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Martes, 11 de Diciembre 2018

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La verdad de Karen Cleveland

El thriller “Toda la verdad” llega precedido de un éxito en ventas y crítica en su edición en inglés

Por: El Informador

"Noto una sensación familiar en el pecho, la opresión, la necesidad apremiante de llorar. Respira hondo, Viv. Respira hondo.". CORTESÍA

-Malas noticias, Viv.

Oigo la voz de Matt, unas palabras que horrorizarían a cualquiera, pero el tono es tranquilizador. Desenfadado, como de disculpa. Es algo malo, seguro, pero que se puede solucionar. Si fuera algo malo de verdad, su voz sería más grave. Utilizaría una frase completa, un nombre completo: «Tengo malas noticias, Vivian».

Sujeto el teléfono con el hombro, ruedo con la silla hasta el otro lado de la mesa con forma de ele, hasta la computadora, que se halla centrada bajo los armarios altos y grises. Llevo el cursor hasta el icono con forma de búho de la pantalla y hago clic dos veces. Si es lo que creo que es -lo que sé que es-, no estaré mucho aquí trabajando.

-¿Bella? -pregunto.

La vista se me va a uno de los dibujos hechos con pinturas que están afianzados con tachuelas de colores a las altas paredes del cubículo, una nota de color en medio de este mar gris.

-Treinta y ocho y unas décimas.

Cierro los ojos y respiro hondo. No nos toma por sorpresa. La mitad de los de su clase se enfermaron, cayeron como fichas de dominó, así que sólo era cuestión de tiempo. Los niños de cuatro años se contagian con mucha facilidad. Pero ¿hoy? ¿Tenía que pasar hoy?

-¿Alguno más?

-Sólo la fiebre. -Hace una pausa-. Lo siento, Viv. Parecía que estaba bien cuando la dejé.

Trago saliva a pesar del nudo que noto en la garganta y asiento, aunque Matt no me ve. Cualquier otro día iría él a buscarla. Puede trabajar desde casa, al menos en teoría. Yo no, y agoté todos mis días libres cuando nacieron los gemelos. Pero Matt está llevando a Caleb al centro para la última ronda de citas médicas. Hace semanas que me siento culpable por no poder estar, y ahora no estaré y además seguiré tomándome un día que no tengo.

-Llegaré antes de una hora -aseguro.

Según las normas, disponemos de una hora desde el momento en que nos llaman. Si tenemos en cuenta lo que se tarda en llegar allí y el paseo hasta el coche -está en los confines de los vastos estacionamientos de Langley-, dispongo de unos quince minutos para dar por concluida la jornada. Quince minutos más que añadir a mi saldo negativo.

Miro de reojo el reloj de la esquina de la pantalla -las diez y siete minutos- y a continuación me fijo en la taza de Starbucks que tengo junto al codo derecho, el vapor que escapa por el orificio que hay en la tapa de plástico. Un gusto que me he dado, un capricho para celebrar este día que tanto tiempo llevaba esperando, un shot de energía para hacer más llevaderas las tediosas horas que se avecinaban. Unos minutos preciosos desperdiciados en una fila que podría haber empleado en examinar los archivos informá- ticos. Tendría que haberme limitado a lo de siempre, a la cafetera chisporroteante que deja posos flotando en la superficie del café.

-Es lo que les he dicho a los de la escuela -responde Matt.

En realidad la «escuela» es la guardería donde pasan los días nuestros tres hijos más pequeños, pero la llamamos escuela desde que Luke tenía tres meses. Leí que podía facilitar la transición, aliviar el sentimiento de culpa por dejar a tu hijo ocho o diez horas al día. No ayudó demasiado, pero supongo que cuesta cambiar el chip.

Hay otra pausa, y oigo a Caleb balbucear de fondo. Aguzo el oído y sé que Matt está haciendo lo mismo. Es como si estuviéramos condicionados a hacerlo cuando pasa eso. Pero no son más que sonidos vocálicos, sigue sin haber consonantes.

