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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Suplementos | Vigésimo quinto Domingo ordinario

Buenos administradores de la gracia divina

«No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero»

Por: El Informador

«Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras». ESPECIAL

«Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras». ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Am. 8, 4-7

«Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo y andan diciendo:

“¿Cuándo pasará el descanso del primer día del mes para vender nuestro trigo, y el descanso del sábado para reabrir nuestros graneros?” Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a los pobres a venderse; por un par de sandalias los compran y hasta venden el salvado como trigo.

El Señor, gloria de Israel, lo ha jurado: “No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”.» 

SEGUNDA LECTURA:

1 Tm. 2, 1-8.

«Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido.

Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro salvador, pues él quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos.

Él dio testimonio de esto a su debido tiempo y de esto yo he sido constituido, digo la verdad y no miento, pregonero y apóstol para enseñar la fe y la verdad.

Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras.»

EVANGELIO:

Lc. 16, 1-13. 

«En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador’.

Entonces el administrador se puso a pensar: ‘¿Que voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan’.

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: ‘¿Cuánto le debes a mi amo?’ El hombre respondió: ‘Cien barriles de aceite’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta’. Luego preguntó al siguiente: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Éste respondió: ‘Cien sacos de trigo’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y haz otro por ochenta’.

El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz.

Y yo les digo: Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.

El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?

No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero’’.»

Buenos administradores de la gracia divina

La perícopa con la que la liturgia dominical busca alimentar nuestra vida, nos ofrece una narración un tanto desconcertante. Pareciera que Jesús, por boca del evangelista San Lucas, elogia a un hombre tramposo, que a todas luces ha defraudado la confianza de su amo para hacerse, ilícitamente, de sus bienes. Un administrador que había estafado a su jefe malgastando su dinero y luego cuando vio que lo iban a despedir lo vuelve a estafar, por segunda vez, cobrando menos por los bienes que le debían a su amo, para ganarse el favor de los demás cuando lo despidan. Y Jesús lo felicita por su astucia. ¿De verdad? Si Cristo fue siempre un hombre honesto y justo. ¿Es que puede presentarse como modelo a un sinvergüenza? ¿Qué es lo que Jesús, en realidad, quiere enseñarnos a través de este hombre infiel y corrupto?

Aclaremos el malentendido. El amo no aprueba la gestión anterior de su mayordomo, al que despide precisamente por fraude, sino que alaba su previsión del futuro. Es necesario precisar que a este administrador no lo presenta el Señor como un modelo a seguir por ser un tramposo, sino por ser astuto; no es alabado por su injusticia, sino por su sagacidad. Si consideramos la encomienda que tenía de administrar bienes ajenos, nos queda claro la responsabilidad de la que estamos hablando y, por lo tanto, la exigencia de poner atentos todos los sentidos, ser sumamente astuto, pensar en todo.

Hagamos nuestro el ejemplo. Imaginemos que recibimos una gran cantidad de dinero, ¿acaso nos iríamos a caminar con él por el centro de la ciudad? ¡Ni hablar! Y menos con la inseguridad y la ola de violencia en la que vivimos actualmente. Claro que tomamos precauciones. La pregunta es: ¿cómo cuidamos nuestros bienes espirituales, nuestra relación con Dios? ¿Rezamos a diario, o abandonamos la oración? ¿Nos alimentamos de la gracia de Dios en los sacramentos? ¿Somos fieles a Dios, a nuestros familiares y amigos, a nuestro matrimonio, a nuestra sociedad? Si de verdad valoramos estos bienes espirituales, seríamos quizá más astutos y no nos arriesgaríamos a perderlos, porque sabemos que son un tesoro y los cuidaríamos con toda nuestra vida.

