Miércoles, 08 de Julio 2020

La esperanza ante la incertidumbre

En este domingo décimotercero ordinario del año, el tema para reflexión cristiana está tomado del final del capítulo décimo del Evangelio de San Mateo

Por: El Informador

“El que no toma su cruz, no es digno de mí”, Mt. 10, 37-42. ESPECIAL

“El que no toma su cruz, no es digno de mí”, Mt. 10, 37-42. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: 2 Rey. 4, 8-11. 14-16ª. “Este hombre es un hombre de Dios”.
EVANGELIO: Mt. 10, 37-42. “El que no toma su cruz, no es digno de mí”.
SEGUNDA LECTURA: Rom. 6, 3-4. 8-11. “El bautismo nos sepultó con Cristo para que llevemos una vida nueva”.

Las semanas pasan y el túnel se alarga cada día más, sí, con algunas luces (ciertos medicamentos aprobados por algunos gobiernos para tratar de disminuir los efectos de la enfermedad o el inicio en algunos países de pruebas de vacunas en humanos), pero todavía esas luces son pocas. También se hacen proyecciones que buscan simular el proceso que tendrá esta complicada situación sanitaria, pero la incertidumbre continúa. No obstante, existe la esperanza de que se encontrará salida a esta grave problemática global, a pesar de que al momento presente no se pueda hablar con certeza de cuál o cuáles serán las soluciones. Algo similar se ha vivido en otros momentos de la historia ante enfermedades de contagio que han afectado notablemente a la humanidad. 

En un artículo reciente (“Los virus del padre Kircher”, Letras libres, mayo 2020), Guillermo Sheridan –quien retoma un trabajo de Martha Baldwin (“Reverie in Time of Plague. Athanasius Kircher and the Plague Epidemic of 1656”)– nos recuerda que durante la terrible peste que azotó Roma en 1656 –y que duró hasta mediados del siguiente año– el célebre erudito jesuita Athanasius Kircher declaró que en ese momento ningún tratamiento médico era efectivo ante la peste, por lo que lo mejor –y único– que el ser humano entonces podía hacer era un “esfuerzo profiláctico”; pero Kircher también tenía la convicción de que no existía veneno en el mundo natural que no tuviera su respectivo antídoto natural, aunque en ese tiempo aún no se tuviera noticia de tal remedio contra la peste.

A pesar de la incertidumbre, la esperanza de aquel momento iba acompañada de acciones –Kircher sugería el mencionado esfuerzo profiláctico– y de actitudes ante uno mismo y ante los demás. Hoy nuestra esperanza también debe ir a la par de acciones y actitudes de cuidado, así como de responsabilidad y de solidaridad con los más necesitados y que, aunque quisieran resguardarse, tienen que salir de su casa para buscar su diario sustento. Cuidado, responsabilidad y solidaridad, acciones y actitudes que –en medio del túnel– nos ayudarán siempre a retroalimentar nuestra esperanza y a renovar nuestra propia humanidad.

Arturo Reynoso, SJ - ITESO

Domingo décimotercero ordinario

Jesús prepara a sus 12 discípulos 

En este domingo décimotercero ordinario del año, el tema para reflexión cristiana está tomado del final del capítulo décimo del Evangelio de San Mateo. Todo este capítulo es para disponer a quienes Cristo ha elegido para que vayan y sean testigos de su pasión, su muerte y su resurrección; para que sean los heraldos del rey, los mensajeros de la Buena Nueva.

Les da poderes: serán capaces de hacer milagros en su nombre. Les advierte que la tarea venidera será ardua y llena de peligros, y los alienta a ser valien tes, porque serán signo de contradicción, como lo ha sido el Maestro.

