atenta y el estudio profundo de la Palabra del Señor. Ayudemos a mantener la vela encendida de los que nos fueron encomendados para guiarlos a la luz de la verdad.

Javier Martínez, SJ - ITESO

Señor, auméntanos la fe…

—La fe es un acto de amor a Dios, porque sin amor es imposible creer en él. Cuando amamos no hace falta pedir fe, porque la fe se fortalece automáticamente con el amor, no puede haber amor sin fe y fe sin amor, ambas van de la mano porque son el complemento perfecto para una vida de santidad. Cuando amamos a Dios no necesitamos pretextos para servirlo, el amor produce por sí mismo la inquietud de salir de nosotros mismos para ser capaces de donar nuestra vida por la salvación de las almas.

Para cambiar al mundo basta tan solo amar, porque el amor es la máxima expresión de nuestro cristianismo. La única perfección a la que podemos y debemos aspirar es a la perfección del amor, como dice san Pablo: “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites”. 

“El amor dura por siempre” este es el ideal de Dios en nuestras vidas: ¡Vivir para amar! Porque los bienes de este mundo acaban, incluso los dones o carismas de Dios tienen un tiempo, nada es eterno en este mundo sólo el amor. 

Cuando amamos, ya no importa nada que no sea amar. Las cosas pierden valor, el pecado pierde fuerza en la voluntad humana, la persecución se transforma en bendición y todo es un medio efectivo para glorificar a Dios; los temores se acaban, los miedos desaparecen, la consciencia despierta de sus letargos, y cada acción, por mínima que sea, incluyendo el latido del corazón, se convierte en una alabanza de amor a Dios.

¡Servir al Señor es comprometernos a amar! Es tener los mismos sentimientos de Cristo, es amar y perdonar a todos aquellos que nos ofenden. Es dar la vida por aquellos que ni siquiera conocemos.

Es cargar con nuestra cruz y morir a este mundo, comprometernos con la familia y con la sociedad a ser cada día un padre o una madre, un joven o empresario o profesionista mejor y más humano, para poder ser más espiritual; es decirle a Cristo: ¡aquí estoy!, y no mirar atrás, aun cuando la carga sea demasiado pesada, ¡porque el amor te hará fuerte!

¡Ser perfecto es amar en el amor de Dios en todo lo que hacemos, para que cada cosa que realicemos lleve ese signo visible de la presencia viva de Dios en nuestra vida! El mundo está hambriento de amor y no encuentra sosiego porque lo busca en aquello que sólo deja más vacío e insatisfacción: las cosas materiales, por más lujosas qué sean no pueden saciar esa hambre de Dios que tiene nuestra alma.

Si pensáramos más en la eternidad y un poco menos en esta vida que acaba y pusiéramos más atención a lo que nuestra conciencia nos indica, nuestra vida sería muy distinta, porque seríamos verdaderamente libres.

Dios no elige hombres santos para ser sus testigos, él santifica mediante el amor a sus elegidos para que estos no se gloríen de sus acciones, sino que llenos de gratitud y amor siempre estén al servicio de Dios y de sus hermanos.

Hagamos vida la palabra de Dios y anunciemos su palabra con la fuerza de su Espíritu, mediante actos de amor y de caridad, resguardados por el silencio donde solo Dios escucha, el silencio del amor que fecunda nuestras acciones y hace resplandecer el amor.

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