Viernes, 07 de Agosto 2020

Botón y certidumbre

La seguridad de la población debe el objetivo número uno, pero el Gobierno debe dar certeza a trabajadores y empresarios
 

Por: Enrique Toussaint

Un parón a la economía es inviable. No sólo por la ineficacia de la propuesta en un escenario como el actual, sino también por la baja disciplina social. EL INFORMADOR/F. Atilano

Un parón a la economía es inviable. No sólo por la ineficacia de la propuesta en un escenario como el actual, sino también por la baja disciplina social. EL INFORMADOR/F. Atilano

La vacuna contra el COVID-19 avanza, pero todavía no está garantizada a corto plazo. Los optimistas sugieren que la vacuna podría estar probada y validada para finales de 2020 o inicios de 2021. La Universidad de Oxford y la compañía Astra-Zéneca, con sede en Reino Unido, constituyen el proyecto más sólido para el desarrollo de la vacuna. Sin embargo, los especialistas consideran que en un año se pueden producir “sólo” dos mil millones de dosis, lo que supone menos de una tercera parte de la población mundial. Dichas dosis irán a parar al primer mundo, automáticamente, y después vendremos los demás. Los primeros en vacunarse será la población en riesgo (adultos mayores, hipertensos, diabéticos). Por lo tanto, si bien nos va, andaremos vacunándonos por ahí de finales del próximo año.

Esta realidad nos obliga a navegar en las incertezas. Nos obliga a entender que el COVID avanza, retrocede, se detiene y muta. Y, por lo tanto, como sociedad debemos entender, procesar y planear con el mínimo de certezas que tenemos. Ningún Gobierno nos va a decir, a ciencia exacta, qué va a pasar en un mes. Lo natural es que, si la epidemia se multiplica, tengamos que volver a confinarnos, mientras que, si la epidemia es contenida, la reapertura será más sencilla. Los indicadores sanitarios marcarán la pauta.

El botón de emergencia ha sido un símbolo, un ícono de dicha incerteza. Para el Gobierno del Estado, el botón ha sido una potente narrativa en un contexto de cansancio social. Seamos sinceros: hace tiempo que la ciudadanía dejó de escuchar a los gobiernos. Y el botón de emergencia funciona como un “ahí viene el lobo”, un disuasor de actividades sociales y una forma de apretar al empresariado. Recordemos, la reapertura de actividades económicas y sociales fue mucho más producto del hartazgo de los ciudadanos y mucho menos fruto de un descenso de los contagios del COVID. Si vemos la curva epidémica, ni en Jalisco ni a nivel nacional existían las condiciones para una reapertura tan amplia de las actividades públicas. México no es un país en donde una mayoría social se pueda aislar y tener garantizado un ingreso mínimo. No somos Dinamarca.

Sin embargo, la potencia comunicativa del botón de emergencia contrasta con su utilidad práctica. Frente al COVID, a menos de que la tasa de hospitalización e incluso los ingresos en terapia intensiva así lo marcaran, es muy complejo tomar decisiones binarias. Es decir, apretar el botón supone el parón de todas las actividades económicas y sociales. Y, por el contrario, no apretarlo supone que todo se vale. En estos momentos, como estamos en Jalisco, se pueden encontrar fórmulas híbridas que no detengan en seco la actividad económica, pero que contengan los contagios masivos en algunos espacios de la vida cotidiana. ¿Por qué va a cerrar la industria si el nivel de contagio es bajo en estos espacios? ¿Por qué la tintorería de la esquina será obligada a cerrar si los contagios masivos están en otro lado? ¿No supone mayor riesgo las clases presenciales y la movilidad que ellas provocan?

