Jueves, 04 de Junio 2020
Suplementos | Quinto domingo de cuaresma

La vida es Cristo

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre», dijo Jesús

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario». ESPECIAL/Risurrezione di Lazzaro/Giotto/Wikimedia

«Gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario». ESPECIAL/Risurrezione di Lazzaro/Giotto/Wikimedia

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Ez. 37, 12-14.

«Esto dice el Señor Dios: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel.

Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor.

Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí”».

SEGUNDA LECTURA

Rom. 8, 8-11.

«Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.

Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. En cambio, si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios.

Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes».

EVANGELIO

Jn. 11, 1-45.

«En aquel tiempo, Marta y María, las dos hermanas de Lázaro, le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a su discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Jesús se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él».

La vida es Cristo

Quinto domingo de Cuaresma. Se refiere a un milagro de Cristo para darle más fuerza al programa mesiánico, la redención y la fundación del Reino. Un milagro con circunstancias singulares, con preparación y con los testigos connotados.

Son los últimos días de la vida pública del Señor; Él continúa en Perea, al otro lado del Jordán, predicando la buena nueva, consolando, bendiciendo, curando. Luego subirá a Jerusalén, la postrera vez.

María y Marta —las de Betania, una aldea cercana a Jerusalén— envían un mensajero al Señor: “Señor, el amigo a quien mucho estimas está enfermo”.

El Hijo de Dios, al tomar la naturaleza humana, se asemejó en todo a los hombres, menos en el pecado. Maestro de la verdadera vida, enseña también a cultivar la auténtica amistad, en la que siempre hay la reciprocidad de dar y recibir. En esa casa de Betania habitan Marta —la laboriosa—, María —la contemplativa— y Lázaro. Un comentarista ve personificadas en ellos las virtudes teologales: Marta es la fe operante; María la esperanza, anhelando los bienes futuros, y Lázaro, el afecto de amigo, la caridad.

Oído el mensaje, el Señor comenta: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para dar gloria a Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Con intención clara, el Señor deja pasar los días y comenta: “Lázaro, nuestro amigo, duerme”. Entonces dijeron los discípulos: “Señor, si duerme es que va a sanar”. No entendieron que él hablaba del sueño de la muerte, porque de la muerte, el Señor iba a llamar a la vida a Lázaro. La muerte es misterio, como misterio es la vida, ya que no es la simple explicación de un corazón que empieza a latir y el mismo corazón que deja de latir, los dos extremos de una vida. Aquí pide la fe en él, como premisa y condición para ejercer su poder de dar la vida. Quien cree en él cree en su doctrina, cree en su Iglesia.

José Rosario Ramírez M.

Jesús al verla llorar... se conmovió

Cada vez nos acercamos más a la celebración del misterio Pascual. En este V domingo del tiempo cuaresmal, Jesús quiere que nosotros, al igual que a los discípulos, podamos comprender qué significan sus palabras: “Yo soy la resurrección y la vida”. De ahí que el Hijo de Dios manifieste abiertamente a los apóstoles su alegría, muy extraña por cierto, de no haber estado en Betania acompañando a su amigo Lázaro en el momento de la enfermedad.

Si digo extrañarme de la alegría del maestro es por lo siguiente: quién de nosotros se alegra por la enfermedad de algún ser querido; quién de nosotros puede contener la calma cuando se recibe una noticia como de la que ahora hablamos. ¿Qué no habla el evangelio del amor que Jesús siente por Marta, María y Lázaro? ¿No supondría entonces que Cristo, una vez recibiendo la noticia de la enfermedad de un ser querido debería salir corriendo en su auxilio? “No son los sanos los que necesitan del médico sino los enfermos”, Él mismo lo dijo. ¿Será que el Mesías se ha olvidado de sus palabras? “Para que crean”. Es la frase que no debemos dejar pasar y poder dar interpretación al obrar de Cristo.

Cuántas plegarias en estos días no hemos elevado a Dios en el mismo tenor que la de Marta y María: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Todo el mundo eleva una oración suplicando salud para los enfermos, el cese de ésta pandemia, la protección sobre familiares y amigos, por los moribundos, los que ya han fallecido y los familiares de ellos, por los que prestan servicios de salud, en fin, a una sola voz llegan nuestras peticiones a nuestro buen Dios implorando nos muestre el gran amor que nos tiene.

Hoy, en su palabra, nos ofrece una de las imágenes más bellas de cuán grande es su amor por nosotros: “al verla llorar… se conmovió hasta lo más hondo… y se puso a llorar”. Estos versículos nos hablan de la empatía que Jesús tiene con Marta y María. También Él se conmueve hasta derramar lágrimas por la muerte de su amigo Lázaro. Se compadece de ellas en el dolor tan grande que aflige su corazón. Nos descubre su humanidad, solloza y rompe en llanto por la muerte de un amigo entrañable.

Qué maravilla poder encontrarnos con este evangelio, sobre todo en estos días, donde la enfermedad se hace presente en gran parte del mundo, donde pareciera que Dios se ocupa de otros asuntos, donde comienza a escucharse: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Se vuelven palabras de consuelo y esperanza para cada uno de nosotros. Es la respuesta a tantas y tantas plegarias elevadas a Dios. Hermanos claro que, como a Marta, María, y Lázaro, también el Señor nos ama, le ha llegado la noticia de nuestra enfermedad, ve el dolor de su pueblo y se conmueve hasta lo más hondo.

Importante será en estos días difíciles, donde el “mal olor” generado por esta pandemia se hace presente, escuchar al Maestro decir: “¿No te he dicho que si crees, verás la Gloria de Dios?”

Esperanza desde la fragilidad y la incertidumbre…

El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima [EE 23].

El Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola nos recuerda que somos criaturas: no somos nuestros propios creadores. La realidad que vivimos hoy, efecto de la pandemia por el COVID-19, nos lleva a contactar con “mi” fragilidad, “mi” limitación, con “mi” dolor. Frágil porque hoy tengo salud y más tarde, no lo sé; hoy salgo de mi casa, pero no estoy seguro de regresar; limitado porque no puedo decidir el estar enfermo o no. El ser humano es limitado, vulnerable, pequeño, frágil. Hoy, esa realidad nos golpea dolorosamente.

Sin embargo, no estamos llamados a cerrarnos en esa limitación y fragilidad, pues también somos llamados al infinito; somos de linaje divino, creaturas hechas a su imagen y semejanza (Gn 1,26). Dostoyevski escribe en Los Hermanos Karamazov: “amar la vida, atreverse a abandonarse en ese gran amor que hay en él; únicamente después tendrá la posibilidad de buscar el sentido de todo ello”. Dios es el principio, centro y fin del ser humano, es Él quien nos da ser, sensibilidad e inteligencia. En Él tenemos la posibilidad de amar y ser amados. Desde el reconocimiento de esa realidad del sentido de la propia vida, aun aquello que no está en nuestras manos adquiere sentido, y no solamente para estos tiempos de emergencia sanitaria.

Esta situación que nos fuerza a contactar con nuestro miedo e impotencia por no poder asegurar la salud y la vida nos invita a no rehuirla, sino a vivirla desde la esperanza y la creatividad que nos da el ser co-creadores en este mundo, desde el amor y la compasión por el otro que no es de mi familia, desde la solidaridad con quien no posee lo que yo poseo, desde la empatía y la ternura. Esto dará un sentido más profundo a nuestra propia vida, al cuidado de mí mismo o al de los que amo, al cuidado del otro a quien no conozco, al cuidado de esta casa maravillosa que todos habitamos.

Gerardo Valenzuela, SJ - ITESO
 

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