La astucia es virtud importantísima en la vida cristiana. El creyente debe imitar el esfuerzo y la dedicación que otros ponen para alcanzar objetivos terrenos: hacer dinero, culminar una carrera, adquirir un puesto, asegurar un éxito político o deportivo. Pues si el “vil” e “injusto” dinero, es decir, mera garantía de bienes perecederos y algunas tentaciones llenas de peligro, despierta de tal modo las energías del hombre, cuánto más debe hacerlo el reino de Dios, que es la fuente de los bienes que se poseen para siempre y por los que todo lo vale el sacrificio.

Pensar bien, juzgar bien, obrar bien

Con esos tres verbos y un solo adverbio común queda manifiesta una cumbre, un ideal, una alta señal de conducta, de vida. Ahora, en este precipitado Siglo XXI, son frecuentes los comentarios y las lamentaciones por las carencias de valores en la juventud. Es frecuente en las noticias policiacas los muchos menores de edad y jóvenes en los primeros años de esa edad —que debería ser de esperanza y crecimiento en acciones de provecho—, que por desgracia se entregan a la maldad, al crimen. Esto es un indicio manifiesto de la carencia de formación humana; no ha habido enseñanza de principios, ya no se diga cristianos, ni siquiera cívicos. La mayor pobreza es la ignorancia, y por eso la preocupación mayor de los investidos de alguna autoridad, o en situaciones de privilegio, ha de ser enriquecer a la niñez y a la juventud con una educación integral. Abrirles las mentes para llegar a la verdad, al bien y la belleza, y no quedarse en ese mundo de cosas superficiales, gratas y halagadoras a los sentidos, pero vacías de peso específico. Por eso los jóvenes se aficionan y hasta se apasionan por bagatelas de la moda, de los espectáculos. Sus pensamientos y palabras los muestran con muchas carencias intelectuales y muchas ambiciones de los atractivos ofrecidos en la pantalla de televisión. Primero se debe enseñarlos a pensar correctamente, y de un pensamiento claro y limpio procederán el juicio y la acción acertados.

La virtud llamada prudencia. En otros tiempos, quien pretendía ir con prontitud a un determinado destino se hacía llevar en su carro tirado por una cuadriga, o sea un conjunto de cuatro caballos. El cristiano, en su camino hacia la vida eterna, ha de ir arriba en el carro con tres virtudes teologales que vienen de Dios y llevan a Dios: la fe, la esperanza y la calidad, y movido por el impulso de cuatro virtudes morales: la justicia, la templanza, la fortaleza y la prudencia. Ésta, la prudencia, es humana y es cristiana a la vez. Un filósofo griego, Aristóteles, la definió así: la recta razón de los actos. Es virtud maestra: enseña al hombre a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Sabio es el hombre prudente, porque se enriquece con la verdad, con el bien, con la belleza, que son riquezas invisibles, interiores, espirituales e intocables, porque nadie las podrá robar. La prudencia es el entendimiento práctico, porque conduce a ordenar con rectitud las acciones de la vida. Los filósofos escolásticos de la Edad Media así entendían esta virtud. Es el hábito del entendimiento práctico para determinar con rectitud lo que se ha de hacer en cada caso particular. Es una virtud intelectual porque es principio de un ser pensante, y es virtud moral porque lleva a la acción. No es meramente especulativa como la ciencia o la fe, sino que es directiva de la acción y tiene como objeto material todas y cada una de las acciones. La prudencia ayuda a todas virtudes y en todas está. Muchas lágrimas han corrido por muchos rostros debido a las numerosas imprudencias de los mortales a toda hora y todos los días. El evangelio de este domingo vigésimo quinto ordinario del año tiene una enseñanza positiva: esforzarse en vivir la virtud de la prudencia en el ejemplo de imprudencia de un administrador; no dueño, de una empresa a él encomendada. En una palabra, método pedagógico frecuente, el Señor, el Maestro, muestra el camino negativo, la imprudencia de un mal administrador para advertir a los hombres el peligro por no saberse conducir entre el cotidiano deber de saber acertar.

José Rosario Ramírez M.
 

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