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Sábado, 23 de Febrero 2019

La persistencia plebiscitaria

El modo de gobernar de López Obrador depende de construir dicotomías que colocan a sus críticos en la defensa del sistema

Por: Enrique Toussaint

La persistencia plebiscitaria

La persistencia plebiscitaria

El populismo no es una ideología. Tampoco es “decir todo lo que el pueblo quiere escuchar”, como sostiene más de algún simplón. El populismo es un discurso. Una narrativa política que asume que la sociedad está dividida en dos bloques: una minoría -oligarquía- corrupta, que ha secuestrado las instituciones, y una mayoría perjudicada que es el pueblo. Para el populista, la sociedad no está dividida en izquierdas y derechas, liberales y conservadores, demócratas y autoritarios. No, está fracturada en: élite (mafia del poder) y el pueblo.

El populismo está demonizado en el debate público. Aparece la palabra y la condena se vuelve casi unánime. Nuestra historia nos alerta de los riesgos del populismo, luego de los gobiernos de Echeverría y López Portillo que concluyeron con la dramática crisis de 1982. Sin embargo, si bien el populismo tiene esos peligros innegables, no podemos obviar que también es un discurso que busca recuperar la democracia cuando ésta se ha vuelto un juego que sólo interpela a las élites. Cuando la democracia pierde su base popular y se convierte en un intercambio de fichitas que sólo funciona para pocos, obsesionada en los procedimientos y muy poco preocupada por su credibilidad social. El populismo tiene esas dos caras.

Andrés Manuel López Obrador es un populista, eso difícilmente lo niega incluso su simpatizante más apasionado. Hace poco, “The Economist” lo calificó como “un populista fiscalmente responsable”. Es decir, un mandatario que enarbola una narrativa populista, pero que no rompe con la ortodoxia fiscal y económica. Ha habido otros populistas fiscalmente responsables: José Mújica en Uruguay, los primeros años de “Lula” Da Silva en Brasil e incluso el Tea Party en Estados Unidos. Ser populista no significa, per se, convertirse en un derrochador irresponsable. Hay tecnócratas que han llevado a la ruina a sus países y populistas que se han ido del poder dejando estabilidad.

Sin embargo, sí hay algo que el líder populista necesita como “agua de mayo”: la política dicotómica. Es decir, entender la política como un espacio de conflicto. No violento necesariamente, pero en donde la discrepancia está presente permanentemente. La narrativa busca cohesionar a los simpatizantes, a quien se siente parte de ese pueblo enunciado desde el discurso político, y señalar firmemente a los adversarios. No es casualidad que las ruedas de prensa del Presidente suelan cargarse de adjetivos: fifís, conservadores, neofascistas. La dicotomía es el terreno fértil en donde se siente cómodo López Obrador. Es una apelación continua a que no existan fisuras en el bloque político que lo llevó a la Presidencia. Funciona como recordatorio de la pervivencia del adversario.

Hay quien interpreta el discurso de López Obrador como “preparar las armas” para la batalla electoral de 2021. Una especie de calistenia electoral con miras a ratificar su mayoría en los comicios intermedios y avanzar en aquellas entidades federativas en donde Morena no es el partido hegemónico. O se dice: “el Presidente siempre está en campaña; qué se dé cuenta: ya ganó”. La narrativa de López Obrador poco tiene que ver con la cita electoral de 2021. Tal vez otras decisiones de Gobierno sí estén vinculadas al cálculo electoral, pero su discurso obedece a su naturaleza política.

López Obrador está situado en un permanente plebiscito. Sobre cada tema que se coloca en la agenda, el Presidente defiende su tesis y dibuja su antítesis. No importa si estamos hablando del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco, el proyecto de Santa Lucía o las investigaciones por la muerte de la gobernadora de Puebla, el Presidente sabe cómo construir a ese adversario apetecible que va a lanzar al ruedo del debate público. Esta persistencia plebiscitaria permite que López Obrador mantenga un discurso antisistema desde la Presidencia. Lo habitual es que el ascenso de un nuevo mandatario suponga el declive del discurso antisistémico, sin embargo López Obrador se las ingenia para colocar en la defensa del status quo a quien se opone a sus políticas públicas.

Y es que, tal vez, lo más sólido del proyecto del Presidente es precisamente su diagnóstico de país. A diferencia de lo que se cree, López Obrador no es un político excesivamente ideologizado: puede tomar decisiones de izquierda y de derecha al mismo tiempo sin sonrojarse. Empero lo que resulta innegable es que López Obrador acierta en las dolencias que afectan a México. “Me patea el hígado la corrupción” dijo en su rueda de prensa del jueves. Hacer de la corrupción la explicación de todo lo que sale mal en México embona perfectamente con el sentido común de una mayoría de los mexicanos. O qué decimos de su permanente denuncia de que este país es controlado por un grupo de oligarcas o que el Sur de México ha sido abandonado a su suerte. La fortaleza del lopezobradorismo, hasta hoy, está en el discurso y, por lo tanto, es su instrumento político más efectivo.

El día a día de una administración pública es un desafío para aquellos personajes políticos, como López Obrador, que buscan mantener el discurso antisistema desde el Gobierno. La coyuntura lo obliga a dar explicaciones por todo. ¿Por qué no baja la violencia? ¿Por qué sigue existiendo la corrupción? ¿Por qué tal secretario declara tal cosa y aquel dirigente político defiende esas causas? ¿O por qué hace dos años defendías tal política pública y hoy opinas lo contrario? López Obrador recibió un apoyo en las urnas nunca antes visto en México, lo que supone un grado de responsabilidad de la misma envergadura. Las dicotomías pueden servir por algún tiempo, pero luego es impostergable el juicio de la realidad y los hechos.

La administración es fría y la política caliente. La dinámica de los medios de comunicación y las redes sociales visibilizan, cada vez más, las discrepancias que existen sobre el espacio público y las contradicciones de los proyectos políticos. López Obrador ha hecho de su conferencia matinal y su fuerza en las redes sociales plataformas para estarle pidiendo a los ciudadanos, constantemente, que se definan: estás con el cambio o con los conservadores, estás con la cuarta transformación o con el estatus quo. Esa autoafirmación constante provoca que su electorado entienda que casi cualquier impugnación a políticas concretas del Presidente constituya un alineamiento implícito con el sistema. Es la vieja lógica Schmittiana de la política: o amigos o enemigos. No hay más.

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