-Sé que se supone que hoy es el gran día... -dice al final Matt, dejando la frase sin terminar.

Estoy acostumbrada a esos vacíos, a las conversaciones evasivas cuando hablamos por mi línea no segura. Siempre doy por sentado que hay alguien escuchando: los rusos, los chinos. Ésa es la principal razón por la que la escuela llama primero a Matt cuando surge un problema. Prefiero que haga de filtro y evite que algunos de los detalles personales de los niños lleguen a oídos de nuestros adversarios.

Pueden llamarme paranoica, o simplemente analista de los servicios de contraespionaje de la CIA.

Pero lo cierto es que eso es todo lo que sabe Matt. No sabe que he estado intentando destapar una red de agentes encubiertos rusos, en vano. O que he desarrollado una metodología para identificar a las personas que forman parte del programa secreto. Sólo sabe que llevo esperando meses a que llegue este día. Que estoy a punto de averiguar si dos años de duro trabajo van a dar sus frutos. Y si tengo alguna posibilidad de lograr ese ascenso que tanta falta nos hace.

-Sí, bueno -respondo, moviendo el ratón adelante y atrás, viendo cómo carga Athena, el cursor con forma de reloj de arena-. Hoy lo importante es la cita de Caleb.

Mis ojos vuelven a centrarse en la pared del cubículo, los vivos dibujos hechos con pinturas. En el de Bella, un dibujo de nuestra familia, los brazos y las piernas son palitos que salen directamente de seis caras redondas y felices. En el de Luke, algo más refinado, hay una única persona, gruesos trazos dentados para colorear el pelo, la ropa y los zapatos. Pone MAMI con grandes letras mayúsculas. De su etapa de superhéroe. Soy yo, con una capa, las manos en las caderas y una S en la camiseta: Supermami.

Noto una sensación familiar en el pecho, la opresión, la necesidad apremiante de llorar. «Respira hondo, Viv. Respira hondo.»

-¿Las Maldivas? -sugiere Matt, y siento que un amago de sonrisa aflora a mis labios.

Siempre hace esto, encuentra la manera de hacerme sonreír cuando más lo necesito. Miro de reojo la fotografía de nosotros dos que tengo en un rincón de la mesa, mi preferida de la boda, hace casi una década.

Los dos tan felices, tan jóvenes. Siempre está- bamos hablando de ir a algún lugar exótico para celebrar nuestro décimo aniversario. Desde luego, ya no es posible, pero soñar es divertido. Divertido y deprimente.

-Bora Bora -propongo yo.

-No me importaría. -Vacila, y en ese intervalo vuelvo a oír a Caleb.

Más sonidos vocálicos. «Aah, aah, aah.» Calculo mentalmente los meses que Chase lleva haciendo sonidos consonánticos. Sé que no debería -todos los médicos dicen que no debería-, pero lo hago.

-¿Bora Bora? -oigo detrás de mí, fingiendo incredulidad. Tapo el micrófono con la mano y volteo. Es Omar, mi homólogo en el FBI, con una expresión de burla en la cara-. Creo que va a ser difícil justificarlo, hasta para la

Agencia. -Esboza una ancha sonrisa. Contagiosa, como siempre, y me hace sonreír.

-¿Qué haces aquí? -pregunto, con la mano aún tapando el micrófono. Caleb balbucea en mi oído. Esta vez son oes: «Ooh, ooh, ooh».

-Tenía una reunión con Peter. -Da un paso más, se sienta en el borde de la mesa. Le veo la silueta de la funda de la pistola en la cadera, a través de la camiseta-. Puede que la hora fuera una coincidencia o puede que no.

Mira de soslayo la pantalla de mi computadora y la sonrisa se le borra un tanto-. Era hoy, ¿no? A las diez de la mañana.

Miro la pantalla, oscura, el cursor aún con forma de reloj de arena.

-Era hoy. -El balbuceo ha cesado. Hago rodar la silla para voltearme, ligeramente, apartándome de Omar, y quito la mano del micrófono-. Cariño, tengo que dejarte. Ha venido Omar.

DR

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