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Viernes, 21 de Septiembre 2018

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Se le acercó a Jesús un leproso

En la lectura de hoy, San Marcos presenta un milagro más en los inicios de la vida pública de Cristo

Por: El Informador

Jesús sale de las comodidades típicas y los procesos cotidianos; no va al cementerio a encontrar a los muertos, sino a los vivos que han sido olvidados, porque fueron expulsados. ESPECIAL

Jesús sale de las comodidades típicas y los procesos cotidianos; no va al cementerio a encontrar a los muertos, sino a los vivos que han sido olvidados, porque fueron expulsados. ESPECIAL

• Sexto domingo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Levítico 13, 1-2. 44-46

“Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los corintios 10, 31-11, 1

“Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”.

EVANGELIO
San Marcos 1, 40-45

“Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: ¡Sí quiero: Sana!”

Con sencillez y asombro presenta San Marcos un milagro más, en los inicios de la vida pública de Cristo.

Es ahora un leproso el curado, porque la compasión y el poder del Señor dejan limpias las carnes purulentas y doloridas de aquel hombre. Era la lepra una enfermedad entonces incurable. Era la más temida de las enfermedades, y, temerosos de contagiarse, dictaron leyes terribles para alejar a los enfermos de ese terrible mal, de todo trato con sus parientes y cercanos.

Dos capítulos del libro del Levítico, en la Biblia, son de normas precisas, son legislación fría para aislar a los leprosos de todo contacto con la sociedad de los que eran excluidos.

Vivirían en colonias, leprosos con leprosos, con signos externos para ser reconocidos como tales; con las ropas abiertas y anunciándose con una campanilla para recibir alguna ayuda, no en la mano, sino dejada a prudente distancia. Tal era el pavor al contagio.

Hasta la culta Inglaterra, todavía en el siglo pasado, tenía una isla en el Pacífico –la de Molokai, en el archipiélago de Jaguay- donde confinaba a sus leprosos. Allí consagró su vida el Padre Damián al servicio de esos dos veces desgraciados; por su enfermedad –la dolencia del cuerpo– y por el aislamiento –la dolencia del alma– lejos de los suyos, sin esperanzas de sanar.

Así aislado, separado de los suyos, cubierto de llagas, el leproso del que habla San Marcos pensó en Cristo. Había llegado a sus oídos la fama de Jesús de Nazaret. Decían las gentes que curaba a los enfermos, que expulsaba a los demonios y que hablaba de cosas tan bellas como nunca antes habían oído. Las multitudes acudían a oírle, a verlo, a pedirle que los curara, a tocar al menos su manto y el leproso se le acercó a Cristo.

Así en la vida cuando los hombres viven aturdidos por las penas, por el ruido, por el brillo de la publicidad, la televisión, los espectáculos, las reuniones sociales, las modas y las frivolidades, no tienen tiempo ni pensamiento para entrar en sí mismos, para preguntarse por qué y para qué viven.

Cuando esos miles y miles de precipitados llenan los estadios para gritar desde las gradas, porque hay una contienda de futbol o un concierto de rock, sólo quieren comer, beber, divertirse, quemar el tiempo. Allí es donde más se puede contemplar la pequeñez del hombre, su miseria, su bajo nivel en la noble capacidad de pensar, confundido el yo con otros tantos en una masa amorfa.

Inesperadamente, suele llegar una visita molesta, incómoda: la enfermedad. Es un estado no voluntario que hace sufrir, pero que muchas veces deja algo positivo, algún bien. La enfermedad y la pobreza real –no la pobreza de espíritu– son dos males por su misma naturaleza; ambas obligan al hombre, si obra con rectitud, a aceptar las propias limitaciones y a sacar sabiduría de sus propios sufrimientos. Es abundante y benéfico el aprendizaje de las horas difíciles. El cristianismo ennoblece el sufrimiento. La enfermedad obliga a medir las cosas a escala sobrenatural. El enfermo siente medularmente su impotencia, y no pocas veces una enfermedad ha sido el camino de santificación.

La resignada aceptación de la enfermedad, que es la aceptación de la propia cruz, contiene una multiplicidad de matices que quien goza de salud no puede jamás advertir. La enfermedad, la lepra, llevó a aquel hombre a infringir la prohibición legal de acercarse a los sanos, y audacia se postró de rodillas ante Jesús y le dijo: “Si tú quieres, puedes curarme” En estas cinco palabras se encierran la intensidad del deseo y la fuerza de la fe, porque cree el leproso que Jesús tiene poder para limpiar sus carnes de esas llagas, y que todo depende de su divina voluntad. Por eso empieza diciendo: “Si tú quieres”. Son las dos condiciones para la oración imperatoria: pedir con humildad y pedir con fe.

La perfecta oración mereció una respuesta positiva: “Sí quiero, sana”. “Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio”. Así lo atestigua San Marcos en el capítulo inicial del primer evangelio que fue escrito. (Marcos 1, 42).

José Rosario Ramírez M.

Salir del confinamiento

La primera lectura de este domingo, nos puede dejar helados, sacudidos y quizás hasta molestos por las normas tan minuciosas relativas a los leprosos dictadas en este libro sagrado.

La finalidad era tutelar la seguridad de los habitantes de las ciudades o caseríos. Al leproso se le tenía rigurosamente fuera.

Jesús no duda en infringir el reglamento, romper el cordón sanitario, hacer saltar los mecanismos de exclusión, salir del sitio de seguridad, aun desafiando el contagio, no evita el contacto con el llamado impuro.

Ante esta realidad, Jesús tiene piedad, pero también está indignado, pudiéramos decir molesto. Porque los hombres han intentado siempre resolver los problemas, teniéndolos a distancia, preocuparse de los enfermos, los infectados, creándoles espacios reservados, asegurar el regular en donde deben estar pero desde la óptica y decisión del que se considera sano, puro, limpio.

Jesús se indigna, porque los hombres no hemos logrado entender que alejar no significa curar, liberarse de los personajes incómodos es lo contario a liberar al que está oprimido. No debemos procurar como expulsar a uno o unos, para nosotros estar bien, sino saber que estamos mal, porque alguno de los nuestros está ausente, ha sido rechazado.

Jesús constantemente aparece en diversos pasajes evangélicos, como uno que suprime las fronteras, salta por encima de los prejuicios, no acepta las discriminaciones de cualquier tipo.

Jesús sale de las comodidades típicas y los procesos cotidianos; por ejemplo, no va al cementerio a encontrar a los muertos, sino a los vivos que han sido olvidados, porque fueron expulsados. Va en busca de sorpresas, prefiere girar de incógnito en medio de la gente sospechosa, explorar caminos que para muchos son considerados no seguros.

La actitud de salida de Jesús, debe ser la misma actitud de todo bautizado, buscadores incansables y sin miedo, ante todo del hermano, más que del simple y llano cumplimiento de las formas, por encima de cualquier protocolo estará siempre el otro, el prójimo, el Cristo que sirvo en mi hermano.

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