Se enfrentarán a dos ambientes adversos: por una parte sus compatriotas, los judíos, muchos enredados en preceptos humanos, en tradiciones, en fanatismo. Fariseos y saduceos eran posturas religiosas con fundamento en la ley y los profetas, más algunos radicalizados o apartados de la recta doctrina. Muy difícil había de ser sembrar la doctrina nueva, fresca, de Cristo el Salvador. Los gentiles, es decir los no judíos, a pesar de su filosofía y de ser los más cultos los griegos y los más ricos y poderosos los romanos, en ambos pueblos daban culto a un gran número de dioses, tantos como los oficios o pasiones humanas, y se entregaban a disfrutar sin sentido cuánto estaba al alcance de su tiempo y sus oportunidades. Difícil era hablar de renunciar para seguir a quien por su voluntad subió a Jerusalén para ofrecerse como víctima en la cruz por la salvación de todos.

La doctrina de Cristo es el camino real de la santa cruz. Dos palos, perpendicular el uno al otro -terror, espanto en otros tiempos, instrumento de muerte para los malhechores-, desde hace veinte siglos son signo de vida, de victoria, de esperanza.

En la cruz de Cristo nació la vida para todos los mortales; clavado en la cruz, Jesús no fue un vencido, sino el triunfador, venciendo a la muerte para siempre. y los ojos de todos, peregrinos en el tiempo, miran la cruz de Cristo como esperanza cierta.

José Rosario Ramírez M.

Un amor preferente

La Fe cristiana va en serio. Las comparaciones que utiliza Cristo en este evangelio hacen referencia a los afectos más profundos, sensibles, y delicados del corazón humano. Habla de la figura del padre, la madre, el hijo o la hija; Jesús afirma merecer un amor superior a todos estos amores, por eso hablamos que esto de la fe cristiana va en serio. La pregunta ineludible ante esto es si ¿nosotros estamos dispuestos a asumir así nuestra fe?

Pareciera que Jesús nos dice: “El que no me ama a ese nivel, no es digno de mí, tú te lo pierdes, no vamos a tener esa unión que Yo desearía tener contigo, no te hagas ilusiones, aunque seas cristiano, si tu amor no está por encima de los demás amores no eres digno de mí”. Él ha entregado todo por nosotros, la cruz es la máxima prueba de ello, pero si tú no estás dispuesto a entregarlo todo por Él no hay manera de realizar un pacto. Así de grande es la magnitud de la expresión “no es digno de mí”.

Si nos ponemos a reflexionar, lo que nos pide Jesús es que aprendamos a amarlo por encima de todas las cosas, de tu propia vida, de todos los demás amores. ¿Nos suena conocida la expresión: tienes que amarme por encima de todas las cosas? Claro que nos suena: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Este texto entonces es una proclamación clarísima de la divinidad de nuestro Señor, Dios hecho hombre, Dios cercano, pero, aunque cercano, no un Dios chiquito ni trivial. Dios real, grande, majestuoso, y con todos los derechos, ese es Cristo, y esa es la manera correcta para poder entender ese “no es digno de mí”.
Quien de verdad se encuentra unido a Cristo, hasta el más pequeño acto de amor, como el dar un vaso de agua, será considerado como un acto de amor ofrecido a Dios mismo. Si nuestro amor se ofrece al mismo nivel que el de Dios no dudemos que “si morimos con Cristo, viviremos con Él. Si perseveramos, reinaremos con Él”. 

Hoy Mateo nos pondría en la misma disyuntiva que señaló entonces, porque también nosotros tenemos un conflicto de fidelidades a dos reinos: el de Dios y el de nuestra sociedad de la producción y del consumo. O somos fieles al mensaje de Jesús, condensado en las bienaventuranzas y en su práctica de acogida a pobres, enfermos, desamparados, migrantes, hambrientos y marginados de toda clase; o bien optamos por la fidelidad al mundo en el que vivimos, donde los valores económicos convertido absolutamente todo en mercancía, y en el que unos pocos se están haciendo con las riquezas de nuestro planeta, mientras que una gran mayoría padece hambre, enfermedades y desprotección. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

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