Hoy el gobernador informará las medidas sociales y económicas luego de semanas de recrudecimiento del brote de contagios en Jalisco, y en particular en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Estamos cerca de los 400 casos activos por día, lo que nos aproxima a la línea roja marcada por la administración estatal. Sin embargo, el nivel de hospitalización se encuentra en 30%. La decisión no es sencilla, pero el escenario de Jalisco dista del panorama nacional. Aquí tenemos, en particular, un incremento muy importante de casos que se deriva de la multiplicación de pruebas. Sólo basta con acudir a las instalaciones de Radar Jalisco: la petición de pruebas PCR para detección de COVID se ha incrementado dramáticamente en semanas. Antes sabíamos de lejanos que tenían coronavirus, ahora los casos son de nuestro círculo social más próximo. Antes te hacías el test en 15 minutos, ahora las filas son hasta de una hora en el Centro Universitario de Ciencias de la Salud.

Un parón a la economía es inviable. No sólo por la ineficacia de la propuesta en un escenario como el actual, sino también por la baja disciplina social. Los jaliscienses nos confinamos estrictamente la mitad de marzo y abril. Después, los niveles de movilidad han superado el 50% y alcanzado hasta el 85%. No obstante, medidas casi simbólicas -de nula aplicación práctica- de aislamiento supondrían un duro golpe a la credibilidad del Gobierno del Estado. El Gobierno no puede ser visto como portavoz de los intereses empresariales, eso mina su legitimidad. El botón, o el paro de ciertas actividades, tiene que ser un escarmiento real que confine a aquellos que lo puedan hacer y permita la movilidad, sobre todo, de la actividad económica. El anuncio de este domingo debe partir del realismo y el pragmatismo (el confinamiento de toda la actividad económica no es posible y no detendría la curva de contagios), pero también una alta dosis de firmeza (limitar la convivencia social en bares, restaurantes, plazas comerciales, espacios cerrados). El contagio proviene del contacto: evitar la interacción social en contextos de relajación debería ser el objetivo.

Y un elemento más: el mayor nivel de certeza dentro del mar de dudas. Hay variables que los gobiernos no pueden controlar. Sin embargo, la certidumbre proviene de la estabilidad de las normas. Proviene de que socialmente tengamos las certezas que ante determinados comportamientos habrá determinadas consecuencias. El Gobierno del Estado debe dejar muy en claro la ponderación que se hace de los indicadores. No solamente queremos conocer las decisiones, sino también por qué se toman esas y no otras. Hay datos que son más importantes que el número bruto de contagio: la tasa de positividad, la tasa de letalidad, la tasa efectiva de reproducción, el nivel de hospitalización o el porcentaje de pacientes que se enferman y terminan en cuidados intensivos. Esos datos nos dicen mucho más que la información bruta de los casos agregados o incluso los activos. Los mensajes en redes sociales son cómodos para el gobernante, pero en muy pocas ocasiones logran disipar las dudas que tiene la sociedad. Se puede mandar mensajes en redes sociales, unilaterales, pero el rol de la prensa es preguntar y repreguntar aquello que no queda claro de la estrategia.

El ser humano es un animal de certezas. Casi todo lo que hacemos a diario es en busca de esas certidumbres que nunca llegarán en plenitud. Sin embargo, el COVID es una pandemia que no nos garantiza nada. Nos obliga, un poco, a vivir al día y mañana ya veremos. Como sociedad debemos acostumbrarnos no sólo a la distancia social, el cubrebocas y a hacernos pruebas cuando tengamos síntomas, sino también a asimilar los vaivenes de la realidad. El COVID se mueve a través de olas. Europa, en particular el Sur, ya está experimentando un rebrote justo cuando el turismo comenzaba a levantar la cortina. Ciudades que después de 90 días de arduo confinamiento, en las cuales se tenía que sacar un permiso para ir al supermercado, ahora han vuelto a las cuatro paredes de su casa. En Jalisco tenemos que pensar que la realidad así será. Necesitamos un Gobierno comprometido con brindar soluciones económicas para los más afectados y una sociedad -familias y empresas- dispuesta a asumir responsabilidades individuales y colectivas. Es un desafío como generación: o estamos seguros todos o ninguno lo estará.

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