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Martes, 12 de Diciembre 2017

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El alfarismo

¿Qué es y cómo se configuró el proyecto político que encabeza las tendencias electorales rumbo a 2018?

El alfarismo es un proyecto que aspira a integrar a pobres y a ricos. EL INFORMADOR/ J. López

El alfarismo es un proyecto que aspira a integrar a pobres y a ricos. EL INFORMADOR/ J. López

La figura de Enrique Alfaro desata simpatías y antipatías. Para unos es el político del cambio, de la firmeza y la transformación. Para otros es un líder gatopardista que representa la continuidad del sistema. La realidad es que su aparición como actor político de primera línea en la elección de 2009 en Tlajomulco y, posteriormente, en la elección a gobernador en 2012, ha modificado el plano cartesiano político de Jalisco. Primero, rompió el bipartidismo y, luego, se adueñó del principal discurso de oposición al PRI en la Entidad.

El alfarismo como cualquier movimiento político se compone de cambios y continuidades. Ninguna plataforma política, por más “transformadora” que sea, se edifica sobre y desde la nada. El alfarismo se integra de las cenizas del PAN, el debilitamiento de la izquierda partidista en Jalisco y la crisis de credibilidad del sistema de partidos. Es decir, el alfarismo se alimenta de fuentes que son políticamente disímbolas. Eso explica que Movimiento Ciudadano (MC), la plataforma partidista que ha usado el alfarismo para tener representación en las instituciones, se integre de políticos tan diferentes y con ideologías que podrían parecer agua y aceite. Clemente Castañeda y Alberto Esquer; Esteban Garaiz y Héctor Álvarez; Enrique Ibarra y Ramón Guerrero. Las coyunturas que explican el surgimiento del alfarismo como movimiento político también explican sus contradicciones internas.

El alfarismo tiene al menos cinco engranajes que permiten constituirse como movimiento político. El primero, es un proyecto no ideológico. Cuántas veces hemos escuchado: Alfaro no es de izquierda. El alfarismo integra dos narrativas que buscan esquivar el pegamento ideológico: la honestidad-austeridad- y la eficacia. La primera fue la bandera histórica del PAN, diluida en la incredulidad tras los escándalos de corrupción en 18 años de Gobierno. La segunda, la del PRI: “sabemos gobernar”-eficacia. En campaña le pregunté al hoy alcalde de Guadalajara: ¿Cuál es tu ideología? Y me respondió: “gobernar bien (eficacia) y no robar (honestidad)”. El pragmatismo es la brújula del alfarismo, tratando de esquivar el debate ideológico que polariza.

Segundo, depende de un líder. A diferencia de los partidos clásicos que, si bien eran configurados innegablemente por “cabezas”, en este caso el proyecto político está atado a la figura de Enrique Alfaro. La elección pasada es una demostración. Lo único que une a buena parte del movimiento político es su lealtad a Alfaro; en cualquier otro contexto seguramente serían acérrimos rivales político. Eso genera una paradoja: el alfarismo intenta escapar de la idea clásica del partido político, pero en la medida en que capta más adeptos y, por lo tanto, más puestos de representación, su cohesión depende de tener un partido tradicional con sus comités, sus militantes y órganos de representación. No sabemos si el fin de la trayectoria política de Enrique Alfaro significará el epitafio del alfarismo como tal, pero al día de hoy depende de los juicios y decisiones del líder.

Tercero, es un movimiento que intenta denunciar al establishment, pero que se asume como una opción de “orden” más que de ruptura. Al ser un proyecto político de orden -la palabra que más se le escuchó a Enrique Alfaro en campaña y durante sus primeros meses de alcalde-, combina el discurso de cambio con el pragmatismo del pacto político y transmite tranquilidad a algunos poderes fácticos. Es un proyecto reformista cimentado en el estado de derecho y la legalidad, por lo que es más bien un regenerador del sistema mismo y no una propuesta antisistema. Estos son los matices del alfarismo, conjuga un discurso que reniega y se opone a quien gobierna, pero al mismo tiempo no propone la transformación de las relaciones sociales como las conocemos. Es un equilibrio tan complejo que muchas veces parece que cabalga sobre contradicciones.

Un cuarto elemento es su transversalidad. Rehusarse a asumir posturas ideológicas marcadas, le ha permitido al alfarismo situarse en un pantanoso y difuso pero innegable centro político. Incluso, el uso de la palabra “ciudadano” -y no la de pueblo o los excluidos- también apela a la transversalidad, incluso entre segmentos socioeconómicos. Las encuestas de salida de la elección intermedia de 2015 nos revelan que el alfarismo, a través de su vehículo que es MC, se convirtió en un espacio electoral que cachó votos de todas las clases sociales, segmentos educativos, grupos de edad y género. En 2012, el núcleo electoral del alfarismo seguía constreñido a la población con estudio y mayor nivel económico, perfil de votante que mantuvo en 2015 y que amplió a otros segmentos electorales antes panistas o incluso priistas -si analizamos a fondo las encuestas de salida-. La transversalidad hace que el alfarismo no sea un movimiento de clase ni de nicho, sino un proyecto que aspira a integrar a pobres y a ricos (como lo logró el PAN durante 15 años).

Y, por último, el alfarismo es un proyecto político que coloca a la comunicación en el centro de las prioridades. La comunicación doma a la política. Como sucede en muchos países del mundo, como España, Italia o Canadá, los partidos políticos emergentes dependen cada vez menos de sus estructuras de masas y movilización, y cada vez más de su articulación con los procesos de comunicación y las redes sociales. Ciudadanos en España, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia o los liberales en Canadá se están transformando en partidos -comunicación, agrupaciones políticas que se asumen como portadoras de un mensaje político simple más que como organizaciones complejas como solían ser los partidos tradicionales. Los viejos partidos políticos no desaparecerán, pero si mutarán. Si la revolución industrial trajo consigo la aparición de los partidos de clase, los obreros y los de cuadros, la revolución tecnológica que vivimos también modificará la forma en que los partidos políticos se relacionan con los votantes y sus simpatizantes. La era de la política 2.0 en redes sociales e internet será decisiva para la nueva configuración del sistema de partidos y veremos cada vez más a partidos como MC o plataformas como “wikipolítica” que entienden la acción política de forma no convencional. La comunicación se coloca en el centro de las prioridades del proyecto político.

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