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Martes, 25 de Septiembre 2018

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Creemos en la vida eterna

Este domingo, el evangelista San Lucas presenta una escena ya en los últimos días de la vida pública de Cristo

Por: El Informador

La hora de Cristo, la hora de la llegada del esposo, no es una hora especial, distinta de las otras, es una hora como ésta, es una hora cotidiana. ESPECIAL

La hora de Cristo, la hora de la llegada del esposo, no es una hora especial, distinta de las otras, es una hora como ésta, es una hora cotidiana. ESPECIAL

• XXXII domingo del tiempo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Sabiduría 6, 12-16:

“La sabiduría con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los tesalonicenses 4, 13-18:

“Si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”.

EVANGELIO
San Mateo 25, 1-13:

“Llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta”.

Cristo, con su muerte en la cruz y su Resurrección gloriosa al tercer día, abrió de par en par las puertas del cielo, para que entre en la intimidad con Dios, para siempre, el ser humano creyente.

En este domingo, el evangelista San Lucas presenta una escena ya en los últimos días de la vida pública de Cristo. A muchos no les agradó ni la persona ni el mensaje de Jesús de Nazaret, y buscaron por distintas maneras hacerlo caer en contradicción, en error, en confusiones, para desvirtuar la Buena Nueva de verdad, de amor y de vida. Primero fueron “los separados”, los fariseos, y fue inútil su campaña. Ahora son los saduceos, casta sacerdotal privilegiada, portavoces de las familias adineradas, situados en los círculos de poder y en alianza con la Roma imperial. Eran radicalmente materialistas, y por lo mismo negaban la otra vida, la resurrección de los muertos. Le salieron a Jesús con argumentos irrisorios y deshilachados, con un caso irreal: Una mujer que fue esposa sucesivamente de siete hermanos; y como todos murieron, allá, cuando ella muera, ¿de cuál de los siete habrá de ser esposa? Más bien mueve a risa su necia pregunta. Pero la respuesta es la luz sobre el misterio de la resurrección de los muertos y de la vida después de la vida terrena.

La muerte es el final de la vida terrena. Es el “salario del pecado”. Por el pecado vino la muerte. La vida de cada uno es para ser medida en el tiempo: fecha de nacimiento, fecha de defunción; y en este espacio temporal, cambios, diversas condiciones, alegrías, tristezas y la ineludible presencia no de la guadaña, ni del personaje armado de sólo huesos, sino de algo tan simple como que un órgano del cuerpo, el corazón, se aquieta, deja y dejará de latir, y por la boca ya no asomará el aliento vital. ¿Resucitará? ¿Quién lo resucitará? ¿Cómo resucitará? Nadie se resigna a morir del todo. Ante esas aspiraciones del mortal y ante las muchas respuestas de los hombres de hoy al misterio de la muerte, la fe del cristiano en la resurrección, en la inmortalidad, es el presupuesto fundamental. La resurrección y sus consecuencias son verdades claramente expuestas y definidas en la Sagrada Escritura, de una manera especial en el Nuevo Testamento. Sobre este trascendente y profundo tema, así está escrito en el Catecismo Holandés: “La Resurrección es la confirmación de la total victoria de Jesús sobre el destino. Por la Resurrección, la cruz ha llegado a ser el símbolo más divino que la humanidad ha conocido jamás. La resurrección significa la expansión definitiva de la vida, significa el amor. Nuestra persona no será anulada en la muerte, como enseñan el humanismo laico y el marxismo. Ni nos disolveremos en el Todo, como dan a entender el hinduismo y el budismo. Tampoco llevaremos una especie de vida eterna terrestre, lejos de Dios, como promete el islamismo. Nosotros seremos todo para todos y todo para Dios, en un amor personal”.

“Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales, por su Espíritu que habita en nosotros”. Así con aplomo, con valentía, con toda certeza, habla a los romanos el Apóstol de los gentiles, San Pablo. Los romanos eran paganos, eran los amos del mundo de entonces, mas también para ellos habría muerto y resucitó Jesús, el Mesías esperado. Mas la fe en la resurrección de los muertos tiene relación íntima con la resurrección del Señor: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11, 24).

Él mismo promete que resucitará en el último día a los que hayan creído en Él y “hayan comido su cuerpo y hayan bebido su sangre” (Juan 6, 54). anunciando así su propia resurrección. Ser testigo de Cristo es ser testigo de su resurrección (Hechos 1, 22). Así la esperanza cristiana en la resurrección está marcada con la aceptación de Cristo resucitado. La fuerza de la fe cristiana tiene, por tanto, su fundamento en la resurrección de Jesús. Por él, la muerte ha sido vencida; por Él, cualquier sufrimiento tiene sentido; por Él, la persona trasciende el espacio y el tiempo; por Él, el hombre es más que el hombre: es inmortal; por Él, el hombre entra en la intimidad con Dios y para siempre. La esperanza es una verdad teologal que el Espíritu infunde en la voluntad, y por ella el creyente confía con seguridad llegar a conseguir los bienes prometidos por Dios, y el principal es la vida eterna y también los medios necesarios para alcanzarla.

José Rosario Ramírez M.

No está prohibido dormir

La invitación que nos hace el evangelio de este domingo a la vigilancia, para no dejarse sorprender, se debe relacionar necesariamente con la necesidad de la sabiduría, de la cual nos refiere la primera lectura.

Las doncellas sensatas van provistas de ese aceite que es precisamente la sabiduría.

Es preciso aclarar que la vigilancia no se puede confundir simplemente con la capacidad de vencer el sueño. Se puede, y hasta se debe, dormir, estando al mismo tiempo vigilantes. Precisamente el abandonarse serenamente al sueño, dejando a un lado ansias, preocupaciones, dolores, miedos, puede ser un signo de sabiduría.

También el cristiano tiene sueño y duerme como todos. A las jóvenes previsoras les entró sueño igual que a sus compañeras descuidadas. Cristo no pide que se renuncie al descanso, sino que se vigile, o sea, que se rompa con las actividades del mal, con las obras de las tinieblas. Lo cual es totalmente distinto.

La vigilancia que refiere el Evangelio, es la capacidad de acogida, se orienta hacia alguien. Esta espera se traduce en acogida del presente, de estos días. Sin perder de vista el futuro, es necesario estar presentes en el presente.

La verdadera espera no salta por encima ni deja de lado el hoy. Tampoco puede contenerse aprisionada en el hoy. No es posible nutrirse de una esperanza fuera del tiempo, ni tampoco de esperanzas limitadas.

No debemos ser ajenos al hoy, pero no permitirnos que la realidad presente nos ciegue respecto al futuro. Se trata, dicho de una manera un tanto extraña, de tomar en serio las realidades últimas y, al mismo tiempo, tomar decididamente posiciones ante las penúltimas.

El mejor modo para esperar es vivir en plenitud cada instante. No desentenderse de nada, no dejar pasar ni siquiera el más minúsculo acontecimiento sin prestarle atención y sin asumirlo responsablemente.

La hora de Cristo, la hora de la llegada del esposo, no es una hora especial, distinta de las otras, es una hora como ésta, es una hora cotidiana.

No se puede improvisar esa hora, ni puede aplazarse, ni pasar de unas manos a otras. Se prepara dando valor y significado a todas las demás horas.

No se puede pretender ser reconocidos por Cristo, si no nos preocupamos de que su mensaje y su voz nos sean familiares, si no nos comprometemos  a traducir su palabra en la vida.

Las palabras pronunciadas por el esposo, refiriendo que nos las conoce, no es casualidad, sino que son consecuencia de la falta de escucha y atención a sus palabras en lo cotidiano de nuestros días.

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