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Domingo, 21 de Abril 2019

AMLO-centrismo

A veces parece que los debates en México parten del supuesto de que López Obrador gobernará toda la vida

Por: Enrique Toussaint

"El Presidente tiene muchas competencias y facultades, pero tiene aún más poderes en el imaginario popular". ESPECIAL

El Presidente, en México, siempre ha tenido un imán que no tiene ningún otro político. Es el Sol del sistema político nacional. La historia mexicana se cuenta a través de sexenios y nuestra cultura política confía en la voluntad del Jefe del Ejecutivo como transformador de la realidad nacional. En términos constitucionales, el Presidente tiene muchas competencias y facultades, pero tiene aún más poderes en el imaginario popular.

Esta tendencia se ha profundizado con Andrés Manuel López Obrador. Es como si sólo existiera el Presidente. Vivimos día y noche, desayuno y comida, noticieros, columnas y artículos, discutiendo sobre la figura del nuevo mandatario. Sus palabras son escudriñadas con una intensidad nunca antes vista, y la opinión pública -y publicada- se mueve en los márgenes que desencadena el discurso presidencial. Todos giramos en torno a la Cuarta Transformación: los medios de comunicación, las cúpulas empresariales, las organizaciones de la sociedad civil, los partidos políticos de oposición, los gobernadores y un larguísimo etcétera. Toda política pública se analiza bajo el tamiz de la opinión que tengamos de López Obrador. Es como si creyéramos que él estará en la silla presidencial los próximos dos siglos.

Como nunca antes, al menos en los tiempos medianamente democráticos, hay una focalización excesiva en la figura presidencial. Vivimos un AMLO-centrismo. Todo gira y muere en torno a las posturas y declaraciones que emite un presidente que lleva menos de cuatro meses en el cargo. ¿Es sano para el país esta atención desmedida a cada movimiento del Presidente? ¿Cuándo pasamos de la fiscalización continua al mandatario a la obsesión irracional? ¿Qué consecuencias tiene que el debate público sea un permanente plebiscito sobre la figura de López Obrador?

Primero, lo estamos viendo: se pierde el mediano y largo plazo. Los lentes con los que miramos la realidad se estructuran en torno a las filias y fobias que desata el personaje. Los debates en México se llenaron de adjetivos y calificativos, que fueron sustituyendo a los argumentos de fondo. Es fácil percatarnos de ellos en las columnas de todos los días en diarios locales y nacionales. La revocación de mandato, por ejemplo, ya no la discutimos sobre la base de la idoneidad del instrumento o sus consecuencias para el sistema político mexicano, sino con la miopía de la rentabilidad electoral. O la reforma educativa: el acento más puesto en los beneficios para el Presidente y su coalición de Gobierno, que en los derechos de las niñas y los niños. Dejamos de discutir el país y lo sustituimos por una dicotomía eterna entre simpatizantes y críticos del Presidente. Un México que se ve en un espejo que parece agotarse en 2021 y no hay más que eso. Para unos, detener al Presidente como sea, para otros imponerse sin más.

Segundo, esta obsesión de la opinión pública con López Obrador, a veces, difumina la línea entre lo relevante y lo accesorio. Entre lo estructural y lo anecdótico. Pasamos días enteros polemizando sobre el “me canso ganso”; sobre fifís y chairos; sobre los lugares favoritos para comer del Presidente. O sobre el beisbol. Los grandes debates del país desplazados por una ola de frivolidades que inundan las redes sociales y tienen su eco en los medios de comunicación tradicionales. Las discusiones se vuelven semanales, más pensadas en la disputa por la agenda mediática, que en las soluciones que el país necesita. Más pensadas en la lógica de reiterar la lealtad absoluta al líder, o el odio arrebatado contra él, que en imaginar las instituciones y el país que queremos. Y como López Obrador es un imán, atractivo para medios, opinión y comentarios, el epitafio declarativo del neoliberalismo se devora los debates serios sobre la economía y la fiscalidad, y el amor presidencial por Benito Juárez es más importante que discutir la vigencia de la laicidad. La sociedad del espectáculo, convirtiendo la política en vacuidad y vanidades.

Tercero, esta dinámica amlocéntrica abona a la fanatización. Para el Presidente, con una alta aprobación, forjar un plebiscito cotidiano tiene sentido. Encapsula a sus adversarios en el sistema y le permite ser ése que combate al estatus quo desde la silla presidencial. Sin embargo, estructura las identidades políticas en torno a su proyecto y nada más que eso. Siguiendo la “teoría de marcos”, López Obrador coloca el frame en donde se mueve la opinión pública y se borran las líneas ideológicas y programáticas. A favor o en contra. No hay más. Los matices se erosionan mientras en la opinión pública ganan relevancia posiciones fanáticas -de ambos bandos- que antes estaban condenadas a la insignificancia. Mantener una democracia, con una deliberación sana, es responsabilidad del Presidente y la oposición. Cuando uno escucha las posturas de Yeidckol Polevnsky, presidenta de Morena, y el supuesto líder de la oposición, Marko Cortés -presidente del PAN- ves hasta qué nivel se ha degradado el debate público en México. El amor absoluto al Presidente o su odio arrebatado dominan. Las posturas moderadas, en muchas ocasiones, lucen pusilánimes o timoratas.

La centralidad absoluta de la figura de López Obrador también tiene consecuencias para la oposición. Siempre he creído que las democracias más sólidas no sólo se deben a que tienen buenos gobernantes, buenas instituciones, leyes y ciudadanía activa, sino también cuentan con buenas oposiciones. Alguien me puede responder: ¿conocemos el proyecto alternativo de la oposición? ¿Qué haría distinto el PAN, PRI o quien sea si vuelven a gobernar? Es cierto que a nivel micro, en lo local, vemos algunas emergencias de proyectos atractivos, pero en el plano nacional vemos una oposición -con contadas excepciones- completamente extraviada. Que grita una y otra vez que nos vamos a convertir en la Venezuela del Norte o que López Obrador se va reelegir y que la democracia mexicana -esa que tanto lastimaron- se encuentra en agonía. Se olvidaron de ofrecernos un proyecto de país y mejor decidieron instalarse en la esquizofrenia.

Es innegable que López Obrador es un liderazgo que desata fascinación y aberración. Es difícil encontrar posturas intermedias. También es cierto que cuenta con un respaldo popular nunca antes visto. Sin embargo, llegará el día en donde el tabasqueño diga adiós a la política y México seguirá ahí. A diferencia de lo que creen tirios y troyanos, el Presidente no gobernará por los siglos de los siglos. Es imposible sustraerse a la discusión diaria sobre la figura presidencial, pero tendríamos que ampliar la mirada y buscar trascender el plebiscito: AMLO, sí; AMLO, no.

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