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Martes, 12 de Noviembre 2019
Suplementos | Vigésimo domingo ordinario

El que persevera alcanza

La palabra de Dios hoy nos hace un llamado a perseverar en la oración y a no buscar la justicia mediante la violencia

Por: El Informador

"Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando". ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

Primera lectura

Ex. 17, 8-13.

Cuando el pueblo de Israel caminaba a través del desierto, llegaron los amalecitas y lo atacaron en Refidim. Moisés dijo entonces a Josué: "Elige algunos hombres y sal a combatir a los amalecitas. Mañana, yo me colocaré en lo alto del monte con la vara de Dios en mi mano".

Josué cumplió las órdenes de Moisés y salió a pelear contra los amalecitas. Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre del monte, y sucedió que, cuando Moisés tenía las manos en alto, dominaba Israel, pero cuando las bajaba, Amalec dominaba.

Como Moisés se cansó, Aarón y Jur lo hicieron sentar sobre una piedra, y colocándose a su lado, le sostenían los brazos. Así, Moisés pudo mantener en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a los amalecitas y acabó con ellos.

Segunda lectura

2 Tm. 3, 14-4, 2.

Querido hermano: Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena.

En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, te pido encarecidamente, por su advenimiento y por su Reino, que anuncies la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría.

Evangelio

Lc. 18, 1-8.

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

"En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: 'Hazme justicia contra mi adversario'.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: 'Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando'".

Dicho esto, Jesús comentó: "Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?"

El que persevera alcanza

La parábola que la liturgia de la palabra nos ofrece para reflexionar en este domingo, nos presenta la imagen de una viuda que, por su perseverancia en la súplica, obtiene el favor de un juez, quien ante la insistencia de la mujer decide hacerle justicia. Pensar en la viuda no necesariamente debe llevarnos a relacionarla con una mujer de avanzada edad. Eran muchas las que se quedaban solas en edad muy joven. Su futuro, pues, lo debían resolver luchando. Si a ello añadimos que la mujer no tenía posibilidades en aquella sociedad judía, entenderemos mejor la segura frustración que pudo haber experimentado, en su momento, ante una enorme espera, una sociedad indiferente a sus necesidades, y la desquiciante apatía de quien debería impartir justicia.

¿Qué fue lo que le alcanzó a esta mujer el favor del juez? Su palabra y su constancia. No usa métodos violentos para obtener resultados que le favorezcan, pero sí su convicción de que tiene derechos a los que no puede renunciar. Su perseverancia nos hace recordar que se puede conseguir lo que parece imposible sin necesidad de utilizar métodos que vayan en contra de la misma justicia que se busca. La palabra de Dios, hoy nos hace un llamado a todos los sectores de nuestra sociedad que, de alguna manera, nos sentimos molestos, frustrados, desesperados porque no se hace o no se vive con justicia, a no buscar con la violencia, la rebeldía, el vandalismo, el fanatismo, el egoísmo, entre otros, hacernos “justicia “ por nuestra propia cuenta. La viuda no da ejemplo sólo de su perseverancia, también manifiesta un apego pleno a la verdad, una lucha constante en la mansedumbre, un amor puro al bien común.

Ojalá que las nuevas viudas de este mundo, es decir, todos aquellos que se sienten desamparados por su comunidad, por sus autoridades, perseveren en la convicción de defender sus derechos, pero nunca violentando la vida de los demás, nunca renunciando al fundamento de la verdad, nunca viviendo al margen de la ley y la justicia que son indispensables para el bien vivir.

En segundo lugar, y no por ello menos importante, el evangelista busca resaltar con la imagen del juez que favorece a esa pobre viuda por su perseverancia la bondad con la que, sin duda alguna, Dios socorrerá a todo aquel que lo busque con la misma actitud de la mujer. Porque Dios, a diferencia del juez, es nuestro Padre. Dios es juez, si queremos, de nombre, pero es Padre y tiene corazón. De esa manera se entiende que reaccionará de otra forma, más sensible a la actitud de confianza y perseverancia de los que le piden, y especialmente de los que han sido desposeídos de su dignidad, de su verdad y de su felicidad.

