Martes, 30 de Noviembre 2021

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Suplementos | Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

La religión en el mundo moderno

Jesús libró a la religión de la manipulación humana y la situó en su verdadero sentido: llevarnos a Dios en el amor al prójimo

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir». WIKIMEDIA/«El óbolo de la viuda», de James Tissot.

«los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir». WIKIMEDIA/«El óbolo de la viuda», de James Tissot.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: 

1 Re 17, 10-16.

«En aquel tiempo, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta. Al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí a una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: “Tráeme, por favor, un poco de agua para beber”. Cuando ella se alejaba, el profeta le gritó: “Por favor, tráeme también un poco de pan”. Ella le respondió: “Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos”.

Elías le dijo: “No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo. Después lo harás para ti y para tu hijo, porque así dice el Señor de Israel: ‘La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’ ”.

Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó».

SEGUNDA LECTURA

Heb 9, 24-28.

«Hermanos: Cristo no entró en el santuario de la antigua alianza, construido por mano de hombres y que sólo era figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para estar ahora en la presencia de Dios, intercediendo por nosotros.

En la antigua alianza, el sumo sacerdote entraba cada año en el santuario para ofrecer una sangre que no era la suya; pero Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Y así como está determinado que los hombres mueran una sola vez y que después de la muerte venga el juicio, así también Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquellos que lo aguardan y en él tienen puesta su esperanza».

EVANGELIO

Mc 12, 38-44.

«En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Éstos recibirán un castigo muy riguroso”.

En una ocasión Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir”».

“Amor en plenitud”

En las lecturas que la liturgia dominical nos ofrece esta semana podremos advertir y subrayar lo que, como fieles a la fe en Jesucristo, deberíamos de cultivar, cuidar y promover en nuestra vida y en todo el pueblo santo de Dios que, dicho sea de paso, lo conformamos todos.

En un primer momento, el advertir. Y por practicidad bien podríamos decirlo de otro modo, el cómo no debemos ser los que con sencillez podemos descubrirnos y declararnos como seguidores de Cristo. En la primera parte Jesús señala tres defectos que se manifiestan en el estilo de vida de los escribas, maestros de la Ley: soberbia, avidez e hipocresía. A ellos les encanta “que les hagan reverencia en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes”. Pero, bajo apariencias tan solemnes, se esconden la falsedad y la injusticia. También hoy, queridos hermanos en este camino de fe, existe el riesgo de comportarnos de esta forma. Por ejemplo, cuando se separa la oración de la justicia o cuando se dice que se ama a Dios y, sin embargo, se anteponen a Él la propia vanagloria e interés de particulares. O quizá dejando entrever entre los más letrados de nuestra santa madre Iglesia un marcado clericalismo, disfrazado de un gris pragmatismo, y que además hace notar sutilmente la posición o la investidura que se ostenta. Jesús lo señala hoy para hacer un llamado, para que atendamos con presteza a su enseñanza.

Como segundo momento, pero de igual importancia, mencionamos un ejemplar modelo que podemos tomar como propuesta todos los cristianos. Y es esta escena la que se ambienta en el templo de Jerusalén, precisamente en el lugar donde la gente echaba las monedas como su ofrenda. Había muchos ricos que echaban grandes cantidades, y una pobre mujer, viuda, que da apenas dos sencillas monedas. Jesús observa atentamente e indica a los discípulos el fuerte contraste de las dos actitudes. Los ricos han dado, con gran ostentación, lo que para ellos era superfluo, mientras que la viuda con discreción y humildad ha echado todo lo que tenía para vivir. Efectivamente, en su pobreza, ha dado más que todos los demás. Ella ha comprendido que, teniendo a Dios, lo tiene todo. Ella se siente amada totalmente por Él y, a su vez, lo ama totalmente.

Y hoy, queridos hermanos, Jesús nos dice también a nosotros que la medida para juzgar no es la cantidad, sino la plenitud. Hay una diferencia entre cantidad y plenitud. Alguien puede tener mucho dinero, pero ser una persona vacía. No hay plenitud en su corazón. No es cosa de tener, sino de corazón. Amar a Dios «con todo el corazón» significa confiar en Él, en su Providencia, y servirlo desinteresadamente en los hermanos más pobres y más necesitados, sin esperar nada a cambio.

Por ello, pidamos al Señor que nos admita en la escuela de esta pobre viuda, que Jesús pone de ejemplo de Evangelio vivo. Y que por intercesión de María se nos conceda el don de un corazón «pobre», pero «rico» de una generosidad alegre y gratuita.

La religión en el mundo moderno

El papel de la religión ya no es lo que era antes. Hay un debilitamiento de la religión. Desde el siglo XVIII, con el movimiento de la Ilustración, la religión y las religiones en el Occidente entran en una crisis muy seria; chocan con el racionalismo y las críticas de las nacientes ciencias humanas. La religión, sobre todo la cristiana, tiene que ver con el fenómeno de la secularización en la cual las realidades del ser humano y del mundo tienden a establecerse en una autonomía cada vez mayor, eliminando toda referencia religiosa. Algo muy claro es que la sociedad se emancipa de la tutela de la Iglesia. 

Hoy, la fe en Dios se ha hecho más problemática; sin embargo, es el momento de profunda renovación y salirnos de nuestras zonas de confort religioso para vivir bajo la acción del Espíritu de Cristo que nos hace ser mas pensantes, críticos, libres y abiertos a la trascendencia para vivir una religión cristiana en un mundo secular (por ejemplo, trabajar con grupos de compromiso social serio y de un profundo humanismo que no necesariamente profesan religión cristiana). 

Ante la experiencia de la religión y lo religioso, Jesús hizo una fuerte crítica, porque la religión se había pervertido. Libró a la religión de la manipulación humana y la situó en su verdadero sentido: llevarnos a Dios en el amor al prójimo. Insistió mucho con sentencias muy firmes y claras: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Desde la experiencia del Dios de Jesús hay un camino de recuperar la religión como una manera de entender que, como afirmaba el filósofo español Xavier Zubiri, “el hombre no es que tenga un problema de Dios, sino que el hombre es precisamente el problema de Dios”. 

A final de cuentas, no podemos hablar de Dios que no tenga que ver con lo humano, ni atender nada de lo humano que no lleve a Dios.

José Martín del Campo, SJ - ITESO 

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