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Suplementos | Ahora no son preceptos, sino el Maestro quien habla con toda la sabiduría divina

Proclamación de la Nueva Alianza

Ahora no son preceptos, sino el Maestro quien habla con toda la sabiduría divina
La felicidad es seguir el pensamiento de Cristo. ESPECIAL /

La felicidad es seguir el pensamiento de Cristo. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura de la Profecía de Sofonías (2,3;3,12-13):

“Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (1,26-31):

“El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

EVANGELIO
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (5,1-12ª):

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

GUADALAJARA, JALISCO (29/ENE/2017).- Desde la altura de una colina, con una vista espléndida del Lago Tiberíades, villas y poblados, abrió su boca el Señor Jesús para dejar el Código de la Nueva Alianza a la multitud que lo rodeaba, y a todas las multitudes de todos los tiempos y a cada hombre en particular. Dios había hablado desde la cumbre del Monte Sinaí, y se dejó escuchar por Moisés, su intermediario. Allí dio a conocer leyes: los Diez Mandamientos, la alianza sellada por Dios con su pueblo, la revelación de su gloria y el camino seguro de salvación. Un joven le preguntó a Cristo: “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la salvación?”. Jesús le respondió: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los Mandamientos”. Ahora, en esta montaña, Dios habla sin intermediario: Él habla y el pueblo escucha. Ahora no son preceptos, ahora es el Maestro quien habla con toda la sabiduría divina, con la intención de enseñar el camino de la perfección, el de la santidad.

Bienaventurados. Esta palabra —en el original griego macarioi y en latín beati—, la han traducido así: dichosos, felices, bienaventurados, o sea los que han pasado bien por la aventura; se podría pensar en los que se hicieron a la mar y llegaron al puerto con vida y salud; o, en términos más modestos, los que salieron victoriosos en una contienda deportiva. El Señor Jesús emplea esa palabra no en lenguaje jurídico, ni mucho menos legal, sino como una bendición, como una fórmula de deseo, de sugerencia. San Mateo, en el capítulo quinto, pone ocho bienaventuranzas en la boca del Maestro; allí muy cerca lo escuchó el discípulo y dejó su testimonio; San Lucas, por su parte, sólo menciona cuatro bienaventuranzas en forma positiva y otras tantas como advertencia.

Todos los hombres, sin distinción de raza, de cultura, de condición social o económica, ansían lograr la felicidad. Quieren ser felices, y para serlo se preocupan, se esfuerzan, trabjan en busca del bienestar, de la felicidad. La salud, el dinero, la sabiduría, son bienes útiles que facilitan el fin, el propósito del hombre en la tierra, pero duran poco, se acaban. Antes de Cristo buscaban la felicidad sólo en los bienes perecederos. Epicuro, filósofo griego, llamó bienaventuranza al conjunto de todos los bienes temporales o del alma, dando preeminencia a la concupiscencia del cuerpo. Aristóteles enseñó que la bienaventuranza del hombre estaba en el conjunto de todos los bienes, en primer puesto la sabiduría y en el último las riquezas. Eran ilusiones de los paganos encontrar la felicidad en este mundo; empeño inútil, porque el hombre es materia y espíritu, el hombre sólo se sacia con los bienes del espíritu. El deseo infinito exige un objetivo infinito. La infinita aspiración proclama a grandes voces la experiencia de algo infinito. Amado Nervo escribió: “Inútil la fiebre que aviva tu paso; no hay fuente que pueda saciar tu ansiedad, por mucho que bebas. El alma es un vaso que sólo se llena con eternidad”.

El cristiano, si acepta en su totalidad el mensaje, ha de tener un criterio de eternidad —sentirse, en realidad, sólo peregrino—, en contradicción permanente con quienes sostengan el tener morada para siempre en la tierra. La felicidad es seguir el pensamiento de Cristo; es, en suma, una alianza de amor, y en correspondencia, meter el Reino en su corazón.

Quienes busquen la felicidad según el Plan de Cristo, que está dispuesto en ocho maneras, han de vivir con la pobreza, el desconsuelo, la posesión de la tierra, la hartura, la misericordia, la visión de Dios.

José Rosario Ramírez M.

Reino de Dios

No es difícil dibujar el perfil de una persona feliz en la sociedad que conoció Jesús.

Se trataría de un varón adulto y de buena salud, casado con una mujer honesta y fecunda, con hijos varones y unas tierras ricas, observante de la religión y respetado en su pueblo ¿Qué más se podía pedir? Ciertamente, no era éste el ideal que animaba a Jesús. Sin esposa ni hijos, sin tierras ni bienes, recorriendo Galilea como un vagabundo, su vida no respondía a ningún tipo de felicidad convencional. Su manera de vivir era provocativa. Si era feliz, lo era de manera contracultural, a contrapelo de lo establecido.

En realidad, no pensaba mucho en su felicidad. Su vida giraba más bien en torno a un proyecto que le entusiasmaba y le hacía vivir intensamente. Lo llamaba “reino de Dios”. Al parecer, era feliz cuando podía hacer felices a otros. Se sentía bien devolviendo a la gente la salud y la dignidad que se les había arrebatado injustamente. No buscaba que se cumplieran sus expectativas. Vivía creando nuevas condiciones de felicidad para todos. No sabía ser feliz sin incluir a los otros. A todos proponía criterios nuevos, más libres y personales, para hacer un mundo más digno y dichoso.

Creía en un “Dios feliz”, el Dios creador que mira a todas sus criaturas con amor entrañable, el Dios amigo de la vida y no de la muerte, más atento al sufrimiento de las gentes que a sus pecados. Desde la fe en ese Dios rompía todos los esquemas religiosos y sociales. No predicaba: “Felices los justos y piadosos porque recibirán el premio de Dios”. No decía “felices los ricos y poderosos porque cuentan con su bendición”. Su grito era desconcertante para todos: “Felices los pobres porque Dios será su felicidad”. La invitación de Jesús viene a decir así: “No busquen la felicidad en la satisfacción de nuestros intereses no en la práctica gratificante de nuestra religión. Sean felices trabajando de manera fiel y paciente por un mundo que sea más feliz para todos, partiendo desde el amor”.

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