Domingo, 11 de Octubre 2026
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Vida de pueblo

Por: Carlos Enrigue

Vida de pueblo

Vida de pueblo

Los pueblos, sobre todo los de nuestro Estado, tienen una fuerza vital mucho mayor de la que se les reconoce en las ciudades, ya que aquellos tienen vida propia y no son artificiales como las grandes poblaciones. En especial, me estoy refiriendo a la vida en Autlán a principios del siglo pasado, cuando debe haber sido considerada tierra de nadie, y quiero contarles algunas cosas que sucedían por allá.

La casa familiar quedaba frente al templo de Las Montañas, que, platicado así, suena como una especie de casa de Heidi, pero no, sino que así se llamaba la calle, que para aquellos tiempos debe haber estado en las afueras del pueblo. En esa zona y en ese tiempo pasaban muy pocas cosas dignas de narrar. Fuera de la expedición de López de Legazpi, que sí fue una fregonería, hay pocos datos históricos sobre la plaza y casi suenan inventados los pocos que hay. Pero, prácticamente, la influencia en aquellos principios de siglo ya eran las andanzas del señor general Pedro Zamora, que creo que el título se lo concedió él mismo y algún otro.

En casa de mi papá, los hijos de la familia eran cuatro varones, por lo que, en vez de tener nana, había un sujeto que los cuidaba y los entusiasmaba con sus historias porque era muy ocurrente. Su nombre era Juan Pintor y era un gran devoto de la divinidad y de los santos que se veneraban en el templo de Las Montañas.

Gustaba de hacer promesas a las santas personas y, en una ocasión, quería llevar a los niños de cacería para ver si conseguían matar un venado, pero, para recibir la ayuda celestial, les prometió que los trofeos conseguidos en la cacería irían a medias con la Santísima Trinidad. Así, salió de cacería con los dos niños mayores y, al rato, tuvieron a la vista dos venados, por lo que Juan Pintor tomó el rifle y disparó. Cayó seco uno de los venados; el otro salió corriendo, dando unos brincos fenomenales, lo que sirvió para que rápidamente el cuidador comentara: “Vean nomás los brincos que va pegando el de la Santísima Trinidad”.

Otra vez le prometió al Santísimo una vela del tamaño de una pértiga. Cuando alguien le dijo que no fuera exagerado, que no había velas de ese tamaño, el oferente le contestó que el santito no iba a ser tan menso como para no entender que era una forma de hablar.

En ese tiempo, la población estaba conectada con el resto del mundo por el camino del Llano Grande, ya que no había carretera. Se iban por el llano, ahora ya lleno de bayas, pero en aquel entonces hasta las lagartijas traían perchera de lo reseco que estaba aquello. Seguían hasta Sayula por San Gabriel y, en Sayula, tomaban el tren para Guadalajara, lo que indica lo difíciles que eran los traslados desde allá.

@enrigue_zuloaga

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