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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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Suplementos | El profesor me eligió para ser parte del coro en primer grado y allí me mantuve

Memorias profesorales

El profesor me eligió para ser parte del coro en primer grado y allí me mantuve, en la última fila a pesar de ser de los chaparros, escondiéndome de la clase de matemáticas
En la materia de educación física recuerdo que ningún maestro nos duró. EL INFORMADOR / ARCHIVO

En la materia de educación física recuerdo que ningún maestro nos duró. EL INFORMADOR / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (29/ENE/2017).- He olvidado, ingratamente, el nombre de mi profesor de música en la primaria. Era un hombre mayor (me temo que ya no se encuentre entre nosotros), con una paciencia de santo, que acudía a mi escuela (federal y numerada) para impartirnos una hora semanal de música. Intentó explicarnos las notas y su posición en un papel pautado, se esforzó en ponernos a cantar y, a pesar de que resultaba evidente que no se le prestaba casi ninguna atención, consiguió dejarme rondando en la cabeza algunas tonadas, como la de “Clavelitos”, una de las canciones más feas de las que yo tenga memoria, pero que no he podido olvidar.  

Aquel profesor me eligió para ser parte del coro en primer grado y allí me mantuve, en la última fila a pesar de ser de los chaparros, escondiéndome de la clase de matemáticas, que ocurría justo a la misma hora (y de la que escapaba mientras hacía mis pinitos en la cantada). El profesor tenía la peculiaridad de que le gustaba intervenir las canciones.

Si le parecía que alguna palabra no era decorosa para ser entonada por sus alumnos (como ocurría con “amador” en aquella de “Alma llanera”) la cambiaba por otra. Y como la mayoría de las canciones presentaban riesgos como ese, me pasé la infancia cantando melodías sutilmente adulteradas. Cuando, en quinto grado, el coro quedó emparejado con la clase de ciencias sociales, que era mi preferida, renuncié. Creo que esa fue la única vez que vi molesto al profesor, porque tuve la pésima idea de ser sincero y decirle que me salía porque ya no podría evitar las matemáticas con su clase. “Pensé que de verdad te gustaba lo que hacíamos”, me dijo, dolido. El karma me puso en mi lugar, porque he sido pésimo para hacer cuentas toda la vida y me ando dando de golpes todo el tiempo, lo cual quiere decir que mi lógica espacial tampoco está muy avanzada. Me temo que las matemáticas lo vengaron, señor profesor.  

Otra mártir era la instructora de educación artística. De ella sí conservo el nombre en la memoria: la maestra Irene. Una señora muy elegante, de chongo, alta y con cara de buena gente. Lo suyo no era el dibujo o la escultura sino lo que se conocía como “trabajos manuales”, es decir, elaborar lámparas con papel remojado y bordados con hilos de colores. Ella se topó con el problema enorme de que mi torpeza manual era insondable. Un día, tuvimos que deshilar macramé para elaborar un perrito conmemorativo del día de las madres. Lo hice tan mal que el mío lo que parecía era un cantante de reggae adicto a cosas innombrables. La pobre maestra Irene ponía los ojos en blanco, respiraba hondo y le pedía a las muchachas más aventajadas de la clase que me ayudaran. La única que se acomedía era Carlita, una niña simpática, morena, chiquita y con frenos y un corazón de oro, gracias a la cual mi madre tuvo pegosteones escolares puntualmente cada 10 de mayo.   

En cambio, educación física nos dio varios dolores de cabeza. Cambiamos de maestro cada año y ninguno perduraba. Tuvimos desde un jugador de basquetbol de la UdeG, que duró un día en el cargo, porque nos llamó “animales” enfrente de la directora (por no atinarle a la canasta), hasta una señora que armó una bronca fenomenal por poner a los dos sextos a jugar un partido de futbol con la promesa de que el ganador exentaría la materia.   

Alguno dirá que tuve mala suerte pero no me quejo. Jamás hubiera querido estar en los zapatos de esos pobres y recordados maestros.

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