Miércoles, 21 de Febrero 2024

Salió el sembrador a sembrar

Sale el sembrador a sembrar cada vez que el espíritu de Dios infunde en nosotros esa certeza, esa luz de conversión; cada vez que nuestros corazones, movidos por ese Espíritu, se abren a su obra.

Por: El Informador

La parábola del sembrador nos pone en guardia de todo lo que nos distrae del proyecto de comunión al que el Padre nos invita. ESPECIAL

La parábola del sembrador nos pone en guardia de todo lo que nos distrae del proyecto de comunión al que el Padre nos invita. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Is. 55, 10-11. “La Palabra de Dios, eficaz como la lluvia y la nieve”.
EVANGELIO: Mt. 13, 1-23. “Salió el sembrador a sembrar”.
SEGUNDA LECTURA: Rom. 8, 18-23. “La creación, expectante, aguarda su liberación”.

Salió el sembrador a sembrar 

Las parábolas del evangelio, pertenecen a un género literario de la biblia, que se llama didáctico, porque su intención y finalidad es enseñar una verdad religiosa. Las parábolas en labios del mismo Jesús son comparaciones destinadas a ilustrar una idea o enseñanza, en concreto sobre el reino. 

Las parábolas contienen “los secretos del Reino de Dios”, según la respuesta de Cristo a sus discípulos que le preguntan: ¿por qué hablas a la gente en parábolas? Y Él les contesta: “a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos”, es decir, de Dios, cuyo nombre no pronuncia Mateo por respeto, según la tradición judía.

Me parece que no hace falta explicar la parábola del sembrador puesto que el mismo texto evangélico interpreta magníficamente el significado de las cuatro clases de terreno en que cae la semilla. Pero si veo necesario resaltar la esencia o centro de dicha parábola: “Salió el sembrador a sembrar”. 

Si nosotros centramos la atención en el propio corazón de cada uno, seguro descubrimos que cada persona tiene una responsabilidad en cuanto a la forma de recibir el evangelio, pero no tiene un evangelio propiamente, no tiene una buena noticia. Por el contrario, cuando centramos nuestra atención en la figura del sembrador que sale a sembrar, es ahí donde encontramos la buena noticia.

Sí, la gran noticia es que salió el sembrador, la semilla no se ha quedado encerrada en los graneros del cielo, sino que se esparce por todos los rincones de la tierra. Nuestra tierra ya no será estéril de acuerdo a lo escuchado del profeta Isaías: “la palabra de Dios hará lo que Dios le mande, y así como no vuelve la lluvia al cielo sino después de haber fecundado la tierra y hacerla germinar, así es la palabra de Dios que ha salido de Él, no retorna a Él sin su cosecha”.

La tierra entera, que ha recibido ese aguacero de la gracia, está esperando que esa semilla termine de germinar y obtenga esa maravillosa cosecha de los hijos de Dios. Éste es, en palabras del apóstol Pablo, el parto que la creación aguarda, espera que, por fin, surja la cosecha de los hijos de Dios para la gloria del Padre.

Ésta palabra (semilla) se sigue esparciendo por todo el mundo, se sigue haciendo presente la acción del Sembrador. Sale el sembrador a sembrar cada vez que el espíritu de Dios infunde en nosotros esa certeza, esa luz de conversión; cada vez que nuestros corazones, movidos por ese Espíritu, se abren a su obra. Se trata pues de una de las parábolas más optimistas de la Sagrada Escritura porque, aunque parezca que se pierde la predicación, aunque aparentemente al amor nadie le recibe, aunque parezca inútil tratar de ser bueno, “el Sembrador ha salido a sembrar”, y todo aquello que Dios sembró en la historia, en mí historia, dará una abundante cosecha. ¡Gracias Dios!

Vamos a sembrar 

Bendición de Dios es la lluvia, que alegra los campos. Todo es alegría. El campo se viste con el verde. Fresco el ambiente. Los pajarillos cantan. Retozan los ganados. Corren hilos de agua y asoma por todas partes el sol en estos días de verano, jugando a las escondidas con las nubes.

