Jueves, 29 de Febrero 2024

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“Escucho tu Palabra, Señor, y te sigo para ser pescador de hombres”

Dios nos vuelve a decir: “Levántate y ve a anunciar el mensaje que te voy a dar”, pero, ¿cómo voy a anunciar un mensaje que no he querido escuchar

Por: El Informador

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Jon 3, 1-5. 10

«En aquellos días, el Señor volvió a hablar a Jonás y le dijo: “Levántate y vete a Nínive, la gran capital, para anunciar ahí el mensaje que te voy a indicar”.

Se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. Nínive era una ciudad enorme: hacían falta tres días para recorrerla. Jonás caminó por la ciudad durante un día, pregonando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”.

Los ninivitas creyeron en Dios, ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles.

SEGUNDA LECTURA

1 Cor 7, 29-31

«Hermanos: Les quiero decir una cosa: la vida es corta. Por tanto, conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no compraran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran de él; porque este mundo que vemos es pasajero».

EVANGELIO

Mc 1, 14-20

«Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”.

Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús».

“Escucho tu Palabra, Señor, y te sigo para ser pescador de hombres”

En este Domingo de la Palabra de Dios, el cual, se celebra el tercer domingo del tiempo ordinario, deberíamos estar viviendo de una manera nueva, desde la renovación que hemos tenido al contemplar al Salvador recién nacido y confirmar que realmente Dios se ha hecho hombre, no solo para demostrar su poder o misericordia, sino para que el hombre descubra su verdadera identidad y conforme vaya manteniéndose en ella, poco a poco crezca en divinidad, es decir, que cada vez se haga más santo como Dios es Santo.

Desde la cotidianidad, Jesús quiere actuar, quiere ser parte de nuestro día a día. Él siempre sale al encuentro, siempre está dispuesto a actuar en nosotros y por nosotros, pero somos nosotros los que impedimos que actúe, lo ignoramos y dejamos de crecer en nuestra vida cristiana, nos dejamos arrastrar por las ideologías que, aunque son débiles, somos nosotros los que no tenemos la fuerza para superarlas.

Desde la primera lectura, Dios nos vuelve a decir: “Levántate y ve a anunciar el mensaje que te voy a dar”, pero, ¿cómo voy a anunciar un mensaje que no he querido escuchar? Es momento de hacer a un lado todo el ruido, silenciemos las modas, las redes sociales, la popularidad, silenciemos todo lo que me impide escuchar a Aquel que tanto me ama y para no aplazarlo tanto, te invito a hacer silencio en este momento, repite en tu interior las palabras de Samuel: “habla Señor que tu siervo escucha”.

La vida es corta y en cuanto menos lo pensamos, la salud, los hijos, los padres, los días y los años van pasando y a pesar que podemos intuir su caducidad, seguimos adormecidos y nos aferramos a creer que con solo “decretarlo” todo va a suceder a mi gusto, como si viviéramos en el mundo mágico de alguna película. Estamos llamados a la vida eterna, por lo que la muerte debe ser vista como la entrada a ella y la vida terrena como un medio de preparación, en donde si queremos, Jesús nos acompañara muy de cerca.

El tiempo se ha cumplido y ha llegado a su plenitud, es momento de responder al llamado que Dios nos hace a estar con Él para aprender de él y así poder dejar atrás todo aquello que nos aleja de Él, todo aquello que va contra nuestra identidad y contra el proyecto de salvación que el tiene para nosotros. ¿Cuáles son las redes que necesito dejar? ¿Qué me impide atender el llamado que Dios me hace a vivir en plenitud? ¿Puedo identificar algunos miedos? ¿Cuáles son esas falsas seguridades a las que me aferro?

Debemos de aferrarnos con todas nuestras fuerzas al llamado que Jesús nos hace, recordando que ese llamado no solo es a seguir una serie de puntos, sino que implica toda nuestra persona, nuestra sexualidad, nuestra mente, nuestro cuerpo, incluye nuestra realidad toda y no solo por un tiempo determinado, sino que Dios nos pide todo y nuestro corazón de igual manera anhela ser todo de Dios y para Dios.

Ser testigos de la muerte y resurrección

Ante el fenómeno que todos constatamos de la pérdida de una vida cristiana sólida -es decir, fundamentada en el evangelio-, es necesario recuperar nuestra vocación de ser testigos de la muerte y resurrección de Cristo.

Un testigo es alguien que se identifica con una causa justa que la muchedumbre y los grandes detestan, y que por esa causa justa arriesga su vida. Quien da testimonio de una verdad no lo hace en nombre de una evidencia irrefutable de un hecho empírico. Sin embargo, habla en nombre de una certeza interior que tiene para él fuerza de una evidencia. No es inútil recordar que la palabra testigo es lo equivalente a mártir. Por lo tanto, nuestra invitación como cristianos es a ser testigos del acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo.

Este acontecimiento se hubiera perdido en la historia y no hubiera tenido ninguna importancia si careciera de testigos. San Pablo nos dice que si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe y seríamos los hombres más desgraciados. La condición para ser apóstoles era que fueran testigos de la resurrección. Por eso en nuestra vida el recuerdo es más que la evocación psicológica del acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, y es más bien una actualización que la misma realidad recordada que modifica decisivamente la situación presente y determina el futuro. El testigo debe representar el acontecimiento, y para eso no queda otro medio que el lenguaje, la narración, la confesión, la vida, inclusive el propio cuerpo.

Dice san Pablo que debemos de llevar una vida crucificada, llevar en el cuerpo el morir de Jesús para experimentar una vida resucitada. La consecuencia de ser testigos de la muerte y resurrección es ser embajadores de Cristo; esto implica estar en misión, trabajar, colaborar, orar, celebrar los sacramentos con la finalidad de que nuestra historia tenga esperanza, pero en esta vida; que experimentemos una fuerza del resucitado para optar siempre por la vida, por el amor, por colaborar siempre, por la solidaridad, el compromiso por el respeto al otro y a los otros. A final de cuentas, se trata de ser precisamente testigos de que, a pesar de todo, Dios hará que la vida sea la que triunfe.

José Martín del Campo, SJ - ITESO
 

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