La lección es clara: Si un juez que deja tanto que desear porque es un perfecto sinvergüenza que ni teme a Dios ni le importan los hombres, acaba por hacer justicia a una pobre viuda que le importuna insistentemente, cuánto más Dios, que es Santo y Justo, atenderá la oración perseverante de sus hijos.

Con los brazos en alto

El hombre de este siglo XXI es con frecuencia interrogado sobre temas de política, de bienestar en su comunidad, de esos asuntos traidos y llevados por las multitudes, de deportes, de su equipo de futbol, y responde y opina. En este domingo surge no una, sino un racimo de preguntas a este hombre que siempre está de prisa, siempre con su mente atiborrada de ruidos y de imágenes. Tú, hombre de hoy, ¿sabes orar? ¿Quieres orar? ¿Sabes si es necesaria la oración en tu Vida? ¿Para qué orar? ¿Cómo orar? El siglo actual tiene sus elementos singulares y por todos los factores del cambio, no sólo climático, sino en los seres humanos, en su pensamiento, en sus anhelos, en sus acciones; aunque todos luchan por el pan de cada día, son distintas las maneras de buscarlo y los caminos para alcanzarlo. Globalización, anonimato, multitudes, masas humanas, despersonalización, mecanización, tecnificación y, en lo profundo del pensamiento, secularización y ateísmo teórico o práctico, se aprecian en algunos estratos de la vida social. Ahora la presencia de Dios se siente lejana o borrosa. Siente el hombre su dominio sobre los espacios siderales y los abismos de los océanos, y con la ayuda de la ciencia y de la técnica confía en obtenerlo todo y cree no tener necesidad de la mano invisible de Dios. Así, ¿qué sentido tendrá la oración?

¿Qué es la oración del cristiano? La oración es la relación viva del hombre que tiene fe, y con la oración se relaciona la criatura con su Creador. Es un acto de fe en la presencia cierta, no visible, de Dios tres veces santo y una comunicación con Él. Dios ha venido al encuentro del hombre, le damos el nombre de Emmanuel —Dios con nosotros— y ha venido a mostrar el camino de salvación, a ofrecer su amor, y este amor encuentra su más alto fin en la respuesta en el recíproco amor, el del hombre a Dios porque Él amó primero. Un hombre solitario en el desierto, el hermano Carlos de Jesús, pasaba largas horas en oración y, preguntado, respondió: “Orar es pensar en Dios amándole”. Santa Teresa de Jesús —la grande, la de Ávila— definió así la oración: “Tratar de amor con quien sabe de amor”. Porque la verdadera oración tiene dos profundas raíces: la fe y el amor. Porque el hombre cree en Dios y porque se siente amado por Dios, a Él se dirige. Sea la forma de orar la que sea, si con el pensamiento, si con palabras, si con cantos y otras muchas maneras, ¡qué bien ora quien bien vive!

La oración es una actitud fundamental del cristiano. Por eso el culto divino. La Iglesia ha ido perfeccionando el culto a Dios con la liturgia —conjunto de ritos y formas— en la misa, el Oficio Divino, la administración de los sacramentos y los sacramentales. Es la Iglesia orante, es el cuerpo místico de Cristo unido en fe y caridad, y a una vez todos alaban al Señor.

¿Para qué orar? En la primera lectura de la misa de este domingo, el escritor sagrado narra que los amalecitas emprendieron batalla contra el peregrino pueblo de Israel. Mientras los israelitas luchaban encabezados por -Josué, Moisés, en lo alto del monte, oraba con los brazos en alto. Cuando se cansaba y los dejaba caer. Amalee dominaba; sus cercanos se esforzaron para levantarle los brazos y cambiaba la suerte a favor de los israelitas. Si le preguntaran a Moisés ¿para qué orar? breve sería la respuesta: “Para triunfar”. Para triunfar, el hombre debe orar. El hombre es un ser limitado en el tiempo, en el espacio, en su propia capacidad, en sus fuerzas físicas, psicológicas e intelectuales. No hay superhombres en este planeta. Por eso descubre, adquiere, una visión profunda, conoce el poder y la bondad de Dios y la dependencia absoluta de su Creador, y así surge en el corazón humano el impulso de adorar, de dar gracias, de pedir perdón, de implorar algún bien, y esas son sus intenciones al orar.

José Rosario Ramírez M.

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