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Lunes, 23 de Abril 2018

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La vida sólo es una

El talento guardado intacto se convierte en motivo de condenación, no en elemento de salvación

Por: El Informador

Dios reparte sus dones, pero no se va lejos como el hombre de la parábola. Dios sigue presente en todos y cada uno de los hombres, pues todos son hechura de sus manos. ESPECIAL

Dios reparte sus dones, pero no se va lejos como el hombre de la parábola. Dios sigue presente en todos y cada uno de los hombres, pues todos son hechura de sus manos. ESPECIAL

• XXXII domingo del tiempo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31:

“Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa: muy superior a las perlas es su valor”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los tesalonicenses 5, 1-6:

“No vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.

EVANGELIO
San Mateo 25, 14-30:

“Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor”.

Dichosos aquellos que al llegar a la presencia del Señor Jesucristo le muestran sus manos llenas de buenas obras. Merecerán la bienvenida de nuestro Salvador y recibirán como destino la vida eterna.

Cada uno tiene su puerto de salida, su nacimiento; y también su puerto de llegada, el encuentro definitivo, ya en la eternidad y en la presencia de Dios. Si hay que llegar al puerto, entonces la brújula ha de indicar que la vida ha de tener dirección, destino. La vida, por tanto, tiene sentido. Mienten quienes han asentado que “la religión es el opio del pueblo”, porque, al contrario, la religión es la brújula para no naufragar en el mar de la vida. La religión cristiana no es una evasión, no es un escapismo. No es -como dicen- hacer lo que los avestruces, que ante el peligro esconden la cabeza en la arena. Ser cristiano es tener muy en alto la cabeza, es decir, la mente, y saber responderse a sí mismo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy en esta única oportunidad que se me ha dado de vivir? La fe recibida lleva al creyente a una acción congruente, a vivir cada día como una respuesta ante lo que se ha recibido y de lo que se ha de rendir cuentas.

Los misterios profundos, Cristo los presenta inteligibles en sencillas parábolas, como ésta: “Un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas, llamó a sus servidores de confianza y después de mucho tiempo regresó y llamó a cuentas a sus servidores”. La palabra “talento” ha de ser transportada de la economía mercantil, a la economía vital y espiritual. Talento, o talentos, por tanto, no significa dinero como en aquel lejano entonces, sino que es todo don procedente de Dios: la vida, la salud, la inteligencia, las cualidades, las amistades, las oportunidades que no son obra del hombre, sino que para no soltarlo desnudo, ya va contando con ese conjunto de bienes recibidos. Y como cada uno es distinto, también cada uno recibe mucho -cinco-, medianamente -dos- y limitado - uno-, pero a todos es lo suficiente para su bien y para su salvación.

Todo es gracia. Todo -luz para el entendimiento, fuerza de voluntad, adorno de las propias cualidades- es obra de Dios y todo es la base de la vida. Falsa es esa otra afirmación de que “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”, porque el hombre es “el arquitecto de su propio destino” y todo hombre, ya en un sentido profundo, es un proyecto que el hombre mismo, dotado de libertad, es quien ha de trabajar para ser lo que debe ser. Y cada uno recibe solamente lo que es capaz para administrar, pero siempre lo necesario, lo suficiente.

Dios reparte sus dones, pero no se va lejos como el hombre de la parábola. Dios sigue presente en todos y cada uno de los hombres, pues todos son hechura de sus manos. “En Él estamos, nos movemos y somos”. Dios está presente para tenderle la mano al hombre, para perdonarlo y para esperar; pero no lo priva del “libre albedrío”, o sea la facultad triple de -por cuenta propia- pensar, querer, áctuar. Por eso existen, en el plan divino, el premio y el castigo. Por lo mismo aparece el mal por todas partes, ya que el hombre, por malicia o por flaqueza, toma su propia libertad para dar pábulo a sus propias pasiones. Si la codicia, la lujuria y la soberbia lo ciegan, el autor del mal es el hombre. Cuando los despistados vociferan que el mal domina el mundo, que, entonces, ¿dónde está Dios? la respuesta es que el abuso de la libertad es la causa de todos los males, y la presencia oculta de Dios es para esperar y perdonar. Los fariseos se escandalizaban porque Cristo trataba a los pecadores y visitaba sus casas y corrúa con ellos. La respuesta es que el Hijo de Dios había venido a buscar no a los sanos, sino a los enfermos. Esta es la causa profunda del misterio de la redención: salvar a los hombres a quienes el pecado había hecho caer.

Llegar con las manos llenas. El que recibió cinco talentos, satisfecho se presentó ante su señor con cinco más cinco; los que recibió y otro tanto que con su inteligencia, su creatividad y su trabajo, alcanzó a ganar. También el que recibió dos talentos, contento porque ganó otros dos. Ambos fueron recibidos con alegría, elogiados, felicitados y merecidamente premiados. Para cada uno fueron estas cálidas palabras: te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en las cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor”. Ese elogio es por una virtud, la fidelidad, que suma otras virtudes.

José Rosario Ramírez M.

No es una cuestión contable

La parábola presentada en la lectura es muy fuerte en su interpretación, y nos debe llevar no sólo a un reconocimiento de quién es Dios y qué es el Reino de los Cielos, sino a un compromiso de vida.

Existió un hombre que salió de viaje, llamó a los suyos, los de confianza y les encargó sus bienes, sus talentos. Un talento equivalía a 26 kilos de oro, no fue cualquier cosa lo que encomendó, y no se refiere a una manera poética de hablar de las virtudes personales, no se trata de dotes naturales, era un bien que debía ser trabajado para producir.

Por consiguiente, no debe haber sólo una piadosa actitud de agradecimiento por lo que se nos ha dado, sino preguntarnos "¿qué estoy haciendo con lo recibido?", no basta con no hacer mal, es urgente y necesario hacer el bien, producir, generar, romper todo miedo, especialmente el miedo al riesgo a poder fracasar. No hay peor miedo que el no intentar por pretender con esto no equivocar, como dijo el siervo malo y perezoso: “Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”.

El espectáculo más deprimente que puede haber, es el que ofrece un cristiano que esconde su talento, que enmascara su fe, disimula su pertenencia a Cristo, sofocándola bajo un montón desproporcionado de palabrería, no la deja convertirse en vida, en grito de justicia, en llamada de liberación, la reduce en sólo palabra.

No se trata sólo de una multiplicación de lo recibido, no es una simple cuestión contable, es la vida que se da en entrega de lo que de Cristo se ha recibido, hemos de entender que conforme a lo que nos manifiesta Cristo en esta parábola, guardar no es lo mismo que sembrar. No basta con demostrar y reconocer lo valioso que es un lingote de oro y apreciar el valor que tiene, se deben entregar cuentas, pero sobre todo frutos, resultados.

El talento guardado intacto se convierte en motivo de condenación, no en elemento de salvación.

JM

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