El hombre del campo mira a todas horas las rutas de las nubes; adivina y siente la dirección y la intensidad de los vientos.

Es la hora de sembrar: las tierras abiertas esperan las semillas, para devolver multiplicado el grano en espigas, en mazorcas o en racimos.

“Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar”. Entonces les dijo:

“Salió un sembrador a sembrar”. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, salió Jesús el Sembrador a dejar caer con amor la semilla, la palabra que salva, en los corazones de los sencillos, de los necesitados, de los dispuestos.

Las multitudes en torno al Maestro estaban atentas a sus enseñanzas. Hombres, mujeres y niños, todos con anhelos y esperanzas. Los hombres con sus pecados, con sus rutinarias preocupaciones, ante Él olvidaban todo. Allí cerca de Él, con sus rebeldías y sus vergüenzas, querían la respuesta a sus dudas, a sus angustias y preocupaciones.

Acudían de Galilea, de Judea, de Samaria, de Tiro, de Sidón, de la Traconítida y de la Decápolis; y Jesús continuamente, con mirada llena de amor, ‘ iba dejando la palabra -más penetrante que espada de dos filos- y con ella ganaba amigos y enemigos. 

Cristo preparó a sus discípulos y les dio el nombre de apóstoles, enviados, porque los envió a sembrar. La fe en Cristo ha llegado y se ha hecho instrumento de salvación, gracias a la predicación de los sembradores, en los veinte siglos de cristianismo. Pioneros fueron los apóstoles. Hoy, domingo decimoquinto ordinario del año está la parábola del sembrador y la semilla, en sentido figurado, en el mismo tiempo en que los campesinos echan los granos sobre la tierra abierta, con la esperanza de verlos centuplicados.

José Rosario Ramírez M.

Sembrar, comunicar, amar

Este domingo la liturgia nos presenta la parábola del sembrador. Parábola es un relato imaginario que describe, con escenas cotidianas, verdades profundas. Apunta a actitudes personales, maneras de ser y estar en el mundo. Esta parábola presenta diversas actitudes ante el Reino. La palabra griega basileia, normalmente traducida como “reino”, prefiero traducirla por “soberanía”. El Señor invita a acercarnos a la “soberanía” de Dios, a dejarle ser centro y horizonte de nuestra vida.

Vivir bajo la autoridad de Dios es una buena noticia (Evangelion en griego) porque él es Padre, el Abba (papá) que Jesucristo revela. El Padre no es un capataz o un soberano a la manera de los poderosos de este mundo, que buscan imponer su voluntad y sojuzgar a los demás. El Padre de Jesús es eso, un papá. Ama a sus hijos de manera incondicional, indiscriminada, infinita, como él es infinito. Puede ser que no ame todas las acciones de sus hijos, pero el amor a sus hijos es permanente. Es el Padre que siempre espera al Hijo pródigo, que respeta la voluntad de sus hijos, les ofrece permanentemente su amor, se alegra y celebra cuando ellos finalmente aprenden a vivir en la alegría de ser familia.

La parábola del sembrador nos subraya que Jesús ha venido a sembrar, a comunicar, esa buena noticia. Dios nos invita a que vivamos bajo su “yugo”, el amor, que es carga ligera. Eso significa, en primer lugar, aprender a amar por la manera como él nos amó primero. De él aprendemos a ser buena noticia para los demás y descubrimos cómo podemos ser vida para quienes nos rodean.

La parábola del sembrador nos pone en guardia de todo lo que nos distrae del proyecto de comunión al que el Padre nos invita: no entender que Dios es Padre y que siempre nos ama, dejarnos agobiar por las preocupaciones (no confiar en Dios), la seducción de las riquezas (con las que pretendemos sustituir a Dios). Si somos tierra buena, si acogemos la buena noticia de un Dios que nos salva amándonos, daremos fruto, de ciento, sesenta, treinta. Que así sea.

Alexander P. Zatyrka, SJ - ITESO

JL

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