Martes, 23 de Abril 2024
Suplementos | III Domingo de Cuaresma

Evangelio de hoy: «La casa de mi Padre»

El Templo de Jerusalén era la concreción física del anhelo del pueblo por convivir con su Dios, pero la historia ha mostrado que ese lugar material está sujeto a ser usurpado por el poder de este mundo

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre». WIKIPEDIA/Expulsión de los mercaderes del Templo, de El Greco

«Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre». WIKIPEDIA/Expulsión de los mercaderes del Templo, de El Greco

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Ex 20, 1-17

«En aquellos días, el Señor promulgó estos preceptos para su pueblo en el monte Sinaí, diciendo: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto y de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí; no te fabricarás ídolos ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o en el agua, y debajo de la tierra. No adorarás nada de eso ni le rendirás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian; pero soy misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos.

No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios, porque no dejará el Señor sin castigo a quien haga mal uso de su nombre.

Acuérdate de santificar el sábado. Seis días trabajarás y en ellos harás todos tus quehaceres; pero el día séptimo es día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el forastero que viva contigo. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, pero el séptimo, descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni a su mujer, ni a su esclavo, ni a su esclava, ni su buey, ni su burro, ni cosa alguna que le pertenezca’’».

SEGUNDA LECTURA

1 Cor 1, 22-25

«Hermanos: Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres».

EVANGELIO

Jn 2, 13-25

«Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre».

«La casa de mi Padre»

«Sin duda una de las escenas más impactantes de la vida del Señor es la que nos describe el evangelio de este domingo. Es la versión del evangelio de san Juan de la expulsión de los mercaderes del Templo. A diferencia de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) que ponen este evento al final de la vida del Señor, Juan lo pone justo al inicio, como un símbolo poderoso de lo que será su vida pública: la purificación de la imagen de Dios prevaleciente en el judaísmo devoto de su época y el tipo de práctica religiosa que realmente une al ser humano con su Creador.

En el relato de Juan, el Señor llama al Templo “la casa de mi Padre” (los sinópticos hablan de “casa de oración”), y denuncia que la hayan convertido en un mercado. La casa es el lugar donde la familia se encuentra alrededor de la mesa, donde se convive y se celebra, donde se nutren las relaciones que nos unen desde el amor. Eso es lo que Dios quería para su Templo.

Desde luego que en la denuncia que hace Jesús no sólo habla de la compra-venta que se hacía en el patio de los gentiles donde se vendían los animales del sacrificio y se cambiaban las monedas paganas (impuras) por las que acuñaba el Templo (puras). El Señor denuncia como robo toda una práctica pseudo-religiosa que había convertido a Dios en objeto de consumo y de comercio, bajo el control de una élite que se beneficiaba de la fe sencilla del pueblo.

Una auténtica religión, religa al ser humano con Dios, es decir, debe traducirse en una experiencia de encuentro interpersonal. Dios viene a nuestro encuentro y quiere entablar una relación de amor en comunión con cada persona. El camino religioso permite al ser humano recuperar su sensibilidad para descubrir el valor absoluto de cada persona, creada a imagen de las Personas divinas.

El ser humano ha tenido siempre la tentación de convertir la religión en una ideología de control, en la administración de lo sagrado, en el control y manipulación de los “objetos sagrados”. Esto ha llevado al absurdo de considerar que un “objeto sagrado” es más valioso a los ojos de Dios que la persona humana. Por eso para los fariseos el “sábado” es más importante que el sufrimiento de un hermano que necesita ser sanado.

El Templo de Jerusalén era el “lugar del encuentro”, la concreción física del anhelo del pueblo por convivir con su Dios. Pero la historia ha mostrado que ese lugar material está sujeto a ser usurpado por el poder de este mundo y ser convertido en una “cueva de ladrones”. Su sentido simbólico se había pervertido para convertirse en el más grande “objeto sagrado” controlado por quienes decidían quién era digno de acercarse al encuentro y quien no. Y, además, cobraban por la entrada.

Estos encargados del Templo le piden al Señor una señal (de poder) que avalara que tenía “autoridad” para hacer lo que estaba haciendo. Él les responde que Dios solamente dará una señal: “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”, alusión clara al misterio de la cruz.

Sus interlocutores no lo entienden. Están en otra frecuencia. Siguen pensando en el Templo de Piedra cuando Jesús habla de su cuerpo, de su humanidad. Después de la entrega del Señor por nosotros en la cruz, su cuerpo resucitado y presente en medio de nosotros en la fracción del pan, es el lugar del encuentro de los creyentes con Dios. Nos enseña que a Dios lo encontraremos cada vez que alguien entregue su vida por Amor para que otras personas tengan vida.

Alexander Zatyrka, SJ - ITESO

Dios conoce nuestro corazón

Nos encontramos ya en el tercer domingo del tiempo de Cuaresma, tal vez hayamos perdido un poco el sentido del por qué o para qué nos comprometimos en realizar algunos propósitos u ofrecimientos durante nuestro día. Es como sí nos encontráramos en el bosque, con agua, comida, una linterna, pero sin mapa y sin brújula. ¿Qué es lo que va a suceder? Lo más seguro es que nos perdamos; así pues, puede que nos encontremos perdidos a estas alturas de la cuaresma.

Y la Iglesia, en su sabiduría, como nuestra Madre y Maestra, nos viene a otorgar ese mapa y esa brújula que tanta falta nos hace. Es precisamente en el Evangelio de este tercer domingo de cuaresma que se nos vuelve a orientar en el camino. Podemos observar a nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con una actitud que nos puede resultar un tanto familiar. Vemos cómo nuestro Señor se llena de celo y expulsa a aquellos que han profanado la casa de su Padre, muestra un verdadero celo fundado en el respeto a lo sagrado, que no puede tener otro origen que en el amor mismo.

Por amor, se defiende aquello que se ama. Surge entonces la pregunta: ¿Qué o a quién amas? Observemos en nosotros mismos sí hay algo que obstaculiza nuestra relación con Dios o es Dios quien obstaculiza nuestra relación con nuestros intereses. La cuaresma es el tiempo propicio para recordar que lo material se encuentra al servicio de lo espiritual, esto es, de nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo y con nosotros mismos, evitando a toda costa servirse de lo sagrado para satisfacer lo mundano. Y así, como nuestro Señor purificó el Templo de aquellos ambiciosos, nosotros debemos de purificar nuestro corazón y regresarle aquella dignidad de la que en un principio gozaba. Nuestro corazón es un lugar sagrado.

Evitemos a toda costa vivir en apariencias, el principal beneficiario o perjudicado por nuestras propias acciones, omisiones o actitudes somos nosotros mismos. 

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